Por: Mario Morales
No cabe duda de que la guerrilla es la principal agitadora e impulsora de la imagen del presidente Uribe. Los dos recientes, y condenables, actos terroristas en Arauca y Caquetá, no sólo han suscitado el justificado repudio porque segaron absurdamente la vida de dos civiles y cinco uniformados, sino que de paso, le han devuelto un margen de maniobra al mandatario que había perdido la brújula con los escándalos de las pirámides y el referendo. (Publica El Espectador)

Por eso el Uribe del sábado en el consejo comunal de Bogotá, parecía otro, vale decir, el mismo que conocíamos antes de que se le pusiera el Cristo de espaldas. Tenía el tonito pendenciero y bravucón que tanto le gusta a la galería. Reaparecieron en su verbo los mismos adjetivos que le ha escuchado siempre el país: cobardes, bandidos, farsantes…

Hasta se dio el lujo de lanzar, como en los viejos tiempos, dos globos de ensayo en busca de recobrar el manejo de la agenda política. El primero, que se estaba fraguando una “trampa” de una nueva liberación humanitaria por parte de las Farc con el apoyo de una dirigente política, quizás en alusión a Piedad Córdoba; pero de paso le sirvió de balde de agua fría al entusiasmo que en torno a un eventual acuerdo pudo levantar la gira de Íngrid Betancourt por los países vecinos.

Y el segundo globo sonda fue el anuncio de que demandará a las Farc ante la ONU y la OEA por el ataque a la caravana humanitaria cerca a San Vicente del Caguán, justo cuando estaba a punto de conocerse la evaluación que le hace a Colombia las Naciones Unidas sobre derechos humanos. Más allá de eso, queda la preocupación de los organismos humanitarios frente a la barbarie de la insurgencia, pero también frente al uso indebido de sus símbolos por parte del Estado, lo que los deja desprotegidos en medio del fuego cruzado.

Esa miopía de la guerrilla nos ha devuelto a los miedos profundos, como los llamaba Goebbels. Uribe lo sabe, por eso desde el sábado, viene insistiendo en que el problema de la guerra no está resuelto y que hay que reelegir sus políticas. Es el juego del gato y el ratón…

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