Madriguera idiomática
Por Jairo Cala Otero / Periodista – Cultor del español correcto
1. “Era su primera visita y nos expresó que estaba admirado porque el país es otro distinto frente a la imagen que antes asustaba su mente”: En el primer párrafo del discurso del señor Uribe, ante el Congreso de la República el 20 de julio de 2010, se coló esta redundancia.
Hablaba de un extranjero que expresaba admiración porque Colombia no le parecía lo que de él le habían dicho. Es otro país, claro. O es distinto. Pero quien le escribió el discurso al mandatario incluyó esos dos vocablos, que significan lo mismo. Luego redundó. La alusión presidencial hubiese sido precisa y exenta de error, así: “…porque el país es distinto frente a la imagen que antes asustaba su mente”.
2. «Vía al llano empieza a circular”: Así tituló una de sus noticias un espacio informativo de la televisión colombiana, en relación con la reapertura del tránsito de vehículos sobre la carretera Bogotá-Villavicencio, que había quedado bloqueada por un enorme derrumbe. Dos errores –supinos, además- contiene esta oración tan breve: uno, no fue la vía la que circuló nuevamente; las carreteras no circulan nunca. Fueron los carros que por ella se desplazan los que pudieron hacer tránsito, otra vez, después del desbloqueo. Dos, el “llano” -escrito así, como despectivamente- no es un lugar geográfico definido, como debe serlo para el caso de la capital del Meta. Los Llanos sí son una región colombiana ampliamente conocida. La enmienda: “Vía a los Llanos fue rehabilitada”; o “Vehículos circularon nuevamente con rumbo a los Llanos orientales”.
3. Un niño menor de edad…»: Las personas desdeñosas de la importancia del idioma no cesan de incurrir en este error. Todos los días se usan expresiones como esta, en muchos medios periodísticos; los redactores judiciales, para ser más exactos, son sus autores. Hablan de los niños como «menores de edad», lo cual es apenas una obviedad. Mientras no se llegue a los 18 años de vida siempre se tendrá la condición de «menor de edad». Como no existen -ni existirán- «niños mayores de edad» es erróneo (por redundante) emplear la expresión citada. La oración cambia sustancialmente si, por ejemplo, se habla de «un niño, de 6 años» (con coma después del sustantivo «niño»). Porque los hay de muy variadas edades, hasta los 14 años, cuando comienza la pubertad (primera fase de la adolescencia). También es válido: «Un menor», sólo hasta ahí. Porque agregarle «de edad» es hacer que la cabra tire para el monte. Se volvería a caer en redundancia. ¿De qué más son los años que uno cuenta?
4. «En mi vida no me había sentido tan feliz»: Otra metedura de pata de los publicistas. En esta expresión, usada en un mensaje comercial para radio, quien lo protagoniza cae en el absurdo. Porque uno se siente feliz (cuando se siente feliz) en su propia vida, no en la de los demás (O también disfrutando la vida con los demás, que es otra variable). Y, además, es obvio que uno, si se siente feliz es porque está vivo. ¡Después de muerto nadie puede disfrutar de tal estado de ánimo! Opciones para ese mensaje radial: «Nunca me había sentido tan feliz», «Jamás me había sentido tan feliz», «Estoy muy feliz», «Nunca había estado tan feliz», entre otras posibles.
4.- «Dos de las víctimas eran dos muchachas jóvenes»: Con esta expresión una conocida presentadora de un canal privado de televisión en Colombia informaba, desde Cali, sobre un atentado terrorista que dejaba varias víctimas. Pero incurrió en un error de redundancia, al utilizar el giro lingüístico «muchachas jóvenes». Es obvio que al referirnos a muchachas aludimos a personas, de sexo femenino, de poca edad. Y si hablamos de jóvenes, lo mismo; es decir, nos referimos a muchachas, a personas de poca edad. Pero, además, repitió el número de víctimas. Luego doble redundancia. La azarada comunicadora pudo haber dicho: «Dos de las víctimas eran jóvenes…»; o «Entre las víctimas figuran dos muchachas…», entre otras opciones.
