Por mariomorales.
¿Para qué buscar responsables? Es una tendencia de la época. De la fabricación en serie, anónima e industrial, lentamente estamos regresando al muelle y confortable sendero de obtener las cosas a gusto del cliente más allá de los estándares, de los cánones y de los costes o precios que haya que pagar.
Afortunadamente estamos superando la etapa “Ford” del mercado, que hizo de la producción en línea una escuela y una enseña de su creencia de que el consumidor puede tener “cualquier cosa que quiera, siempre y cuando sea negra”.
Hoy la tendencia, como dicen los sastres de barrio con una cinta de metro al cuello, las modistas venidas a más, los diseñadores de alta costura y hasta el filósofo francés Lipovetsky es (paradójicamente igual a la que tenían los pichones de costureras hace exactamente nueve siglos) el culto a lo nuevo, por más efímero que sea, el imperio de la moda, siempre y cuando sea confeccionada a la medida.
Es pues el salto del prét a porter (es decir, de lo que hay en bodega) a las posibilidades de acceso a lo exclusivo, a lo que sólo le sirve a cada quien. El concepto transciende el mundo del hilo, la aguja y el dedal y hoy en día está cosido a la industria editorial (de allí el boom de la autosuperación), a la industria musical (más de lo mismo pero con canutillos y lentejuelas por pedido), a la industria farmacéutica (que ha hecho ver las enfermedades como patrimoniales), al sector inmobiliario, al turístico y ahora como último ladrido de la moda, al sector judicial.
Ya desde hace tres lustros, con el proceso ocho mil a bordo, comenzamos a presentir el fenómeno de particularización de la “justicia” en la que todo es negociable, como lo sentenciara a comienzos de siglo Marx (y me apresuro a decir, ya que es más divertido pero también más seguro, que hablo de Groucho, Groucho Marx, el actor cómico), cuando enfatizara que “yo también tengo mis principio, pero si no le gustan, tengo otros principios”
Y ya entrado el nuevo milenio, lo confirmamos con el advenimiento de la Ley de Justicia y Paz, y con la customización (que es como los modistos llaman a los arreglos de forma, para hablar de la apariencia pero también “de forma” que nadie se dé cuenta) de la justicia penal militar, los códigos para delitos civiles, la ley Carimagua, la reforma laboral, los códigos de policía y última y muy especialmente de los tratados sobre el homicidio y el asesinato, a los que se les ha aplicado, tal y como lo hacen los textileros, el proceso de bleaching o blanqueo para quitar la impurezas que permitan luego impregnar otras tinturas y nuevos colores y lograr ese efecto, descrito en una conocida copla infantil, propio del mundo del mago Nombrón, donde las cosas son y no son.
De esa manera la nueva jurisprudencia, especialmente la que habla de las penas, es hoy sin duda, más fashion, más soul, más hip, más chic o más trend (para seguir parafraseando a los altos costureros) toda vez que ya no tiene ese antipática condición de que se le aplica por igual a todo el mundo, sino que tiene ese tinte personal e individual, de lo que está hecho sobre medidas.
Se entiende el alborozo en La Picota, en Combita, en Itaguí, en la cabeza de los 24 congresistas, de los 15 alcaldes y de miles de funcionarios y de civiles que junto con sus nuevos diseños ya han encargado corseletes, bondeos y bordados para ocultar esos gorditos que pueden llegar a afectar su imagen pública, ahora que se comienza a hablar, en medio de la euforia, de procesos electorales.
Poco importa que aún queden ropavejeros (o cultores del vintage y de lo retro, como dicen en las pasarelas) que no hayan entendido las razones superiores de la época, en la que el lujo no está en el ornamento o el lucimiento frente a los demás, sino en la satisfacción de los deseos individuales.
Es hora de reivindicar la “hamburguerkinzación” de la justicia y de defender su lema, que es ahora nuestro: ”Como usted la quiere”. Posmodernos que somos.
