Por mariomorales
Durante siglos el imperativo generacional, como lo sintetizó el siempre joven Andrés Caicedo, era dejar huella. El símbolo era el elefante, pero no en la versión patentada por Monseñor Rubiano. Había que pisar duro y sin mirar abajo, es decir, con alma de banquero o de palmicultor.
Pero hoy la tecnología, invasiva, dominante y arrogante, ha suscitado esa agobiante sensación de perdida de control de los actos, que comienza cuando se descubre que hay quienes saben más de alguien que él mismo (además, obviamente, de las señoras de adentro, de los peluqueros y de los vigilantes del edificio).
Por eso hemos pasado del síndrome del ‘deja vu’ a la paranoia de que ‘Alguien nos Mira’, como lo profetizó en su libro 1984, George Orwell y al que seguramente no leyeron, (ocupados como estaban comprando teléfonos de última tecnología o hablando a través de ellos) desde Pablo Escobar hasta Raúl Reyes, pasando por Don Diego, Rasguño, Chupeta, Henao, todos ellos más aficionados a las conversaciones conmutadas que la señora de adentro, el peluquero y el vigilante del edificio; hoy están presos o muertos sin saber que algunos de los teléfonos que utilizaban, ya estaban arreglados y se los habían vendido agencias de inteligencia de Estados Unidos, como lo documentó un diario del sur de ese país.
Cayeron sin saber que el sello de la época es el gato, o la gata o esas especies de felinos que saben caminar sobre los tejados calientes sin dejar rastro. Menos mal, dirán muchos que, dicho sea de paso, se creen inmunes o ajenos a los ojos que todo lo ven y a los oídos que todo lo oyen, como alguna vez lo creyeron, el magistrado Valencia, La Mechuda, Noguera, los más de cuarenta políticos investigados por paramilitarismo, los 22 que están presos, los que van a estarlo, y hasta los que alegaron grave estado de salud (qué curioso) para dejar el hospital e irse para sus casas donde abunda la tecnología.
Y es que mientras por un lado la tecnología sirve de apoyo a la lucha contra los violentos, resulta paradójico que esa tecnología, que le prometía al resto de los mortales más acceso y más democratización, deje como resultado que hoy todo o casi todo ( si exceptuamos a los buenos salvajes, que todavía los hay, creyentes en las señales de humo, la telepatía o la voz presencial) esté sometido a un mayor control, monitoreo o seguimiento (el panóptico como lo retomó Foucault para hablar del reino de la desconfianza en el que cada uno, según su puesto, está vigilado por todos o por algunos de ellos, aunque no haya mencionado la existencia de un programa de recompensas).
Menos mal, dirán muchos que prefieren la seguridad a la policía y que ignoran o quieren hacerlo, que en algún lugar del planeta, de una base de datos, de una encuestadora, de una lista negra de la Dian, o de internet, hasta del número de cabellos se les lleve la cuenta merced a la intervención de su correo electrónico (como ya lo saben los gobiernos ecuatoriano y venezolano), de su línea celular, de sus redes sociales (como se acaban de enterar en Canadá donde prohibieron a las fuerza militares usar Facebook), de los espacios públicos monitoreados por cámaras ocultas residenciales, policiales y hasta de seudo-periodistas (que suplantaron el trabajo de la investigación con el show, el drama y el impacto).
Pero ahí no termina el afán de saberlo todo, como les pasa a las de adentro, a los peluqueros y a los vigilantes de los edificios; para ir más allá de las respuestas, lentamente los polígrafos han venido desplazando a los parasicólogos y a los sicólogos sin sesgo ideológico; para llegar adonde ojo humano no pudo, el escáner cerebral, antaño usado para detectar tumores, sirve, según la Universidad de Temple, para identificar mentiras; una huella dactilar le permite a una recepcionista saber más sobre nuestro pasado, que lo que nuestras conciencias permiten; para no hablar del ADN, de los cookies delatores en los computadores, de las chuzadas análogas y digitales, de los gusanos informáticos, de las huellas de la impresora que remiten en un código cuanto pasa por sus rodillos a quienes quieren vernos de rodillas, y hasta de los procesos de arbitraje en los deportes (menos mal , dirán los perdedores, como si lo marcadores fueran reversibles).
Merced a la tecnología, mucho ha cambiado en materia de seguridad desde que la lupa era la insignia hasta el rastreo satelital, desde las investigaciones eternas hasta las pesquisas en tiempo real, desde las decisiones pensadas lentamente en juntas, consejos o comités hasta la nueva forma de hacer política en vivo y en directo, pedida de prestado de las peleas de boxeo.
Claro, dirán, el que nada debe… No obstante es inevitable la paranoia cuando el teléfono, los sitios web o el correo electrónico lo reciben a uno con nombre propio, enumeran los gustos y tendencias y hasta deciden qué mirar y qué no. Es entonces cuando comienza uno a extrañar a la señora de adentro, al peluquero y al vigilante del edificio. Alguien nos mira…
