Piense en cualquier protagonista de la política moderna: Vladimir Putin, Nelson Mandela, Isaac Rabin, Mijail Gorbachov, Hussein de Jordania, Indira Gandhi, Benazir Bhutto, Yasir Arafat… Todos han sido retados por el veterano entrevistador inglés David Frost. Pero su legado en la historia de la televisión pasa por haber revolucionado el arte de la entrevista en agosto de 1977. En un duelo verbal de cuatro noches, el periodista hizo sucumbir al entonces presidente Richard Nixon y provocó que se disculpara ante el tribunal de la opinión pública. Aquel pulso catódico ha quedado ahora inmortalizado en el filme Frost/Nixon.

«Aunque sus preguntas siempre son corteses, consigue sonsacarte montañas de información». Tony Blair es sólo una de las víctimas de Sir David Frost (nacido en Kent el 7 de abril 1939), una leyenda televisiva con piel de cordero. Este lobo –que hoy viste calcetines amarillos– ha clavado su aguijón en los últimos seis primeros ministros de Reino Unido y en siete presidentes de EEUU. Con su sibilina jovialidad, este afable caballero ha conseguido las más suculentas confesiones de políticos de todo pelaje desde la década de los 60.

Puso en un brete a Margaret Thatcher durante la presentación de sus memorias, The Downing Street Years (los años en Downing Street), donde la dama de hierro tuvo que escabullirse de la pregunta: «¿Cuál es el capítulo más autocrítico de este libro?»…, habida cuenta de la condescendencia de sus líneas. No salió mejor parado su homólogo Tony Blair, quien, en un arrebato, prometió que iba a incrementar el presupuesto del Servicio Nacional de Salud al nivel europeo. Ante tal desatino, el entonces ministro de Economía, Gordon Brown, abroncó al líder laborista: «Me acabas de robar el presupuesto».

Tampoco en el mundo del espectáculo queda mucha vacante. Tennessee Williams, los Beatles, Elton John, Orson Welles, Pavarotti, Muhammad Ali o Salman Rushdie han mordido el anzuelo Frost.

AUDIENCIA MILLONARIA. No obstante, más allá de las muescas en su carrera periodística, el presentador pasará a la Historia por protagonizar el espacio político más visto de la televisión. Más de 45 millones de telespectadores asistieron en el verano de 1977 a su lance oral en cuatro asaltos con Richard Nixon (al que pagó 600.000 dólares por ello), que culminó con la asunción de responsabilidades del ex presidente en el caso Watergate y su disculpa a una nación lacerada por los abusos de poder.

Nada hacía presagiar un desenlace de tan hondo calado. Tras tres años de silencio, el líder republicano, reputado tahúr de la evasiva, había decidido congraciarse con sus compatriotas en la primera entrevista que concedía después de su bochornosa dimisión en abril de 1974. Para limpiar su imagen eligió a un reportero británico con fama de frívolo playboy.

Una de las leyes no escritas del periodismo establece que la dedicación al entretenimiento resta credibilidad, y si por algo había medrado este hijo de un pastor metodista había sido por su rol de precursor de la sátira británica. Sir David fue un producto de la generación de los angry young men (jóvenes airados). El cogollo de dramaturgos y novelistas británicos así etiquetados había inoculado la rebeldía contra las instituciones políticas y sociales, así que la audiencia estaba ávida de espacios aplicados en derribar un sistema caduco. El programa en el que debutó el pizpireto periodista en 1962 –That Was The Week That Was (así fue la semana que fue)– fue acogido con entusiasmo por un público hastiado de ser minusvalorado por los medios.

En el magazine que le siguió entre 1966 y 1967, el humorista se reveló así mismo como catalizador de talentos. En el programa The Frost Report (el informe Frost) se gestó el embrión de Monty Python. Todos los miembros británicos del grupo de humor absurdo compartieron nómina como guionistas e intérpretes: John Cleese, Graham Chapman, Michael Palin, Eric Idle, Terry Gilliam y Terry Jones.

