Por Mariomorales
Es una lástima, hemos de decir, que un país como el nuestro, tan dado a imitar (a adaptar, dirán los patrioteros que abundan por estos días) lo que pasa más allá del Rìo Bravo, no se le haya dado, ahora que el dólar está tan barato como en Montería, por “importar” la idea de tener instituciones modernas y descrestadoras
como el Center for Public Integrity, (que mal traducido sería algo así como la oficina para el Alto comisionado de la Integridad pública) que acaba de publicar un contundente informe que justifica en mucho no sólo su existencia sino su presupuesto.
El CPI, integrado por un selecto grupo de estadísticos (que también los hay, si están lejos de los asesores de imagen, de los propagandistas, de los encuestadores y de los publicistas), se dio a la tarea de diseccionar comunicados, declaraciones, entrevistas y talk shows para detectar la que, sin duda, es la mentira más grande de los últimos años y quizás del milenio.
El estudio logró determinar que 935 veces en un lapso de dos años, es decir, una vez cada dieciocho horas en promedio (para utilizar lenguaje técnico estadístico) ocho altos funcionarios ( Bush y sus 7 Magníficos como Powell, Cheney y Condoleezza) dieron declaraciones falsas, mintieron y volvieron a mentir cuando mencionaron la posesión por parte de Irak de armas de destrucción masiva o vínculos con Al Qaeda.
Es una lástima, decíamos, que el Frente Nacional, la Constitución del 91, los acuerdos sobre lo fundamental, las 123 reformas al Estado, el multibillonario presupuesto para la defensa o, en últimas, el cambio extremo a que está siendo sometida la Fiscalia (con sus 2.166 nuevos cargos y una inversión superior a 100.000 millones de pesos) no hayan contemplado la urgencia manifiesta de un centro que vele por la integridad pública, que cuente y nos cuente las veces y las voces que a diario dicen y repiten falsedades con ropajes de veracidad.
Es una lástima, diremos, que nos hayamos tenido que conformar con la bola de nieve del rumor, con las confesiones del bajo mundo o con los folletines mimetizados luego en paraísos plásticos en la pantalla chica o el celuloide, para poder establecer nuestro propio escalafón de verdades que se quedaron a medio camino y que a fuerza de repetirse hoy forman parte de nuestra historia oficial.
Como esas de que aquí los buenos somos más, que la política internacional pasa por la Cancillería, que Holguín tiene opción presidencial, que la culebra estaba derrotada en cuatro meses, que Santafé este año sí va a ser campeón, que la política económica pasa por las manos de Oscar Iván Zuluaga , que somos gente trabajadora, que Amparo Grisales va a llegar Hollywood, que qué bueno verte, que la culebra estaba derrotada en un año, que el nombre de Sabas suena, que ahora sí hay telenoticias a las diez, que ahora le toca al campo, que los paras pararon, que mañana sí te llamo, que los concursos públicos son públicos, que la guerrilla quiere la paz, que somos gente honesta, que me demoro diez minutos, que la canasta no sube, que la culebra estaba derrotada en dieciocho meses, que más de un salario mínimo trae malos pensamientos, que Valencia Cossio puede ser, que tenemos gasolina para rato, que las empelotadas son artísticas, que sí pero que fue por amor, que sólo podemos con cuatro años más, que aquí los dólares se dan silvestres, que Chávez es humanista, que se me acabó la batería, que las marchas sí sirven, que esta gloria es inmarcesible, que vecinos y amigos, que estás igual que siempre, que el júbilo es inmortal…
Es una lástima, diremos, que mentir no haya sido declarado deporte nacional, ni fiesta de guardar el 19 de noviembre (día del paisa mentiroso), ni que el polígrafo sea el símbolo patrio… y debe ser porque, como decía Hitler, las masas sucumbimos más fácilmente a una gran mentira que a unas pequeñas. Megalómanos que somos.
