Por: Mario Morales
Va a ser difícil extirpar esa desciación que es el gusto por la fiesta brava en estas latitudes.
Y lo es porque más allá de los panegíricos (únicas probables piezas de arte en una de las representaciones más gráficas de nuestra animalidad), las corridas son la puesta en escena de parte de nuestra genética: el odio social.
Por eso no es coincidencia que, junto con la llegada de las temporadas taurinas, como expresión del odio humano por las demás especies detrás de una socorrida superioridad, aparezcan otras manifestaciones impregnadas de inquina que ayudan a sublimar ese instinto patológico que nos define cuando estamos en comunidad.
No de otra manera se entiende la agria recepción que ha tenido la administración Petro, víctima de muletillas y hasta estocadas cuando apenas han transcurrido dos semanas desde su posesión. La rabia por su pasado insurgente y por su intención de gobernar desde lo social y desde el amor, ha delatado a quienes tomaron como una derrota personal, que no han podido superar, la victoria del nuevo alcalde.
El odio incubado tampoco ha permitido mirar los alcances de la carta de Timochenko y su propuesta de retomar el diálogo. La palabra Caguán dispara en la mente nacional, y se entiende, todas las barreras y todos los prejuicios. El rencor enceguece.
Algo similar sucede con todo lo que suene a Chávez. Desde su anunciada recuperación, hasta los nombramientos o cambios en su gabinete. Animadversión instintiva.
Habría que incluir el fuego cruzado de las huestes uribistas, la andanada contra la fiscal, así como las manifestaciones de ese odio social en otros escenarios que han construido sus propios tótems para hacerles el respectivo ritual con cierta periodicidad. Baste con citar los nombres de Bolillo Gómez o Laura Acuña para que buena parte de la opinión “se erice” antes de preparar la artillería. Para no hablar de los foros o de las rencillas e iracundias en las redes sociales.
Por eso a ese odio hay que quitarle las armas, como se vislumbra en Bogotá y otras ciudades, y las representaciones burlescas que legitiman la eliminación del otro como fórmula para calmar nuestras bajas pasiones.