Sin embargo, no todo era guasa en la trayectoria del showman. David había protagonizado el que se considera el primer juicio televisivo en Reino Unido. El hito en cuestión consistió en acorralar y abroncar al timador Emil Savundra por una estafa de seguros a miles de motoristas.

Más pendiente del halo de chanza que envolvía al reportero, Nixon lo seleccionó como su confidente, por considerarlo inofensivo. La errónea presunción tuvo devastadoras consecuencias. Y todo a pesar de la aversión de Tricky Dick (apodo de Nixon traducido como Dick el tramposo) por la charla trivial, talón de aquiles empleado por Frost para embaucar a sus damnificados. «Nixon se mostró muy tenso y monosilábico antes de la entrevista, pero una vez en materia, se relajó y se mostró absorbido por la conversación», relata el entrevistador. El ex presidente sólo se tomó confianzas un cuarto de hora antes de la despedida y ya off the record. Grabado el programa, David y su entonces pareja, Caroline Cushing, se acercaron a decir adiós y Nixon pidió a su famoso ayudante de cámara, Manolo Sánchez, que les sirviera un caviar que había recibido en navidades. El jerarca tomó a Caroline del brazo y le enseñó la cama donde había dormido el presidente soviético Leonidas Brezhnev.

La gesta de David contra el goliat del Watergate ha sido recogida en una obra de teatro firmada por el dramaturgo Peter Morgan, autor a su vez de la versión escénica y cinematográfica de La Reina (dirigida por Stephen Frears en 2006), y de los guiones de El último rey de Escocia (Kevin MacDonald, 2006) y Las hermanas Bolena (Justin Chadwick, 2008). En la puesta de largo del filme en Londres, Frost se sometió al tercer grado del MAGAZINE de «El Mundo».

Pregunta. ¿Entrevistar curte para ser entrevistado?
Respuesta. Desde 1962, he mantenido la tradición de entrevistar pero, durante estas cuatro décadas, yo también he estado en el otro lado. Resulta de gran ayuda, porque es como cambiar de retratado a retratista para medir tus carencias y reflejos.

P. En los inicios de su vida estudió para ser cura metodista. ¿Potenció esta formación su habilidad para extraer confesiones?
R. En primer término, me procuró fórmulas para mantener atenta a una audiencia. Antes de estudiar en Cambridge, ejercí como cura local en una congregación. La Iglesia Metodista no hace hincapié en las confesiones, pero sí me enseñó a estar atento a la honestidad de una persona al brindar un testimonio.

P. ¿Qué otros instintos le han afilado cuatro décadas como confidente?
R. Una cualidad relevante es atender al lenguaje corporal, porque así mides el carácter de tu interlocutor. Entrevistar se basa en el instinto. Por ejemplo, tome un silencio. Hay dos tipos, uno bueno y uno malo: el silencio de oro, en el que si permanezco callado voy a conseguir que la otra persona siga hablando y diga más, y el absoluto aburrimiento, que es cuando te das cuenta de que tu entrevistado ha perdido el hilo de la conversación. Son instantes largos e interminables. Ahí es donde reside la clave de saber cuándo callar y cuándo hablar. No hay un libro que enseñe sobre intuición.

P. Con el tiempo, los políticos han aprendido a soslayar cierto tipo de preguntas. ¿Cómo se les puede retar hoy en día?
R. Tienes toda la razón. Puedo pensar en preguntas que empleábamos 30 o 40 años atrás y gradualmente han ido perdiendo su efectividad, porque los políticos, socorridos por sus asesores, han solventado las respuestas. La batalla avanza periódicamente hacia un nuevo estadio. Cada cierto tiempo has de pensar en nuevos ángulos de aproximación, porque gradualmente los mandatarios aprenden cómo lidiar con ese nuevo acercamiento. Ahora, los políticos han dejado atrás viejas tácticas, como la de la jerigonza. Por ejemplo, cuando preguntabas si creían en la pena de muerte, la respuesta era un largo soliloquio que al llegar a su término lograba que el público hubiera olvidado el enunciado de la cuestión. Nixon fue uno de los pioneros de la dilación lingüística. En su entrevista con Frost sustituyó el escueto «ahora» por «en este preciso momento». La técnica del rodeo alcanzó sus máximas cotas en otro interlocutor de Sir David, precisamente el Jefe de Servicio en la Casa Blanca durante el escándalo Watergate, el general Alexander Haig, quien rizó el rizo al emplear «en esta coyuntura de maduración». Escandalizado ante semejante sandez, Frost arremetió en su siguiente intentona. En plena eclosión del sida, el ala republicana proponía la cuarentena de los afectados. Cuestionado por esta polémica iniciativa, Haig sostuvo que en lo que él creía era en la segregación profiláctica. «¿Y cuál es la diferencia?», arguyó Frost. «Ninguna, pero suena mejor», tuvo que aceptar el militar.

