Por: Mario Morales
Somos un país mediocre, como nos lo recuerdan quienes vienen y no entienden por qué, en medio de tanta riqueza, no hemos podido salir adelante. (Publica El Espectador)

Claro, será mejor decirlo de otra manera, porque los eufemismos germinan en el terreno de la mediocridad. Digamos que somos ciudadanos sin atributos como lo narró Roberto Musil en su monumental obra literaria; descripción que recientemente retomó Vargas Llosa en una de sus columnas para pintar a los ciudadanos-sostén de los regímenes totalitarios: “Burócratas de oficio y de alma, que hacen mover las palancas de la corrupción y la violencia, de las torturas y los atropellos, de los robos y las desapar ando sin pensar, convertidos en autómatas vivientes…”.

¡Ah! Porque al mediocre le gusta obedecer, añora la mano fuerte, “no se halla” en medio de la libertad.

Además, la mediocridad es envidiosa, desmemoriada, ególatra y excluyente. No admite que nadie sobresalga por sus virtudes, que nadie la delate.

El sueño de los mediocres no es ganar, es no perder. Pero a la hora de premios, distinciones y nombramientos solo le interesa la opción que le mantenga su zona anónima de seguridad.

En un desierto así, no debería ser tan difícil avistar algunas almas nobles, algunos colombianos de veras grandes…

Vuelve a la memoria una frase, cuyo autor no recuerdo, y que cita a la Escritura para contar que en el país de los árboles se buscaba un rey, pero nadie quería porque todos estaban ocupados cuidando sus frutos, hasta que apareció el cardo, que no hacía nada y además tenía espinas y podía hacer daño…

Nada pues de qué extrañarse cuando hablamos de “grancolombianos”. En el país de los “sin atributos”, al menos en eso somos coherentes.

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