Alguna vez se han preguntado cuál es el enemigo más grande de la libertad de prensa? Uno podría mencionar unos pocos conspicuos, como por ejemplo un estado que censura, un propietario monopólico, el anunciante que quiere una cobertura favorable o al menos la ausencia de una cobertura desfavorable, etcétera.
Por Christopher Hitchens*
Pero el más insidioso enemigo de la libertad de prensa es un periodista y editor cobarde que no necesita que le digan lo que debe hacer, pues ha internalizado la necesidad de agradar, o al menos de no ofender, a la peor tiranía de todas, la de cierta opinión pública que coloca como su logro más alto el de cubrirse las espaldas.
Basta, simplemente como ejemplo, leer los obituarios dedicados a Earl Butz, un político republicano que sirvió a los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford como secretario de Agricultura hasta que fue obligado a renunciar después de hacer una observación ruda y sin sentido del humor durante la audiencia de John Dean, uno de los que hicieron saltar el caso Watergate.
En las palabras del redactor del obituario del New York Times, Butz había “calificado a los negros como ‘personas de color’ que solamente querían tres cosas: actividades sexuales satisfactorias, zapatos holgados y una sala de baño tibia”.
No hay ningún adulto cuyos recuerdos se remonten a 1976 que olvide las verdaderas palabras de Butz. Su lenguaje fue mucho más soez. Habló de que “la gente de color” buscaba una “vagina apretada, zapatos holgados y un baño tibio donde cagar”.
Si los insensatos prejuicios de Butz no hubieran sido divulgados de manera acertada, podría haber permanecido en su cargo. Pero cualquier lector del periódico menor de 50 años de edad que haya leído la sentencia relevante no tiene la menor idea respecto a la frase que causó la controversia original.
¿Qué sentido tiene un periódico que registra datos cuando su editor considera que el dato en sí mismo es intolerable para los lectores? Mi pregunta es resultado de ciertos desarrollos recientes de una noticia de primera plana que antes fue sensacional.
La semana pasada, las autoridades de Dinamarca detuvieron a tres personas por un supuesto complot para asesinar a un danés de 72 años llamado Kurt Westergaard, un dibujante que vive pacíficamente en una ciudad universitaria. No hace mucho, Westergaard se unió a otros dibujantes para diseñar unas caricaturas del supuesto profeta Mahoma. El objeto de la sátira era romper con el tabú que existe a la crítica al Islam y a sus varios íconos. La sátira fue ferozmente exitosa, pues musulmanes histéricos convirtieron en ídolos públicos estas imágenes que habían proclamado que eran imposibles de exhibir. Esta estupidez fue acompañada por una desagradable violencia e intimidación.
La semana pasada, casi todos los periódicos daneses tomaron la decisión deliberada de volver a imprimir los agraviantes dibujos. Pero si ustedes viven en la mayoría de los países donde mi columna se difunde, sus periódicos han decidido por ustedes, al igual que lo han hecho con Butz: es necesario protegerlos de la indigerible verdad. Vivimos en una era de la imagen y la fotografía. ¿Cómo puede ser que el punto principal de una historia enteramente visual pueda ser deliberadamente dejado por fuera? Tengo la sensación de que la decisión de protegerlos a ustedes de las imágenes fue determinada por algo tan vulgar como el miedo.
La cobardía de la corriente principal de la cultura estadounidense es fácil de detectar. Las únicas revistas que enfrentaron la autocensura fueron la conservadora Weekly Standard y la atea Free Inquiry. Se trata de dos publicaciones con una circulación combinada más bien pequeña. Poco después, la cadena de librería Borders sacó la revista Free Inquiry de sus estantes. Creo que es bastante seguro decir que la mayoría de los estadounidenses ni siquiera llegaron a advertir esta traición. Pero eso se debió a que sus propios periódicos estaban demasiado avergonzados para informar sobre una rendición en la que participan.
En Canadá, solamente dos pequeñas publicaciones reimprimieron los dibujos. The Western Standard y Jewish Free Press fueron prestamente llevados antes un esclerótico tribunal del pueblo, la Comisión de Ciudadanía y Derechos Humanos de Alberta. Si piensan que ese es un nombre divertido, prueben con el título del demandante: el Consejo Supremo Islámico de Canadá. Quién sabe por cuánto tiempo este estúpido caso se habría arrastrado o cuánto dinero y tiempo público habría consumido, de no ser porque la semana pasada los supremos islámicos decidieron retirar la demanda.
“Entiendo que la mayoría de los canadienses ven esto como un tema de libertad de expresión”, dijo Syed Soharwardy, el fundador y presidente del Consejo, sobre el caso que él había originado.
Menciono este caso solamente porque el nivel de atemorizada deferencia que puede encontrarse al sur de la frontera canadiense todavía es mucho más excesivo de lo que cualquier censor, o incluso autocensor, podría animarse a desear.
*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. c.2008 WPNI Slate
