Por mariomorales
Si en algo coinciden Occidente y Oriente, la China milenaria, la mitología romana y el almanaque Bristol es en creer que el nuevo año comienza a mediados de febrero y no en enero, como estamos acostumbrados los colombianos por culpa de los calendarios laborales.

Por eso, para esta época coincidimos en intenciones y augurios los chinos, que le dan inicio a un nuevo año; los romanos vernáculos, que recuerdan la fiesta de purificación anual, y los sobrevivientes en el siglo XXI, que creemos que es, a mediados de febrero, el momento de recostar un taburete y hacer, antes de que lleguen los encuestadores oficiales, el balance del año que se fue.

Y al mirar el 2007 con sus fríos resultados ya consolidados tenemos que decir, por razones superiores de humanismo, que menos mal que se fue. Esos doce meses fueron, como lo calificaron los chinos (que no están en la oposición, aclarémoslo), no solo en razón de su horóscopo, sino por las porquerizas que dejó, un auténtico año del cerdo, marcado por las catástrofes, las desgracias y los conflictos.

Miremos las cifras, como suelen decir los políticos, tan creyentes como los chinos en la numerología, para no tener que preguntarnos por qué somos así.

Hubo 14.052 homicidios en el 2007, es decir, 38 y medio cada día, 3 cada dos horas. Pero, tranquilos, aún la preciada especie colombiana no corre peligro. Según el implacable reloj predictivo del Dane, cada seis minutos y medio nació un compatriota, que lo seguirá siendo hasta que pueda decidir en cuál marcha va a participar, a menos que sea uno de esos 21.000 pequeñines que murieron por causas que se hubieran podido evitar, es decir, absurdamente.

Si el recién nacido fue mujer, y si les creemos a los recientes datos de Profamilia, tuvo el 50 por ciento de posibilidades de ser maltratada físicamente por su pareja, o el riesgo de formar parte de la dolorosa lista de más de 700.000 mujeres violadas, en la mayoría de los casos, por alguien cercano o conocido.

Si nació en zonas de alto riesgo, pudo llegar a formar parte del millón y medio de damnificados por culpa de los elementos (que es como llaman las autoridades a las causas de los desastres para tratar de evitar los pliegos de cargos en la Procuraduría).

Si accedió a un crédito, pudo ser uno de los 260.000 ciudadanos morosos que están a punto de perderlo todo, incluso ese calificativo de ciudadanos.

Si él o ella o sus padres se vieron obligados a montar en motocicleta, corrieron el riesgo de ser una de las víctimas mortales que cada cuatro horas dejó ese peligroso adminículo que fatalmente popularizó el Capitán Centella, nacido, como sabemos, en un año del dragón.

Ese fue el mismo saldo que dejó el conflicto armado, un poco menos en todo caso que las muertes por cáncer.

Y, claro, la preocupación por todo lo anterior o una parte de ello, o por las fanfarrias y altisonancias de los noticieros, la negligencia en algunas entidades, los retrasos de TransMilenio, la cascada de impuestos, las frustraciones deportivas, la genética y la mala suerte en el amor hicieron explotar 40.000 corazones en el 2007, casi 1.100 cada día, 45 cada hora, 4 cada tres minutos, cada que sonó una canción.

Esa fue parte de historia que vieron o que vivieron el millón 266.000 extranjeros que pisaron nuestro suelo (ojalá vuelvan) y los turistas que ocuparon los once millones de vehículos que recorrieron el país, según las cifras oficiales. Si había un promedio de cuatro pasajeros por automotor, eso significa que nadie se quedó en su casa para vacaciones. De allí el incremento inusitado de robos de residencias, que no cuantificamos aquí, como no lo haremos en otros aspectos, con el único objetivo de no contribuir al incremento de esas cifras.

Menos mal comenzamos otro año, el de la rata, como lo establece el horóscopo chino y como lo acaban de confirmar los pichones de banqueros en las pirámides de la fortuna, las manos aceitosas detrás de tierras para desplazados y los ingenuos colombianos que creen en la etimología de las palabras y han tomado para sí las regalías del Casanare, Arauca e intermedias.

Hecho, pues, el balance y purificados como estamos a punta de marchas y recesiones, de cuaresmas y ayunos forzados, ahora sí estamos listos para enfrentar lo que viene.

Aunque, viéndolo bien, con Semana Santa y con este ritmo, el año ya se acabó

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