Aquí una síntesis de la mirada crítica que han hecho columnistas y analistas al cubrimiento periodístico de la crisis colombiana dentro y fuera del país luego de la muerte del guerrillero Raúl Reyes.

PERIODISMO Y PATRIOTISMO
La verdad nunca hace daño. En cambio, la mentira y el ocultamiento están en la raíz de las tragedias sociales
Por Daniel Coronell.
La tarea del periodismo es divulgar información, no ocultarla. No importa cuán noble sea el argumento invocado para callarse una noticia, el silencio informativo siempre perjudica la democracia. Menoscaba el derecho de los ciudadanos a conocer lo que hay detrás de las decisiones que toman -en nombre de las mayorías y con la plata de los impuestos- quienes ejercen el poder. Y acaba con cualquier posibilidad de control social.

La invitación a la omisión noticiosa, generalmente, no se presenta como un acto de censura. Los funcionarios hablan, más bien, de un «llamado a la prudencia» inspirado en «los más altos intereses de la patria».

Los intereses de la patria coinciden -siempre- con los del gobierno de turno.

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Durante la administración Pastrana, por ejemplo, el comisionado de paz, Víctor G. Ricardo, le pidió a un canal de televisión callar una información que evidenciaba que las Farc -desde el inicio del despeje- se burlaban del gobierno y de los colombianos.

Todo nació de un hallazgo periodístico. Un reportero comparó las imágenes de la ominosa parada militar del ‘Mono Jojoy’ con las del acto de entrega de unos revólveres a un grupo de policías cívicos de San Vicente del Caguán, por parte del comisionado de Paz. Y ¡Bingo! Encontró varios guerrilleros que pocos días antes habían desfilado con las Farc, recibiendo armas del gobierno, vestidos como guardias cívicos.

El comisionado le pidió al periodista un día, para consultar su respuesta con el Presidente. Pero, en realidad, dedicó esa jornada a conversar con los accionistas del canal para impedir que la noticia saliera al aire. Les dijo que la «imprudente» publicación -y no el hecho descubierto- acabaría con el proceso, por eso les solicitó engavetarla a nombre del «fin supremo de la paz».

Los dueños patrióticamente accedieron y el país se quedó sin conocer ese abuso de las Farc. Tal vez el primero de una larga serie criminal que culminó, tres años después, con el secuestro de un avión comercial para llevarse al senador Jorge Eduardo Géchem. El mismo que acaba de regresar, después de seis años de infame cautiverio.

Si esa burla inicial se hubiese revelado, probablemente el proceso de paz se habría acabado a tiempo o -quizá- habría existido un mayor escrutinio público para evitar que la guerrilla usara la zona despejada para delinquir. Además, por citar uno de mil ejemplos posibles, seguramente Géchem y los suyos se habrían ahorrado la pesadilla.

La verdad nunca hace daño. En cambio, la mentira y el ocultamiento están en la raíz de las tragedias sociales.

Planteo esta reflexión porque a raíz del exitoso operativo militar que acabó con la vida del cabecilla Raúl Reyes, funciona un pacto silencioso para evitar preguntas incómodas sobre la operación y sus consecuencias. La mayoría de los medios viene reproduciendo, de manera acrítica, los comunicados oficiales.

El asesor presidencial José Obdulio Gaviria pidió en una entrevista que la información relacionada con la incursión colombiana en Ecuador «se maneje con todo cuidado, prudencia, patriotismo e incluso pragmatismo… Los medios de comunicación colombianos le prestarían un gran servicio a la política de seguridad democrática no profundizando mucho, mientras no sean las propias autoridades».

Tal vez por cuenta de esa patriótica sugerencia nadie pregunta, por ejemplo, ¿por qué el único militar caído en la operación fue presentado, por el ministro Santos, como muerto por el ataque de las Farc, cuando ahora fuentes oficiales confirman que el soldado falleció porque un árbol le cayó encima? ¿Hubo o no fuego cruzado? ¿Se presentó la persecución en caliente?

