Por Germán Yances
Arrecia de nuevo la polémica infinita de si se deben pasar por TV miniseries nacionales que muestren la Colombia mafiosa y narcotraficante. Hay sectores de la sociedad que preferirían que la realidad sórdida y criminal del país no llegara a las pantallas, ni grande ni chica. Eso no es nuevo. Colombia esconde la mugre bajo el tapete. Impera la doble moral. Hay escándalo cada vez que muere una chica mientras le afinan la belleza en algún quirófano, pero aceptamos que la TV consagre un tipo belleza único como fórmula de éxito.

La televisión y el cine del mundo se han nutrido siempre de la realidad. Tantas veces los gringos contaron su conquista del Oeste que se convirtió en un género cinematográfico. Igual ha pasado con el holocausto judío, con las mafias del alcohol durante la prohibición, con la guerra de Vietnam, etc.

Colombia está haciendo hasta ahora su propia catarsis con las historias del narcotráfico, y seguramente vendrán luego historias de guerrilla y paramilitares. Y ojalá que alguien tenga la audacia de contar cómo la corrupción se tomó el país y le cambió la jerarquía de valores, cómo las mafias penetraron todas las esferas del poder público. No para celebrar el delito, sino para conocernos como sociedad y reaccionar.

Aterra que esos sectores sociales que se horrorizan porque la TV muestra la realidad criminal del país, permanezcan indiferentes ante las masacres, la corrupción y la delincuencia que campea. Lo censurable no es que la TV muestre esa realidad, sino que esa sea nuestra realidad.

Lo que series como El Cartel, Sin tetas no hay paraíso, El Capo, Las muñecas de la mafia, etcétera, nos muestran son historias insanas de ambición, poder y deslealtad; vidas desgraciadas, familias destruidas, en las que amigos y enemigos se matan por igual entre sí o acaban en las cárceles.

No es claro que esas historias puedan inspirar a las audiencias a seguir esos comportamientos. Es asi que en vez de impedir que esa realidad se muestre en la TV, es más útil generar debate alrededor de esas historias para llamar a la reflexión.

Cada año, los canales privados producen y transmiten cerca de entre 20 telenovelas que cuentan historias insulsas y melodramas baratos, y tan sólo una o dos que tratan alguno de los problemas nacionales más críticos.

La gran aceptación de esas series se debe a la necesidad que tenemos de ver nuestra realidad más allá de los noticieros, que por lo general la presentan fragmentada, superficialmente y descontextualizada.

La información noticiosa ya no es patrimonio exclusivo de los programas periodísticos. Los géneros puros ya no existen. Asistimos a una fusión de noticia y opinión, crónica y ensayo, publicidad e información.

Estas series incómodas, que nos ponen frente al espejo, articulan y contextualizan hechos que los noticieros muestran aislados e inconexos. Los noticieros presentan los sucesos del día a pedazos y las miniseries arman la historia y nos exponen los fenómenos que hay detrás de esas noticias sueltas.

Estos dramatizados que hoy están en la mira, en realidad cumplen la función que dejaron de cumplir hace rato los programas de opinión, y es acompañar a los televidentes en el análisis y comprensión de las noticias de actualidad.

No es cierto que las audiencias sólo quieran ver la truculencia nacional ni que las productoras sólo realicen este tipo de series. Pero sí es cierto que los televidentes se interesan por productos que les ayuden a entender la compleja realidad nacional.

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