P. ¿Qué triquiñuelas han quedado desfasadas?
R. Ahora ya no emplean galimatías, porque audiencia y periodista nos hemos percatado de la obviedad. En las décadas de los 60 y 70, los políticos solían espetar a los entrevistadores: «¿Alguna vez ha dirigido un departamento del Gobierno que gestiona dos billones de libras al año?». Por supuesto que no. Vaya basura de respuesta. Pero así se libraban de la contestación. Hoy día, resultan más sutiles, contestan con una frase y, en una exhalación, cambian de tema. Han ganado en perspicacia. Este oficio es una inagotable partida de ajedrez. Así que ahora nos toca el turno de contrarrestar con una nueva pericia.

P. ¿Ha ganado usted en irreverencia en su aproximación a la clase política?
R. Cuando eres 30 años menor, miras con más respeto a los líderes. Una de las mayores dificultades en una entrevista está en la diferencia de edad, porque uno es muy impresionable cuando tiene 21 años y se enfrenta a políticos de 40. Pero cuando alcanzas al entrevistado y descubres que has compartido estudios con él en Oxford o en Cambridge, lo humanizas y tu visión se vuelve más crítica. Ahora que suelo ser mayor que mi interlocutor, adopto una cierta superioridad, lo cual es ciertamente injusto.

P. Ha entrevistado a los más insignes mandatarios de las últimas décadas. ¿Qué opina de las gentes que dictan nuestras vidas?
R. Los líderes mundiales no han cambiado de nivel en los últimos 30 ó 40 años, lo que sucede es que nosotros nos hemos vuelto más cínicos. No creo que sean peores que antes, pero tampoco observo ningún líder dorado.

A LA VEJEZ, LISONJAS. Desde noviembre de 2006, el periodista presenta, no sin controversia, Frost Over The World, en la cadena qatarí Al Jazeera. Se ha congratulado en pantalla del advenimiento de Obama: «La excitación es a nivel mundial», proclamó con euforia. Sus detractores afirman que su estilo se ha vuelto más adulador a medida que se ha hecho mayor, más rico y famoso que sus entrevistados. Lo cierto es que muchos de sus célebres invitados –políticos, nobleza, astros del deporte y del cine– han pasado a ser amigos. Cada verano, junto a su mujer Lady Carina, los agasaja con una fiesta de oropel en el jardín de su casa en Chelsea.

Tras investigar y entrevistar a la leyenda de la televisión, el dramaturgo Peter Morgan concluyó que el hábitat natural de Frost es una fiesta de cóctel. «Nunca tomará un taxi si puede tener una limusina, jamás una limusina si puede disponer de un helicóptero, y rechazará el helicóptero si se le brinda un avión privado».

De veinteañero antiburgués a caballero condecorado por la Reina. ¿Es Sir David un lacayo del sistema o un viejo zorro del periodismo?