Ahora bien, ¿Le importan a alguien esas respuestas? Probablemente no. Las mayorías colombianas, por lo pronto, desean más creer que saber. Muchos sólo quieren conocer información que los reafirme en sus convicciones.

Sin embargo, el deber del periodista es preguntar y publicar -incluso lo inconveniente- aun en contra del parecer mayoritario.


AIRES ENRARECIDOS
Por María Teresa Ronderos

Los ánimos caldeados, los insultos, las verdades oficiales a veces manipuladas para causar efectos o ganar batallas, crean un ambiente malsano de triunfalismo y exasperación.
Después del escándalo por la equivocación del diario El
Tiempo que confundió al ministro Larrea del Ecuador con el secretario del partido comunista argentino Etchagaray en foto con el guerrillero Raúl Reyes, varios periodistas en las salas de redacción, un poco sonrojados de vergüenza, pensamos ¡Nos ha podido pasar exactamente lo mismo!

El error de El Tiempo no fue un incidente aislado del cual se pueda culpabilizar sólo al diario o a sus editores. Es el producto del tono exaltado con que hemos venido informando los medios en estas últimas semanas de crisis y noticias gordas. Es la gota que rebasó la copa de la crispación nacional. Y bien nos viene de aviso para pensar un poco lo que estamos haciendo.

Como lo comentó ya hace unas semanas un corresponsal extranjero en Bogotá, los medios colombianos hemos reaccionado ante la crisis con Ecuador, y de carambola con Venezuela y Nicaragua, con cabeza caliente, de nacionalismo exacerbado. Demasiada euforia por la muerte de Raúl Reyes, no nos dejó ver el tamaño problema causado por la forma cómo se hizo; por demasiada pasión alrededor de cómo el Presidente Uribe había sorteado de bien la crisis el día de la Cumbre de Río en Santo Domingo, perdimos toda distancia frente al pésimo manejo de la relaciones exteriores que nos llevó a esa situación. ¡Como si los países modernos se manejaran con llaneros solitarios que salen a arreglar el mundo con palmaditas y abrazos, y no con instituciones que funcionan a tiempo para manejar los problemas y evitar las crisis!

No fue igual ni en Ecuador ni en Venezuela, donde por lo menos los diarios que vi desde aquí, trataron las noticias con un espíritu un poco más crítico.

El nacionalismo mediático reciente ha sido deliberadamente alimentado desde el gobierno que ha hecho parte de su política mantener a la sociedad en permanente polarización, agresiva, fanática. Si Gallup pudiera medir los niveles de recelo y desconfianza que hay hoy entre colombianos, quizás darían índices más altos que los de la popularidad del Presidente.

Pero el reciente nacionalismo de los medios también tiene que ver con el oficialismo que ha reverdecido con una fuerza que no se veía desde hacia una década. Quizás es que la guerra, como escribió Phillip Knightley en 1975, deja como primera víctima a la verdad; tal vez es el tono de beligerancia permanente de nuestro gobierno de vaqueros. En todo caso, muchos medios hemos vuelto al unifuentismo, en contra de todo avance profesional.

Hemos informado sobre lo que pasó en Ecuador, los contenidos del computador de Reyes, el escalofriante suceso de la mano de Iván Ríos, tras bambalinas de la Cumbre de Río y apreciaciones de la Comisión de la OEA, con pocas excepciones, casi sin más fuentes que las oficiales. Mientras en Sucumbíos, al otro lado de la frontera con Ecuador, hervían los medios ecuatorianos y de varios otros lugares del mundo que fueron para ver de primera mano qué había pasado, casi ningún medio colombiano envió periodistas a buscar fuentes independientes. Con lo que nos dijeran Ministro y generales colombianos o lo que declarara Correa desde Ecuador, era suficiente.

Reprodujimos los contenidos del computador de Reyes sin chistar, como si fuera la Biblia, a pesar de que varios sospechamos que allí había revueltas verdad con mentiras. Súbita y convenientemente aparecieron pruebas reina de cuánto episodio ha habido algún tipo de dudas en la conciencia pública. El Nogal, la muerte de Liliana Gaviria, la conexión Ecuador, etc., todo estaba allí clarito, sin alias, sin lenguaje cifrado para que todos lo entendiéramos. Es probable que el próximo 9 de abril encuentren en el computador de Reyes, quién mató a Gaitán.

