Por Heriberto Fiorillo
Todo narrador es editor y viceversa. Quien cuenta, construye y deconstruye realidades. Quien edita, narra. En la construcción de un relato, todo ser humano —lo sepa o no— selecciona y combina a su manera, episodios, imágenes, sonidos y palabras.

Y en ese proceso, deja también de decir muchísimas cosas. “Una buena película —solía decir Hitchcock— es la historia de una persona, sin sus partes aburridas”.

El periodista va por el lector a un lugar y regresa a contarle lo que allí sucedió o está ocurriendo. Más que un intermediario, el periodista representa, en el mundo moderno, a la colectividad, va por ella a lugares, situaciones y personas.

Es un emisario y un reportero. Tiene, por lo menos, una doble responsabilidad: llevar bien el mensaje y traer lo que el entrevistado responde; llevar la curiosidad y responder a ella.
El hecho real, el accidente, la batalla, ese lunar, es uno (sólo ocurre una vez) en tanto que los signos que pudieran describirlo son innumerables y repetidas veces.

Al elegir y descartar signos, el escritor privilegia una y asesina mil posibilidades o versiones de aquello que describe. Esto muda de naturaleza. Lo que describe se convierte en lo descrito.

El periodismo universal ha dado incontables ejemplos de cómo se convierte un ángel en demonio y viceversa, por medio del engaño, la habilidad narrativa, la exageración. De cómo se transforma un paraíso en cloaca.

Las ficciones también nacieron para que construyeramos vidas distintas a las que llevamos. Vidas mejores. Ahí están los avatares y las segundas existencias que asegura el Internet.

El buen reportaje narra de la mejor manera posible lo que sucedió y cómo son las cosas o las personas, mientras toda buena novela te cuenta y describe la condición humana, incluyendo la nuestra. El reportero te dice cómo es la vida. El novelista la transgrede y la transforma.

La vida real fluye y no se detiene, es inconmensurable. La vida del relato es un simulacro en el que aquel vertiginoso desorden se torna orden: organización, causa y efecto, fin y principio.

El tiempo de los hechos es uno. El del relato es otro. El del testimonio quizás es otro. Nuestro ritmo, lo humano, es también elemento de edición y narración. Y de ese ritmo depende, tanto en lo literario como en lo periodístico, el ‘realismo’ de lo que relatamos. Es la música de nuestra prosa, nuestra habla escrita, una marca de fábrica. El ritmo, los latidos de eso que llaman estilo.

Entre más ejerzo como escritor, más lector experto me vuelvo. Y viceversa. Escribir debería ser una actividad hermana, simultánea de la lectura. Una posición por la vida sería que al interior de los pénsumes escolares, así como hay una apertura de los muchachos al mundo de la realidad, en defensa y por su vida, debiera haber una disciplina que se abriera a la observación de lo que puede hacer el lenguaje con la realidad y la realidad con el lenguaje.

Planteado de otro modo, ¿Fenómenos como la construcción de historias, la edición y la manipulación, no justificarían la alfabetización en lenguajes y medios de comunicación, para que todo niño, todo ser humano, aprendiese cómo se construye, cómo se edita y cómo se manipula, de la misma forma como se aprende a leer y escribir?

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