P. ¿Le gusta la opulencia?
R. Me gusta más el lujo, la opulencia es exagerada.

P. ¿Qué responde a la gente que le acusa de haberse vuelto blando?
R. Eso quiere decir que no comprenden la técnica, porque a medida que vas madurando en este trabajo, averiguas nuevas formas de arrancar respuestas a tu interlocutor. Si erras, se va a cerrar en banda, has de conseguir que se abra. Por supuesto que hay momentos en los que se ha de dar una confrontación, por ejemplo, como sucedió con Nixon cuando abordamos el Watergate, pero con el candor también se obtienen muchos y buenos frutos. Por ejemplo, cuando entrevisté a Pierre Trudeau [primer ministro de Canadá entre 1979 y 1984] le planteé una cuestión aparentemente chistosa: «Si despierta en mitad de la noche porque alguien le está zarandeando, ¿responde en francés o en inglés?». El primer ministro se dio cuenta de que no era una pregunta en absoluto inocua, porque se estaba jugando los votos de su electorado francófono y anglófono. Así que hubo un silencio muy satisfactorio en el que meditó una acertada respuesta: «Si mis hijos se dirigen a mí diciéndome: ‘Hey pa’, les respondo: ‘What’s up, kids?’ (qué pasa, niños). Si en cambio optan por ‘Allô papa’, les respondo: ‘Oui (sí)’».

P. ¿Se considera un adicto al trabajo?
R. No, más bien soy adicto al móvil. Estoy colgado del teléfono todo el tiempo. Practico cricket, fútbol y vuestro deporte nacional [sic], el tenis. Lo que sí reconozco es que trabajo más duro que otras personas. En contrapartida, trato de escaparme al campo los fines de semana y pasar tiempo con mis hijos [tiene tres]. Es cierto que sábados y domingos también hago algo de trabajo de oficina. Tampoco he dejado de viajar. La última vez que hice repaso a mis vuelos, conté siete millones de millas.

P. ¿A qué personaje histórico le hubiera gustado entrevistar?
R. Los más obvios serían Jesucristo, Stalin y Hitler. Del último he estado cerca, porque entrevisté a dos de sus secuaces, el arquitecto del führer, Albert Speer, y el jefe de las Juventudes del Nacional Socialismo Demócrata Alemán, Baldur von Schirach. Una persona a la que ansiaba entrevistar y lo he conseguido más de una vez en los últimos años ha sido Mandela. Casi conseguí una cita con Ariel Sharon, pero sufrió el infarto cerebral y ya no fue posible. Hubiera resultado una entrevista controvertida, pero profundamente interesante, porque hubiéramos discutido el proceso de paz en Oriente Medio. No obstante, si tuviera que elegir, me quedaría con Ciro el Grande. Cuando estuve haciendo la serie de programas sobre cruces de civilizaciones y llegamos a Irán, averigüé que el monarca persa fue la primera persona de la Historia que ennobleció al ser humano en lugar de envilecerlo. Era un gran defensor de los derechos humanos, y además me hubiera deleitado con caviar.

P. ¿Por qué frase o entrevista le gustaría pasar a la posteridad?
R. John Smith, ex líder del Partido Laborista, dijo que yo tenía una forma de plantear preguntas cautivadoras con consecuencias potencialmente letales. Sería una buena descripción para mi epitafio. Pese a sumar 70 años, su retiro parece lejano. Prueba de ello es una intervención durante un programa australiano presentado por Margaret Whitlam, esposa del ex primer ministro Gough Whitlam, y al que Leonard Bernstein había sido también invitado. El compositor declaró que su jubilación arribaría cuando antes de una actuación dejara de sentir un escalofrío en la espina dorsal y náuseas en la boca del estómago. La réplica de Frost fue súbita: «Es gracioso. Yo me retiraré en el momento en que empiece a experimentar cualquiera de esos síntomas».

David Frost entrevista a Richard Nixon

Las entrevistas de David Frost a Richard Nixon, llamadas en el mundo anglosajón The Nixon Interviews, integran una serie de cuatro programas emitidos en 1977. El duelo entre Frost y Nixon ha pasado ya a la historia del periodismo, y figura como el espacio político más visto desde que se inventó la televisión. Gracias a esa extraordinaria película que es El desafío: Frost contra Nixon, una nueva generación de espectadores tendrá ocasión de comprobar por qué ha entrado en la leyenda ese tenso y revelador diálogo entre el presentador inglés y ex presidente norteamericano.