No se trata de creerle a la propaganda guerrillera de que Reyes era un líder sindical y a Ríos lo mató un infiltrado del Ejército. La reflexión de que la verdad es la primera víctima les calza aún mejor a los guerrilleros.

Pero si para contrarrestar, se sigue en esa línea de retransmitir sólo lo que digan fuentes y comunicados oficiales, es difícil no terminar cayendo en alguna trampa oficial, como la que cuidadosamente parecen haberle tendido a El Tiempo.

Publicar “la evidencia” del vínculo de Reyes con Ecuador el mismo día de la reunión clave de cancilleres de la OEA en Washington y difundir la noticia entre los asistentes asegurar que en la reunión se concluyera con una condena general contra la alcahuetería ecuatoriana con las Farc y la aprobación de una comisión de lucha antiterrorista en las fronteras, exactamente como quería Colombia. Manipular información para ganar las batallas, un truco viejísimo, que esta vez salió mal, porque quedó expuesto, pero ¿de cuántos otros no nos hemos dado cuenta porque han salido bien?

El aviso de lo sucedido con El Tiempo ha sido saludable para todos. Volver al viejo periodismo de siempre: verificar con diversas fuentes y no asumir la verdad oficial. Además tenemos que hacer un esfuerzo mayúsculo para enfriar las cabezas. Pensar con los zapatos del otro. Por ejemplo, contemplar la posibilidad de que Ecuador, aún si habla con las Farc, lo hace pensando en su seguridad nacional y lo que considera conveniente para su interés. Ecuador no tiene que enfrentar un problema nuestro, con nuestra lógica y nuestras necesidades.

Otro ejemplo, sopesar si de verdad con la muerte de Reyes y de Ríos, las Farc se acabaron y ya están en desbandada general. Está sosteniendo combates simultáneos con la Fuerzas del Estado en Cauca y Antioquia … quizás estén debilitadas, pero no acabadas.

Los ánimos caldeados, los insultos, las verdades oficiales a veces manipuladas para causar efectos o ganar batallas, crean un ambiente malsano de triunfalismo y exasperación. Lo primero sólo lleva al gobierno a equivocarse y creer que no necesita instituciones porque todo lo compone nuestro Superman colombiano.

Lo segundo es la condición ideal para los violentos que siempre sacan pesca del río revuelto; ya empezaron a circular masivamente amenazas contra medios, organizaciones sociales, y personas, como hacía tiempo no se veía, y se ha reactivado los asesinatos selectivos.

Hacer patria no es hacer patrioterismo. No es arroparse con la bandera, ponerse la mano en el corazón para cantar el himno, reproducir mentiras y desearle la muerte a todos los enemigos. Hacer patria es procurar por la sensatez, buscarle las salidas menos sangrientas y menos onerosas en sufrimiento humano a los conflictos de un país. Es fomentar la tolerancia por las ideas del otro, y es hacer todo lo posible para que el aire enrarecido y brumoso de los fanatismos y los odios se torne transparente y claro. Y en esa labor los medios podemos hacer mucho más y mejor.

“EL PATRIOTERISMO ES ANTIÉTICO”
¿Cómo hacer un periodismo que contribuya a la paz y no eche leña al fuego del conflicto? En la reciente crisis entre Ecuador y Colombia, medios de ese país se alinearon con la tesis de ahondar ese conflicto…Cuando hay guerra o conflictos en la frontera hay confusión. En esos momentos es cuando necesitas hacer el mejor periodismo. Publica el diario Expreso de Quito, Ecuador.
El periodista tiene que contribuir a desvirtuar la confusión con claridad y sobre todo honestidad en la información. Si hay una información clara y honesta contribuyes a la paz. Esa es la gran deuda de los periodistas y los medios cuando abordan los conflictos.