5.- «El saldo fue de 28 víctimas, o mejor, de 24 heridos y 4 víctimas mortales»: Otra muchacha de la pantalla chica fue la autora de esta expresión, con la que corrigió lo que ya había dicho de manera correcta. Es decir, desbarató lo que estaba bien. La oración «el saldo fue de 28 víctimas» era correcta, pues en el número incluía a las personas heridas en la tragedia que describía la periodista. Porque heridos y muertos, unos y otros juntos, ¡son víctimas! Los primeros de lesiones físicas; los segundos, de la muerte. En cambio, con el «remiendo» que introdujo («O mejor, de 24 heridos y 4 víctimas mortales») se ‘parrandeó’ el asunto, y terminó diciendo lo que la inmensa mayoría cree: que víctimas son exclusivamente quienes pierden la vida de manera cruenta. No. Las autoridades lingüísticas aprueban que se hable de víctimas cuando aludimos a heridos y a muertos. Lo que hay que hacer es advertir quiénes son qué. ¿Muertos, heridos?
6.- «El vehículo arroyó al ciudadano cuando atravesaba la vía»: Dos fallas tiene esta oración. La primera es referente a lo que los académicos llaman «yeísmo». Es la pronunciación y escritura de la elle (ll) como ye (y). Dicen o escriben: Poyo, en vez de pollo; gayina, en lugar de gallina. La oración de la noticia citada incluyó ese fenómeno: «…arroyó al ciudadano…», cuando lo preciso era «arrolló», del verbo arrollar (Atropellar un vehículo a una persona, animal o cosa). El segundo error consiste en que la construcción gramatical no permite saber si quien atravesaba la vía era el automotor o el peatón arrollado. ¿Cuándo atravesaba la vía quién?, podemos preguntar. Para aclarar, entonces: «El vehículo arrolló al ciudadano cuando éste atravesaba la vía», si fuera del caso que así sucedió el hecho. O, «el vehículo arrolló al ciudadano, cuando se desplazaba a alta velocidad por la vía», si la referencia es al carro. El complemento «cuando se desplazaba a alta velocidad» (después de coma) nos indica que era el carro el que así transitaba, no el peatón.
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Que Dios perdone a mis ofensores
Por Jairo Cala Otero / Conferenciante – Cultor del español correcto
Treinta y ocho años de trajín en el mundo de la comunicación periodística y educacional son un gran capital. Lo es para quien, como yo, sabe apreciar cada paso hacia un objetivo claro y preciso: crecer y ser mejor persona. Sin ello no es posible avanzar por el llamado camino de la vida.
En mi caso todo ese tiempo ha estado, como es apenas natural, revestido de altibajos, y también de impulsos inesperados que han brindado emociones satisfactorias. Unas y otras facetas son el todo de la presencia humana en este planeta. Bajo sus directrices, inciertas como todo, nos movemos a diario.
No obstante, hoy debo ocuparme de un par de aclaraciones porque a muchos de mis compatriotas les dio por malinterpretar mi presencia en internet. Y por hacerlo, están pisando el patio de mi casa sin mi consentimiento expreso. Por un lado, me llegan a mis direcciones electrónicas trabajos para corregir gramaticalmente, y solicitudes para redactar textos; pero algunos corresponsales tienen la idea de que mis servicios son gratuitos. Error.
Por otro lado, algunos me agreden -a veces en tono elevado- porque, eventualmente, no están de acuerdo con lo que pienso y escribo; o, simplemente, con lo que retransmito de otros libre pensadores.
Sobre lo primero debo anotar con profundo respeto, elevado a la máxima potencia, que mis servicios no pueden ser prestados gratuitamente, por la misma razón que mis consultantes también trabajan a diario. Comprendo que muchos compatriotas profesen admiración por mis talentos y por lo que con ellos hago en internet, y que quieran aprovechar tal condición. ¡Gracias eternas por tal aprecio! Pero ello no abre de manera expedita la puerta para que lo que me ha costado dedicación, estudio, investigación, tiempo y dinero, sea una cantera a la que la gente acuda sin aportar siquiera mínima gratificación monetaria. Lo que hago es también un trabajo.
Son muchas las personas que me trasladan sus artículos de opinión, cuentos, narraciones, trabajos académicos, etc., con el encargo de que los componga gramaticalmente, porque no tienen la seguridad de haberlos elaborado de manera correcta. Pero no me preguntan, por delicadeza siquiera, cuánto vale mi aporte intelectivo.