UNIVERSAL PICTURES | 10 de febrero de 2009

Asimismo en www.cineyletras.es: Historia: Los secretos históricos al descubierto.

a película El desafío: Frost contra Nixon, de Ron Howard, refleja un momento crítico de la historia de Estados Unidos. El escándalo Watergate había obligado a Nixon a dimitir en 1974. Tres años después, seguía alejado de los medios de comunicación.

De forma inesperada, Richard Nixon concedió al periodista inglés David Frost –muy popular por sus programas de variedades–, una serie de entrevistas exclusivas, previo pago de 600.000 dólares.

Con la ayuda del investigador James Reston Jr. y de Bob Zelnick, un productor de la ABC, Frost afrontó la primera entrevista el 23 de marzo de 1977, en una mansión de Monarch Bay, California.

El largometraje de Ron Howard no sólo recrea aquellas entrevistas que cautivaron a Estados Unidos, sino las semanas de maniobras y negociaciones que llevaron a cabo los Nixon y Frost junto a sus respectivos equipos. Explora la historia que no se contó y que desembocó en un cara a cara definitivo en el tribunal de la opinión pública.

quel verano de 1977, el astuto y frío ex presidente había aceptado conceder una única entrevista y contestar a preguntas acerca de su mandato y del escándalo Watergate que acabó con su presidencia.

Nixon sorprendió a todos al escoger a Frost como confesor televisivo, seguro de que podría con el alegre presentador británico y se ganaría los corazones y las mentes de los estadounidenses.

El equipo de Frost no estaba seguro de que el periodista fuera capaz de llevar a Nixon adonde quería. Pero en cuanto empezaron a rodar, comenzó la batalla.

¿Podría Nixon eludir las preguntas acerca de su papel en una de las mayores vergüenzas sufridas por la nación? ¿Exigiría Frost respuestas claras del hombre que llegó al poder por ser el maestro de la evasiva?

Durante la entrevista, cada uno reveló sus inseguridades, su personalidad y sus inesperadas reservas de dignidad, para llegar por fin a una asombrosa exhibición de sinceridad.

Doce días después, las grabaciones habían concluido, y su resultado no podía ser más devastador para Nixon, pues en ellas quedaba de manifiesto su verdadero papel en el caso Watergate.

La audiencia de la serie fue descomunal. El primero de los programas, emitido el 4 de mayo de 1977, se centraba en el Watergate, y fue visto por 45 millones de espectadores. Los restantes programas (emitidos, respectivamente, el 12, el 19 y el 25 de mayo) tuvieron un impacto similar.

Como los espectadores tendrán ocasión de comprobar, El desafío cuenta la verdadera historia de las entrevistas Frost/Nixon. Una historia tan apasionante como los mejores thrillers políticos.

La creación de Frost/Nixon: de las entrevistas a la obra de teatro

l dramaturgo y guionista Peter Morgan entró en contacto con el mundo de David Frost y de Richard Nixon en 1992. Vio un programa biográfico del presentador y le fascinó lo que David Frost había sido capaz de conseguir del famoso y astuto personaje en las famosas David Frost entrevista a Richard Nixon, emitidas en 1977.

Tal como le dijo el guionista al periodista Richard Brooks en una entrevista publicada en el Sunday Times en julio de 2006, “me sentí empujado por la imagen de esos dos hombres. El glamuroso Frost, a 15.000 metros en el aire, yendo de un lado a otro del Atlántico en el Concorde. Y Nixon, encerrado en una cueva y para quien la vida no era nada fácil”.

La obra de Peter Morgan se estrenó en el Donmar Warehouse del West End londinense el 10 de agosto de 2006, dirigida por Michael Grandage.

El dramaturgo y guionista siempre se había sentido atraído por las figuras históricas complejas, como la reina Isabel II, Idi Amin Dada y Enrique VIII.

Para preparar el libreto, empezó a estudiar a Richard Nixon y a su mayor, y quizá más inesperado antagonista, David Frost. El presentador, auténtico playboy de la televisión británica, apostó su credibilidad y su carrera a cambio de la oportunidad de obtener una confesión durante las entrevistas.