La verdad por encima de cualquier cosa, incluso del interés de un Gobierno o un Estado…
Los países en conflicto requieren la verdad de lo que está sucediendo, por encima de cualquier otra cosa y cualquier otro interés. Hay un segundo elemento importante: cuando se producen esas crisis la opinión pública tiende a radicalizarse y el nacionalismo se vuelve una enfermedad muy peligrosa porque distancia posiciones y no ayuda al diálogo ni a la paz. Los medios que contribuyen al nacionalismo o al patrioterismo hacen un trabajo antiético.

¿Patrioterismo periodístico que no mide consecuencias ni es leal con la verdad?
El nacionalismo enfermizo y ciego solo ha traído desastres. Pero el principal desastre es que impide que la gente piense inteligentemente y la lleva a pensar únicamente con los sentidos, juega con su sensibilidad y nubla su inteligencia. En épocas como esta se requiere que el periodista, aunque ame su país, su tierra y su gente, vaya más allá de sus sentimientos y sienta la necesidad de contar a la población lo que esta necesita saber para entender mejor el problema y no para agravarlo o crear enemigos falsos.

¿El periodista debe alinearse con una tesis de Estado?
Jamás. El periodista no debe alinearse ni con gobiernos ni con naciones. Debe alinearse con la población y con el objetivo de prestar el mejor servicio a toda esa población. Es un objetivo y una ética que siempre debemos manejar, pero mucho más cuando se produce una crisis.

En la aclaración que hizo diario El Tiempo de Bogotá, al día siguiente del error con la fotografía donde supuestamente aparecía el ministro ecuatoriano Gustavo Larrea y el guerrillero Raúl Reyes, pidió disculpas por el error pero en uno de los párrafos dice: “esto perjudica a la causa del Estado colombiano”. ¿El medio de comunicación tiene que alinearse con causas?
No le corresponde a un medio alinearse con causas por más nacionales o del Estado que fuesen, puesto que se está informando para que la gente tenga una mayor claridad, y sobre todo para defender la paz entre las naciones. El periodista tiene que dar una información que sea a la vez rigurosamente exacta pero que sea también creíble.

Un error de este tamaño más bien contribuye a la pérdida de credibilidad de la sociedad en la prensa…
Cuando el periodista de cualquier país distorsiona la verdad, ya sea por prisa, negligencia o falta de una metodología de investigación, está en primer lugar contribuyendo a que lo que se dice en su país no se crea. El Tiempo estaba publicando una foto proporcionada por la Policía Nacional. Pero hubiera hecho un gran beneficio a la sociedad y a los dos países si previamente verificaba. Si se tomaba el espacio para la comprobación hubiera concluido que era una fotografía que no había sido analizada suficientemente, por tanto no debía publicarla. El alinearse de una manera irracional con un gobierno o una nación lleva a cometer graves errores técnicos y periodísticos que al final terminan perjudicando a la compresión de los hechos y a la reconstrucción de la paz.

El caso de la fotografía no es el único, entonces…
En Colombia los medios se apresuraron a publicar todo lo que decían de los computadores que supuestamente encontraron en el campamento de Reyes cuando todavía el material de esos computadores no había sido analizado técnicamente. Eso ya puso en tela de juicio la exactitud del material periodístico. El error, desde luego, lo había cometido la Policía. Cómo es posible que el director de la Policía apareciera dando datos de esos computadores sin entregar el examen previo a una misión técnica, como se hizo después.

Ahí el problema es que, por alinearse con la causa, le crees a la fuente oficial sin contrastar ni analizar…
Claro. Tomaron la información del director de la Policía como si fuera una información con técnica forense y hubiera sido confirmada, pero no se había hecho. Con todo eso se ha ocasionado un gran daño en la opinión y se ha perjudicado gravemente la credibilidad de los medios.

