Por Omar Rincón.
El mundo recibe de nosotros, a través de los medios, la imagen de un país de cafres con un presidente que vive bravo y regaña sin ton ni son mientras lucha como «el llanero solitario», pero que nada puede hacer porque está rodeado de políticos corruptos, matones e historias inverosímiles como la de DMG.

¿Qué se ve? Cuando se transmite el fútbol salen unos agresivos robocops siempre protegiendo al que cobra el tiro de esquina, eso no sucede en ningún lugar del mundo; cuando se va a las noticias se ve una cantidad de políticos ignorantes y corruptos que no saben ni hablar pero sí ser cínicos; mucha tele para unos matones que confiesan matar a miles, apropiarse de sus tierras y sonreír como si nada; de vez en cuando unas victimas que son llamadas migrantes y hasta turistas; y para rematar, somos los más arrodillados del continente americano ante gringolandia.

La historia periodística hasta la liberación de la señora Ingrid, era las Farc y los secuestrados; la nueva historia es la relación del Presidente con paras y narcos; las extrañas relaciones de ministros y hermanos de ministros y asesores con los para-narcos. La pregunta: ¿Por qué no se han caído? ¿Será que caerán? Por menos, en otros países los presidentes y ministros se alejan de la vida pública.

Que México, Argentina, Guatemala, El Salvador se han «colombianizado» es lo que se lee y oye. Esto significa que somos sinónimos de secuestro, narco y matar violentamente. Pero significa algo bueno: sabemos cómo se lucha contra estos males. Lo irónico es que nos consultan sobre como acabar con esos males y esos crímenes, mientras la narcoviolencia sigue vivita en nuestro país. Podemos dar clases es de la narrativa de «falsos positivos», en eso somos buenísimos.

Nuestra imagen positiva corre por cuenta de señoras sin pasión hablando de Pasión es Colombia. Algunos deportistas (Villegas y otros dos) y músicos exitosos (Shakira, Juanes y Vives) son nuestra salvación. A los que nos conocen les encanta nuestra fiesta eterna, nuestra diversidad cultural, nuestra exuberancia geográfica, nuestras mujeres, nuestro Macondo, nuestro vallenato: un sancocho exótico que sorprende. ¡Qué dicha!

La paradoja: mientras estamos obsesionados por nuestra imagen, no hacemos cambios en la realidad, pensamos que la imagen lo es todo. Pensamos que el cine colombiano nos da mala imagen y la verdad es que no lo ven en ninguna parte, por ahí en festivales de 100 personas; mientras tanto el mundo disfruta de Sin tetas no hay paraíso y El Cartel, nuestras imágenes de verdad.

Nuestra obsesión tiene que ver con nuestro exceso de apariencia, la culpa cristiana de nuestra guerra y nuestra fama de ladrones, el narco que llevamos dentro, la falta de migraciones y el ensimismamiento con nuestro ombligo cultural racista, nuestro uribenacionalismo provinciano, nuestra obvia pantalla nacional, nuestros políticos ignorantes, nuestros empresarios de billete sin lectura…

OMAR RINCÓN
orincon61@hotmail.com

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