El contraste de la vida de ambos intrigó a Peter Morgan, que estaba convencido de que la historia podía convertirse en una obra de teatro, siempre y cuando las entrevistas se presentaran como “una pelea entre gladiadores, con las palabras y las ideas como únicas armas”.

Peter Morgan empezó a documentarse: “Me di cuenta de que ambos campos se preparaban como lo hacen dos jugadores de ajedrez o dos boxeadores, había mucha estrategia. Pensé que sería posible redactar las escenas de las entrevistas con las palabras que usaron y darles un giro para obtener las subidas y bajadas de un auténtico enfrentamiento”.

l estudiar a los dos personajes, descubrió algo que le sería muy útil a la hora de escribir la obra: eran totalmente opuestos en cosas básicas.

Explica: “Si se separa al Nixon ser humano del Nixon político, es imposible no sentir compasión por alguien para quien la vida en sí era difícil, la comunicación, la amistad… Al otro lado tenemos a David Frost, alguien para quien comunicar era innato, como lo era hacer amigos y caer bien. Nixon era todo lo contrario; no se fiaba de nadie, se sentía herido, es probable que no tuviera muchos amigos íntimos, no era feliz en su matrimonio, estaba solo”.

El dramaturgo también cree que el presentador, conocido por su ironía, humor y capacidad de adulación, era más capaz de lo que dejaba entrever: “Frost era muy inseguro intelectualmente”, dice. “No le tomaban en serio”. Y refiriéndose al entrevistado, subraya: “Hay algo que no puede decirse de Nixon, y es que fuera un estúpido. Tenía un gran intelecto”. Peter Morgan, con los ingredientes en la mano, empezó a entusiasmarse.

Mientras redactaba su obra teatral, el dramaturgo se entrevistó en repetidas ocasiones con sir David Frost y con muchas de las personas que participaron en esas entrevistas y que aparecen representadas en la obra de teatro que se estrenó en el West End de Londres.

Tal como dijo a Gareth McLean en la entrevista que publicó el Guardian en agosto de 2006: “Cada uno me contaba la historia a su manera. Incluso las personas que estuvieron presentes en las entrevistas tienen versiones diferentes. No hay una sola verdad acerca de lo que pasó detrás de la cámara o entre bambalinas. No me preocupó que mi imaginación participara en la historia”.

La comprensión del medio: el papel de la televisión

avid Frost personificaba un tema recurrente mientras Peter Morgan escribía la obra: la creciente influencia y borrosa responsabilidad del cuarto estado a la hora de influir en la opinión pública, algo tan relevante ahora como lo era en la época posterior al caso Watergate, cuando se grabaron las entrevistas Frost/Nixon, e incluso antes en la historia estadounidense.

Desde la primera Charla al lado de la chimenea (Fireside chats) de Franklin D. Roosevelt emitida por la radio en marzo de 1933, temas que van desde las crisis bancarias y la seguridad nacional hasta la última guerra y/o conflicto han estado al alcance de un público ansioso.

Hacía tiempo que los políticos se esforzaban en controlar los medios mediante mensajes perfectos, pero con la penetración de la televisión, nació un nuevo método para ganarse a la opinión pública. El concepto ofrecía un amplio margen dramático a Peter Morgan.

El escritor intentó descubrir hasta qué punto el medio televisivo había afectado a la idea que se tenía de Frost y de Nixon. Le sorprendió ver hasta qué punto les cambió la televisión y cómo sabían manejar el medio.

En numerosas ocasiones, la televisión había sido la enemiga de Nixon durante su carrera, pero también había sido su gran aliada en su ascenso al poder.

En septiembre de 1952, la había usado con maestría durante el Checkers Speech, un discurso sentimental para defenderse del escándalo ético en el que estaba metido y que casi le impidió presentarse como vicepresidente de la candidatura republicana.

Se mostró austero y directo, un auténtico producto de su educación cuáquera. A petición de Eisenhower, en marzo de 1954, el entonces vicepresidente manipuló con brillantez a los medios con su poderoso discurso durante la comisión de investigación a McCarthy, haciendo tambalear a un hombre que muchos consideraban sin tacha.