Ahora, Javier Darío, hablemos del problema que el director de El Tiempo, Enrique Santos, admitió en una entrevista con Radio Caracol al día siguiente del error: la relación entre poder y prensa. Como sabemos, en el caso de El Tiempo es mucho más grave, ya que el director es el señor Santos, el vicepresidente de la República es otro Santos y el Ministro de Defensa es Santos también. ¿Cómo perjudica a la credibilidad del periodismo en general, no solo de El Tiempo, esa relación demasiado estrecha entre poder político y medios?
Hay una norma que los códigos de ética están repitiendo constantemente y es la necesidad de que el periodismo tome claras distancias con el poder. No está obrando correctamente un periodista que estuviera apoyando a cualquier poder, sea gubernamental, político, económico, religioso, lo que sea, porque el papel del periodista es ser crítico del poder, pero para que pueda ser crítico debe poner distancia tanto entre la versión oficial como entre la oposición cerrada. No cabe en un buen periodismo que se oponga a ciegas ni que acepte cualquier versión porque se trata de una tesis oficial. Solo siendo independiente puedes estar en capacidad de ejercer una crítica del poder.

La independencia es un concepto muy importante. En Ecuador se nos ha criticado a algunos medios porque hemos investigado ciertas anomalías dentro del Ejército, por ejemplo bandas de sargentos y cabos que presuntamente vendían armas a grupos irregulares o la mala situación de las tropas ecuatorianas en la frontera norte. Alguien ha dicho que no es “patriota” publicar esas cosas justo cuando hay un conflicto.
Esa misma situación se presenta aquí en Colombia. Es la tendencia de los gobiernos a envolverse en la bandera patria, y resulta que la bandera patria está encima de gobernar democráticamente. El periodista comete un error al creer que tal gobernante es la Patria o que tal institución es la Patria. Hay un gran error en esos conceptos. El gran beneficio para la Patria es que existan ojos vigilantes que señalen los errores, las faltas que cometen contra los intereses de la Patria, y en ese sentido el periodista cumple una función que es irremplazable, porque generalmente todas las personas tienen intereses que de alguna manera los limitan a la hora de hacer crítica. Insisto que el periodista debe ejercer esa crítica de una manera independiente, incluso de sus afectos personales.

Muchos dirán que es una utopía este planteamiento…
Sé que suena a utopía, pero justamente esa es la utopía que hay que tener en mente para apuntar a algo grande e importante a la hora del quehacer, de ejercer en la práctica las virtudes ideales del periodismo. Esta virtud de la independencia lleva al periodista por encima de cualquier discusión, de cualquier persona, de cualquier poder y, en el caso de que haga un trabajo ético, ahora sí al servicio de la Patria.

¿Existe el concepto de “periodismo patriótico”? ¿ Qué es ser un periodista que ama la Patria?
Yo creo que el conflicto con el periodismo aparece cuando la Patria está vinculada a intereses personales o de grandes poderes económicos. La noción de patria, etimológicamente, es “la tierra de los padres”, por tanto está hecha de elementos que a veces son afectivos pero que son, sobre todo, la cultura y la historia de una sociedad. Pero esa cultura e historia de la sociedad no se detienen únicamente en lo que son unas instituciones o personas con poder.

Si durante un conflicto diplomático como el de Colombia y Ecuador el periodista revela cosas internas del país, ¿atenta contra la seguridad o la soberanía nacional, o está cumpliendo su deber?
Depende de la naturaleza de lo que revele. Si son casos que comprometen la seguridad nacional obviamente está atentando contra el interés público, pero si son datos que contribuyen a un nuevo conocimiento de la situación y por consiguiente a fortalecer la capacidad de la sociedad para tomar una decisión inteligente y firme, son datos que están contribuyendo al interés público.

¿Y si el periodista sabe cosas reservadas, debe informarlas?
Es otra pregunta esencial. ¿Hasta dónde va el secreto que el periodista debe observar sobre asuntos que se entera cuando está haciendo su trabajo? Hay cosas que un periodista sabe que no se deben informar si comprometen a la seguridad pública o la seguridad de las personas.

