*Por. César Augusto Muñoz Vargas**
En marzo de 1995, en plena disputa de la Copa Libertadores, a una pregunta de Carlos Antonio Vélez sobre las razones de su expulsión en un partido de Millonarios, John Mario Ramírez respondió: “yo lo único que hice fue que maldecí y dije jueputa…” Cómo olvidar aquella anécdota radial.

Catorce años después, con pocas excepciones, los jugadores colombianos siguen con ese “mal decir” como el de John Mario, y los hinchas atribulados por los fracasos de la selección Colombia, continuamos vociferando maldiciones, como las que provocaron el destierro del nombrado diez azul en aquel partido en tierra austral; que no recuerdo si fue contra la Universidad de Chile o la Universidad Católica.

Pero los malos modales al hablar de los futbolistas de ahora, no se reflejan en palabrotas, sino en su discurso jarto y repetitivo cuando son abordados por los periodistas deportivos, que a propósito, rara vez preguntan, pues sólo acostumbran a exponer sus puntos de vista y de paso inducir las respuestas de cajón de sus entrevistados; sobre todo, cuando se habla de sus sueños o proyectos, de las expectativas frente a un partido o las excusas de la derrota, a la postre, las patéticas frases más oídas por los aficionados patrios.

La jerigonza, una mescolanza de modismos argentinos, vallunos y paisas, es casi siempre la misma. “Pienso de que por ahí no aprovechamos las opciones que tuvimos y no concretamos y luego por ahí nos desconcentramos y nos cobraron, y vos sabes que si te desconcentras te cobran. Pero bueno, esto no termina aquí y lo bonito del fútbol es que da revanchas y por ahí pienso de que este partido ya es historia y queda la experiencia para lo que sigue…”

Experiencia. La define el motivador católico Jorge Duque Linares como la capacidad que tenemos para aprender de los errores y no volverlos a cometer. Según él, experiencia no es hacernos viejos, acumular años haciendo lo mismo y en esa rutina caer en las equivocaciones de siempre. Aplicando el contrasentido de esta definición, en materia de fútbol los colombianos nos hacemos viejos errando una y otra vez.

La historia es cíclica. Los jugadores con su mal hablar y mostrando lo peor de su juego en los momentos más cruciales. Los técnicos adormecidos en la terquedad e influenciados -es rumor a voces- por los personajes oscuros del fútbol, que presionan las alineaciones por causa de la vitrina internacional. Periodistas acomodados y metidos en la cocina de los futbolistas para descarrilarlos de sus objetivos. Y por supuesto, dirigentes y empresarios torcidos a quienes sólo les interesan los viáticos y la tajada del negocio.

Mucho se critica la falta de pundonor y de probidad del jugador colombiano cuando se enfunda en la camiseta de la selección, pero es que los malos resultados podrían advertirse desde cuando les escuchamos hablar o revelar sus sueños: “pienso de que por ahí el sueño de todo futbolista es ir a un club de Europa y por ahí vestir la camiseta de la selección Colombia…” Y es verdad, el sueño termina ahí, en vestir la camiseta de Colombia.

No recuerdo, no sé si exista, algún futbolista de los nuestros cuyo sueño mayor sea levantar la
Copa Mundo jugando con la selección, o por lo menos, que entre sus aspiraciones esté la de alcanzar el título en el torneo doméstico colombiano. No, por el contrario, y aunque el sueño parezca ambicioso, este no pasa de “por ahí ir a un equipo de Europa”; aunque con la posibilidad de hacer escala en Argentina, entre otras cosas, porque el trampolín de allá puede generar mayor beneficio económico, sobre todo para el empresario de turno.

En últimas, parece que a nuestros futbolistas lo único que les interesa es irse al exterior, así sea para chupar banca, siempre y cuando ganen en dólares o en euros. Ejemplos hay muchísimos de jugadores como caídos en el ostracismo por cuenta de esos nefastos mercaderes, que muchas veces se aprovechan de las necesidades y hasta de la ingenuidad de los humildes muchachos.

En esa desaforada comercialización de pases y dignidades, se han perdido muchos buenos prospectos de jugadores que emigraron biches de Colombia o envalentonados por dos o tres partidos buenos que tuvieron en el país. Recuerdo a Edwin Congo, bogotano que alcanzó a jugar Copa Libertadores con el Once Caldas y que precisamente por un gol de antología que le marcó a River Plate, fue recomendado por un pequeño hincha del Real Madrid para que su equipo lo comprara. Efectivamente, el onceno merengue adquirió al jugador, pero Congo se pondría el anhelado uniforme en un par de entrenamientos, porque de resto, lleva varios años deambulando por equipos de poca monta del balompié español.

