Por: Mario Morales
Con razón el salario del asesor presidencial José Obdulio Gaviria no sale del presupuesto nacional. Con tantas y variadas funciones no habría, con esta crisis, cómo pagarle. (Publica El Espectador)

El pobre no da abasto para defender él solo, porque en el gabinete nadie da la talla, al presidente Uribe en todos los frentes. Funge como consejero, columnista, orador, contradictor, compilador, gestor, pararrayos y redactor de la “doctrina” uribista para la posteridad, amén de los discursos diarios del mandatario. Eso explica su inevitable tono reiterativo y monotemático.

Su hiperactividad es un mito en los círculos de poder. Hay quienes lo ven en todas partes, y no por miedo, sino que, a ejemplo de su jefe, se ha visto obligado a asumir cargos y funciones que no le corresponden.

Desde su humilde posición ha “desaparecido” problemas insolubles como el desplazamiento, la muerte de sindicalistas, el neoparamilitarismo y el conflicto armado. No se sabe si como halago o crítica ha sido señalado, sin razón, de manejar hilos del DAS, de ordenar interceptaciones y seguimientos ilegales y de construir la propaganda y contrapropaganda del régimen.

En sus escasos recreos escribe cartas y correos electrónicos, algunos no entendidos por seres de inteligencia inferior, como sucedió en el caso de la ETB, los marchantes del 6 de marzo o los congresistas norteamericanos.

Ahora vuelve a ser vilipendiado porque, en un acto generoso, este “iluminado” tuvo que fungir como Canciller, recibirle cuentas y prometerle “luces” al renunciado cónsul en Maracaibo sobre planes y acciones a seguir luego de las elecciones venezolanas. ¡Y pensar que lo acusan de conspiración contra Chávez, el otro ser humano digno de su admiración, aparte de Uribe!

Por eso no se entiende que haya quien pida su renuncia, ignorando que su pensamiento ya es producto de exportación. Un día de estos, ni Dios lo quiera, se le puede acabar la ataraxia, que es como él llama su equilibrio y que los estultos confunden con el cinismo, y poner su cerebro en fuga. Sin su lucidez sería el fin de la seguridad democrática, la hecatombe.

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