En tus talleres muchas veces hemos hablado de que el único compromiso del periodista es con el bien común. En el caso de un conflicto entre dos países, entendemos que el bien común es la paz, no la guerra…
El bien común es una frase bastante compleja, sin embargo, es lo que guía al periodista y hay que tener en cuenta que la gran clave para decidir qué es lo que más sirve al público y a quién está favoreciendo o perjudicando con lo que informa. El periodista hace mal su trabajo si tiene confusión sobre cuál es el amo al que sirve: a veces piensa que el amo es el periódico, o el director del medio, o el anunciante, o el gobierno. Si cree eso estará haciendo un periodismo mediocre y peligroso…. La mayor calidad periodística se produce cuando se la orienta en la búsqueda del interés público. Y claro que el interés público es la paz, jamás la guerra.

¿Hay un lenguaje específico que debemos usar los periodistas para generar un ambiente de paz y no consolidar la beligerancia?
Más que lenguaje te diría que debemos reportear, investigar, acercarnos al “otro lado”, por llamarlo así. Todo cuanto contribuya a un mejor conocimiento de los otros, de los que supuestamente son nuestros adversarios, será importante para romper prejuicios y acercarnos.

Pero si lo hacen desde la subjetividad y las emociones, no ganaríamos mucho…
No hay que olvidar que tanto la paz como la guerra comienzan en la mente de las personas y el periodista es el único que tiene el privilegio de entrar a la mente de las personas todos los días. De modo que él es el responsable de los sentimientos y las opiniones que construyen las personas a través de la información.

¿Qué debemos aprender los periodistas y los medios del error cometido por el diario El Tiempo cuando dice que confió en una fuente oficial que supuestamente era seria y que la publicó justamente el día que la OEA se reunía en busca de un acuerdo?
Aquí hay algo que no está dicho allí pero vale la pena subrayar: el periodista a medida que avanza en experiencia aprende que toda fuente miente, así sea la fuente más alta. Aquí el periodista del diario El Tiempo pareció creerle a la Policía pero resulta que de la Policía hay que desconfiar cuando informa, sobre todo cuando informa en situaciones críticas. Además hay que tener muy claro que toda información debe ser investigada siempre…

Antes de publicarla…
Particularmente cuando hay crisis hay que desconfiar de todo, en especial de la prisa. Fíjate que eso apareció en la aclaración del periódico: “nos traicionó la prisa con que usualmente se da asunto a una información”.

¿Considera usted que hay una campaña mediática de la prensa colombiana?
Es muy difícil emitir un juicio acerca de campañas mediáticas intencionadas. Habrá que esperar que pase la crisis y hacer una investigación seria. Puede ser que exista eso. Hay apariencias de eso pero tendríamos que confirmarlo.

¿Cómo podemos contribuir los periodistas ecuatorianos y colombianos, desde nuestro ejercicio diario, a reconstruir las fraternas relaciones entre los dos pueblos?
Hace una década hubo de ustedes mismos una experiencia muy importante que yo creo que debiéramos recoger nuevamente. Fue un encuentro que se hizo entre periodistas ecuatorianos y peruanos en aquel conflicto limítrofe de 1995. Esos periodistas se reunieron y surgieron una reflexiones ejemplares en el sentido de llegar a la conclusión de lo que nosotros como periodistas podemos hacer para contribuir a la armonía de nuestras relaciones.

Pero siempre sobre la base de los hechos y de la búsqueda de la verdad, porque de lo contrario se vuelve un gesto frágil que fácilmente se disuelve en el transcurso del tiempo…
Lo único que al final debe primar para volver a entendernos es el diálogo, pero un diálogo basada en la sinceridad, en la credibilidad y el conocimiento de la verdad. La verdad completa e independiente, y sobre todo una verdad que sea entregada como respuesta a la responsabilidad que tenemos con nuestras sociedades. Generalmente los conflictos bélicos, fronterizos y diplomáticos están basados en mentiras y eso ahonda las crisis.

Es decir, la verdad lleva a la paz. No hay otra fórmula…
No la hay. Todo lo que está basado sobre una mentira o sobre una estrategia oculta nunca contribuirá al entendimiento. En cambio la paz siempre estará fundada en la justicia y en la verdad.