Más recientemente Sergio Herrera, hoy en el Deportivo Cali, estuvo secuestrado en el fútbol árabe. No jugaba, no le pagaban y hasta le tenían decomisado su pase; casi se requiere de una gestión diplomática para repatriarlo. Para fortuna de Herrera, nuevamente está inflando las redes contrarias del equipo caleño. Pero, y a propósito de tantos otros que se fueron y de los que muy poco se sabe. Qué será de la vida Álvaro Domíguez, Elkin Soto, José Julián de la Cuesta, el `Tanque´ Ruiz, Juan Pablo Pino, Dayro Moreno, etcétera.

En las condiciones que sea, pero estar en el extranjero, esa parece la consigna de la nueva generación de futbolistas, aunque en parte es entendible, gracias a la desesperanza sembrada por los dirigentes y directivos de nuestro actual y risible balompié. De igual manera es preocupante que los técnicos nacionales, al momento de armar el equipo, echan mano casi que exclusivamente de aquellas figuras que están afuera, así a duras penas vengan de calentar el banquillo de los emergentes.

Pero en las continuas derrotas todos se lavan las manos, insisto, hasta los periodistas que confunden a los seleccionados, por su avidez de primicias, cuando en plena concentración les parece trascendental hablar de los supuestos empresarios que están en la mira de tal o cual jugador. Puros “chimentos”, para citar una palabra inexistente y muy recurrida por Javier Hernández Bonnet cuando expulsa estas “extraordinarias” noticias.

Se lavan las manos más periodistas, que melifluos, un día alientan la esperanza del hincha con las posibilidades matemáticas de la clasificación, y al otro, despotrican de todo el mundo y piden a gritos renovación total y técnicos extranjeros. ¡Qué rigor periodístico! Cuando de antemano se sabe que la afección del fútbol hizo metástasis hace mucho tiempo, y que el paliativo temporal queda reducido a una buena actuación o a los chispazos de los once que saltan a la cancha.

Y siguiendo con los émulos de Pilatos: los directivos. Sin peso internacional y faltos a su palabra cuando alguna vez hablaron de procesos a largo plazo. En las Eliminatorias a Alemania 2006, estando el equipo de último y con un solo punto, la responsabilidad de la selección se la delegaron a Reinaldo Rueda. Previendo que ya estábamos eliminados, los mandamases del fútbol le dijeron que lo suyo era un proceso con miras al Mundial 2010.

Pese al oscuro panorama, Rueda hizo un buen trabajo manteniendo la ilusión de la hinchada hasta la última fecha. Y como los directivos son resultadistas, cuando les conviene, se olvidaron del compromiso adquirido con el seleccionador y prescindieron de sus servicios. A pesar de la eliminación y la actitud terca que caracteriza a la mayoría de entrenadores, Rueda ha sido el mejor de los más recientes al frente del combinado patrio.

Al final el tiempo le dio la razón a Reinaldo Rueda: clasificó la selección al Mundial 2010, bueno, la de Honduras, pero demostró la seriedad de su trabajo. Nadie podría asegurar que de haber seguido con Colombia hubiera logrado el mismo objetivo, pero su éxito con un equipo de otra nación demuestra que con él, el problema no fue de técnico.

No sé si en esta danza de las culpas nos cabe algo de responsabilidad a los aficionados. De pronto sí, por emocionales, por triunfalistas en la victoria, escurridizos en la adversidad e impávidos ante la corruptela, que como al país, mueve también al fútbol.

Es inevitable valerme de expresiones de los sabios que alardean sobre el tema de la número cinco, “eso es lo que hay, eso es lo que tenemos”; y como respuesta a la esperanza, recurro al célebre “por ahí dequeísmo » de nuestro futbolistas. Quien quita “de que por ahí” haya renovación de directivas y lleguen personas honestas, responsables y comprometidas. Que de pronto surjan nuevos deportistas que además de soñar con vestir la camiseta, sueñen con sudarla, respetarla y con la idea de ganar y lograr cosas grandes. Qué tal un entrenador no tan terco que se actualice en sus conceptos y decida jugar a algo y en serio, sin temores ni complacencias.

Y qué tal una tarjeta roja perpetua para los apostadores y los perversos empresarios que engulleron de nociva ambición a los futbolistas. Esto ya parece una carta al Niño Dios, pero lo bien que vendría además un relevo de pregoneros del fútbol, o por lo menos, un renuevo de sus posiciones cómodas y pasionales, y de sus comentarios previsibles y rutinarios. Quien quita “de que por ahí” se cumpla el sueño que nos lleve de nuevo a un mundial. Brasil 2014 da un cupo más a Suramérica. A ver si asistimos al milagro y dejamos nuestra maledicencia.

*Periodista y reportero gráfico, editor de la revista El Andariego (www.revistaelandariego.com)

ND: Las opiniones, análisis y putnos de vista correponden de manera exclusiva al autor y no comprometen de manera alguna a este emdio virtual.

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