Pero la televisión no siempre fue su aliada. Los debates entre Nixon y Kennedy, emitidos en 1960, marcaron el principio de una nueva era en la que los políticos podían presentar un mensaje que sería analizado por los expertos.

ixon, sudoroso y con el maquillaje corrido, fue el gran perdedor ante un JFK impecable y tranquilo. A partir de ese día, no se juzgaría a los candidatos por su experiencia, sino por su atractivo televisivo.

Con el tiempo, Nixon acabó ganando el sillón presidencial. Desde su reunión con el presidente Nguyen Van Thieu en Vietnam del Sur, en julio de 1969, hasta la otra histórica reunión con el presidente Mao Zedong, se esforzó en ser lo más televisivo posible. Pero entonces salió a la luz el caso Watergate.

La fuerza con que la televisión atacó a Nixon pudo con los éxitos de dos mandatos. Pasaron los años y las razones que le obligaron a dimitir empezaron a olvidarse.

El 9 de agosto de 1974, el ex presidente empezó a buscar a través de su representante, el legendario hollywoodiense Irving “Swifty” Lazar, la forma de recordar sus logros a sus compatriotas. Nixon estaba dispuesto a dar otra oportunidad al poderoso medio para ayudarle o traicionarle.

Siempre y cuando él pusiera las condiciones y escogiera al que le parecía el oponente más débil.

David Frost entra en escena

avid Frost empezó trabajando en la televisión como un joven cómico cuyo pujante entusiasmo equilibraba con sarcasmo los terribles acontecimientos del “falso” programa de noticias That Was the Week That Was (Así fue la semana que fue).

La innovadora sátira fue víctima de los políticos con los que se metía ya que, durante la campaña electoral, la BBC canceló el programa por miedo a que fuera una “influencia nefasta”. A continuación, David Frost trabajó en la versión estadounidense entre 1964 y 1965.

A finales de los años sesenta, encabezó The Frost Programme, para la ITV británica. Fue un precursor de los “juicios televisivos” que se convirtieron en un auténtico género. También representó un cambio total para el cómico.

Se le empezó a considerar un entrevistador serio. Pero la atracción de la fama en Estados Unidos fue más fuerte. Entre 1969 y 1972 se convirtió en el presentador del programa The David Frost Show, por donde pasaron invitados de la talla de Richard Burton y los Rolling Stones. El programa acabó y no pudo encontrar trabajo en otra cadena.

Presentó otro programa de celebridades en Australia, pero deseaba volver a trabajar en Estados Unidos y que le tomaran en serio. Cuando se le ocurrió la idea de entrevistar a Richard Nixon, tuvo que convencer a varias personas de que era el hombre adecuado.

Irónicamente, su reputación de “peso ligero” fue la razón por la que Nixon aceptó la serie de entrevistas.

Cuando se emitió el especial, la clase política se dio cuenta del terrible poder de un primer plano y de la presión aplicada a Nixon para hacerle confesar. A partir de ese día, ya no se usó la pequeña pantalla para mandar mensajes, sino para ofrecer un paquete “personalidad más físico”, que a menudo sustituiría un discurso serio.

l poder del medio y su influencia en la política fascinó a Peter Morgan, que lo convirtió en el tema principal de la obra.

El dramaturgo era consciente de que se examinaría el medio televisivo. Tal como dice, los dos hombres tiraron los dados y se jugaron el todo por el todo. Nixon confiaba en sus formidables dotes de negociador y estadista. Frost contaba con el don de hacer hablar a la gente y revelar lo que quizá no hubieran querido. Esos dos ingredientes garantizaban un buen programa.

Las entrevistas Frost/Nixon, según el guionista James Reston, “siguen siendo el programa político más visto en la historia de la televisión”, con más de 45 millones de telespectadores.

Fue la última aparición televisiva de Richard Nixon antes de su muerte, ocurrida en abril de 1994.
Fuente: Oscar Domínguez

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