Y eso es lo esencial para nuestro trabajo…
Si el periodista da ese aporte de verdad y de justicia está dando lo mejor para buscar la paz. Nuestro único compromiso es con la verdad y con la paz.


LA FÀBULA DE LAMBICOLOR
Por Yolanda Reyes

El periodismo actual parece preferir las comillas a los signos de interrogación.

Cuentan los memoriosos que en tiempos de Julio César Turbay existió un noticiero al que cariñosamente apodábamos ‘Lambicolor’. Su cercanía al Gobierno lo convirtió en una especie de informativo oficial, que mostraba un país casi perfecto, lleno de buenas noticias, protagonizadas por miembros del gabinete, y al que nadie -ni siquiera los liberales oficialistas- solía dar mucho crédito. En aquellos viejos tiempos, cuando estrenábamos televisión en color, su versión monocromática y sin matices producía la misma risa que los innumerables chistes acerca del mandatario.

La historia de ‘Lambicolor’ ha venido a mi memoria durante estos días de adhesión emotiva a eso que ahora llamamos la Patria y que, según nuevos emisarios, parece haber resultado «vencedora frente a las injustas agresiones de nuestros vecinos». Quizás el rictus compungido que no pueden o no quieren ocultar las jóvenes presentadoras al leer los partes internacionales o al revelarnos secretos íntimos de Estado, cual muñecas manejadas por ventrílocuos, o tal vez las preguntas inducidas que han hecho en sus entrevistas a los voceros del régimen, me recordaron el lenguaje grandilocuente, con cierto tinte entre ingenuo y provinciano, que tenía aquel noticiero.

La postura pasional y renuente al debate que, con valientes y contadas excepciones, ha caracterizado el trabajo periodístico de los últimos meses -por no decir de los últimos años- parece ir en contravía de la independencia que antes valorábamos en el periodismo colombiano y que llevó a maestros como Guillermo Cano, por citar un ejemplo, a perder la publicidad para su diario por destapar los manejos de un importante grupo económico, o a perder la vida por denunciar los vínculos entre poder y narcotráfico. No es que pretenda idealizar los tiempos idos, pues siempre hubo periodismo oficialista en el país, como lo ilustra el caso citado, pero un pilar del oficio, que era el de la autonomía frente al poder, parece haber perdido vigencia. Esa mezcla de olfato y malicia que nos hacía considerar buenos periodistas a quienes desconfiaban de las fuentes oficiales para investigar por su cuenta y riesgo dejó de ser virtud para volverse defecto. Y así el argumento de «no estar con el Gobierno» se ha convertido en criterio para descalificar a un periodista o a un medio.

Quizás somos nosotros -eso que llaman «el público»- quienes más hemos cambiado: nos hemos vuelto oficialistas y monolíticos y pedimos a los medios que se limiten a divulgar los triunfos, las pruebas, las fotos y la agenda que dicta el Gobierno, como si fuera un gran editor con potestad para escoger y tachar con su lápiz rojo, no sólo los temas, sino la forma de abordarlos y las fuentes de consulta. Por algún mecanismo de autocensura o de amnesia colectiva, o quizás porque nos embobamos, como tantos políticos que hoy se limitan a asentir con la cabeza (qué se fizieron los liberales, por ejemplo), el periodismo actual parece preferir las comillas, para citar fuentes oficiales, frente a los signos de interrogación, para plantear preguntas. En un círculo vicioso, nos dan lo que les pedimos: que nos ayuden a tragar entero y nos ubiquen en uno de los bandos. O apoyo incondicional o enemigos declarados. Así de blanco o de negro: sin colores ni matices, sin humor ni reflexión. Sin un asomo de duda.

En estos tiempos, cuando la necesidad de saber pugna con la de no querer saber, y cuando las historias vividas superan la capacidad de entendimiento, es un instinto natural, no sólo de los individuos sino de las sociedades, cerrar los ojos y no ver, o ver solamente aquello que se desea. Entonces, el periodismo se enfrenta al dilema de decir y sacudir las conciencias (aunque le corten la cabeza), o al de amplificar las versiones oficiales y administrar la anestesia. Se trata de un debate que no es exclusivo de los medios, sino de toda la sociedad, sobre todo ahora, cuando comienza a cobrar conciencia de su poder movilizador. ¿Valdría ofrecerle un periodismo de estilo Lambicolor? Francamente, yo lo dudo.