Mi trabajo es tan digno como el más encumbrado; lo tengo en alto aprecio y estima porque lo quiero mucho, y lo valoro porque es mi fuente de supervivencia. Si lo regalara nadie le daría suficiente valoración. Si lo obsequiara contribuiría a prostituir lo que yo mismo he construido con sacrificios. No creo que exista persona alguna que trabaje por la sola complacencia emocional de hacerlo, sin devengar dinero por su esfuerzo y dedicación. Ni Carlos Slim, el hombre más rico del planeta, deja de ganar dinero, a diario, pese a su archimillonario capital de 53 mil millones de dólares.
El otro aspecto también es de considerarse. Sé que hay gente muy susceptible, la comprendo y la considero. Son personas que se irritan fácilmente, algún problema de personalidad deben de tener pero no soy quién para juzgarlas. Sé también que mi campaña pedagógica para que se use correctamente el español no lesiona a nadie. Por lo menos no le veo esa arista negra que unos pocos le ven. Aún así respeto profundamente la voluntad de quienes no están de acuerdo con mi labor. Así se lo hago saber a cada quien que me escribe con injurias y términos soeces, en reacción salvaje porque a su casillero electrónico entran mis artículos idiomáticos.
Son personas distraídas. Porque lo primero que siempre hago es pedir autorización para que las direcciones electrónicas figuren en mi banco de contactos. Que no lean no es mi defecto, es el de ellas. Luego, si no consideran de su interés mis escritos sobre español correcto y me lo manifiestan, borro sus direcciones. Así de simple. Pero hay quienes por no leer, o por no comprender mi petición (problema que tampoco es mío) me increpan por qué tengo sus direcciones electrónicas, y por qué les mando lo que escribo.
Da tristeza que haya seres que se amargan tan fácilmente. Y que ignoren cómo funciona el mundo globalizado de hoy. Lo práctico y fácil es eliminar los mensajes que ingresan a nuestros buzones electrónicos si ellos no nos agradan. ¿Para qué desgastarse y llenarse de furia agrediendo a los demás si un ejercicio simple como ese puede desaparecer aquello que desagrada? ¿Para qué perder tiempo en esa tarea que denigra de la persona? Dicen que no tienen tiempo para contestar mensajes, pero curiosamente les sobra para enviar alborotos y agresiones contra otras personas. ¡Qué extraña contradicción!
Yo sólo aspiro a obtener la humana comprensión de los once mil lectores que están registrados en mi banco de contactos. Y a que mi franqueza no genere malquerencias entre los solicitantes de ayuda gratuita. Esa sí sería una página triste en el historial que he escrito durante treinta y ocho años. Estoy seguro de merecer respeto, porque lo he labrado honestamente. Y porque también lo doy con generosidad a los demás.
Que Dios perdone a mis ofensores. ¡Yo ya lo hice!
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Escriben los lectores
Muchas gracias por los textos que me ha enviado. Han sido muy útiles y entretenidos. Espero seguir recibiéndolos, y si cometo algunos errores usted me sabrá disculpar.
Cordialmente,
Manuel Alfonso Caro
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Muy bueno el rediseño y el resaltado de los errores, con su correspondiente corrección. De nuevo, muchas gracias por sus envíos. Sirvo de caja de resonancia, pues su material lo reenvío a mis compañeros de Cromos, Shock y El Espectador, aparte de amigos interesados en el buen manejo del idioma. ¡Ah!, lógicamente con su correspondiente crédito, Jairo, pues hay que respetar y hacer respetar la propiedad intelectual.
Un abrazo,
Edwin Bernardo Rivera Gómez
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Me encanta recibir constantes artículos a través de los cuales puedo ampliar mi conocimiento sobre el correcto uso del español. Cuente con mi autorización para seguir enviando todos los que considere pertinente para ese propósito. En cuanto pueda «pagaré» y asistiré al curso que también programa para ello.
Cordial saludo, y gracias por su interés en ayudar a fomentar el correcto castellano.
Adda Patricia Gutiérrez Cianci
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Jairo, gracias por incluirme en sus envíos sobre el correcto uso del español.
Cordial saludo,
Franz Mutis Caballero
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NO SE DICE: Fleteo (Del verbo fletear, significa transportar una carga de un lugar a otro. En Cuba, se dice de una prostituta que recorre las calles en busca de clientes).
SE DICE: Atraco, asalto.
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