Por: Mario Morales
A la mediocridad técnica de nuestro fútbol, manoseo laboral de jugadores, pobreza periodística y peleas insulsas de las barras, se suma ahora el inconcebible asesinato de hinchas por ser portadores de las camisetas de sus equipos. (Publica El Espectador)
Más que síntoma de una sociedad enferma, como dice el general Martínez, comandante de la Policía Metropolitana, es el hedor de una sociedad descompuesta, que se dejó inocular el odio de sus dirigencias hasta contaminar sus celebraciones.
Confundir el honor con una adhesión o la dignidad con un fanatismo en torno a una actividad tan controvertida como el fútbol, nos devuelve, como sociedad, milenios en la línea de desarrollo humano.
Que el color de una camiseta despierte el instinto animal de agresión por una pretendida rivalidad deportiva amerita no sólo que se suspenda la fecha del rentado colombiano, sino el torneo completo hasta que la sociedad tenga certeza de que tamañas estupideces no se repetirán.
Claro, el fútbol es sólo otra manifestación de la podredumbre moral que habitamos, jalonada por la fetidez del discurso “político” y social, como la “joseobduliesca”, convertido en un género más cruel que la diatriba, y partícipe en la construcción de un país belicoso e intolerante.
Ojalá no resulten como únicos responsables el licor, los horarios, las televiolencias o el porte de armas. Ni que todo derive sólo en acciones policiales represivas.
Ejemplos de solución hay, como la iniciativa 24-0 (24 horas sin muertes violentas) de la administración distrital en Ciudad Bolívar, de probada eficiencia.
Hay que recordar, como lo dijo el médico Slutkin, que es una enfermedad infecto-contagiosa, una epidemia que hay que tratar como tal: comenzando por interrumpir su retransmisión, prevenir eventos futuros y cambiar las normas de reconocimiento social en barrios y barras… Pero también entre dirigentes, donde reside el germen.