LOS MEDIOS Y LAS FILTRACIONES DESBORDADAS
La polémica sobre la publicación de la foto de Reyes y la crisis en la Fiscalía ponen sobre el tapete la compleja relación entre el periodismo y sus fuentes.(Revista Semana)
Fecha: 03/20/2008 -1351
Les decían los «plomeros» pero nunca trabajaron con tubería. Ni eran hábiles con los alicates y otras herramientas. Eran toderos, pero no de los que se contrata para destapar un desagüe en un baño o una cocina en un hogar. Trabajaban para el inquilino de otra casa -blanca en este caso particular-, y su objetivo era menos convencional: sellar filtraciones, no de agua, sino de información. Su cliente era nada menos que Richard Nixon, presidente de Estados Unidos, que estaba más energúmeno que un ama de casa con goteras en el techo de la alcoba. Eran los meses finales de 1971, la administración Nixon aún no se recuperaba de la filtración a The New York Times de los llamados ‘Papeles del Pentágono’, miles de documentos que demostraban que el gobierno estadounidense le había mentido a su pueblo sobre la guerra de Vietnam. Nixon pensó que estos ‘plomeros’ podrían evitar que futura información confidencial y secreta se leyera al día siguiente en los medios. Le salió el tiro por la culata: esos hombres serían luego detenidos por haber irrumpido ilegalmente en las oficinas del Partido Demócrata en el edificio Watergate, que sería el comienzo del escándalo del mismo nombre.

Lo que Nixon buscaba no es nuevo: los gobernantes siempre han querido determinar el qué y el cuándo una información debe ser conocida por la opinión pública. Pocos hoy cuestionan la decisión del New York Times de haber divulgado el contenido de los documentos sobre Vietnam. Ni la de Daniel Ellsberg – el hombre que los entregó al diario- de filtrarlos. Pero en ese momento, hubo una gran discusión sobre qué prima más: el derecho público a la información o la defensa de la seguridad nacional.

Ese debate se trasladó esta semana a Colombia con dos hechos aislados pero con un lazo conductor: la filtración de información reservada y oficial. El lunes 17 de marzo, El Tiempo publicó una foto del comandante de las Farc, Raúl Reyes, con un señor que identificó como Gustavo Larrea, el ministro ecuatoriano de Seguridad Interna y Externa. Según explicó luego el diario, una fuente de la Policía Nacional le había facilitado la imagen, del computador de Reyes, encontrado después del ataque a su campamento.

Ese día se reunían en sesión extraordinaria en Washington D. C. los cancilleres de la Organización de Estados Americanos, para discutir las crisis entre Colombia y Ecuador. La foto fue la comidilla de todos los asistentes. Sin embargo, el hombre de la foto no era Larrea, sino un dirigente comunista argentino, Patricio Etchegaray. Allí fue Troya; el periódico tuvo que rectificar en sus páginas editoriales -un hecho poco usual- y ofrecerle disculpas al ministro. Y la Policía Nacional tuvo que salir a desmentir cualquier participación ‘oficial’ en la entrega de la imagen a El Tiempo.

El martes otra entidad del Estado también tembló por una filtración. Fue tan grave el incidente, que toda la cúpula de la Fiscalía y los 11 delegados ante la Corte Suprema pusieron sus renuncias sobre la mesa. La razón: información reservada de una investigación preliminar que adelanta la Fiscalía contra el gobernador de Antioquia, Luis Alfredo Ramos, estaba en la calle. Dada la sensibilidad de los procesos de la para-política, el fiscal general, Mario Iguarán, consideró necesario llamarles la atención a sus subalternos sobre la importancia de la confidencialidad, en una reunión por la tarde. Según conoció SEMANA, allí se ventiló el malestar de varios fiscales con una de sus colegas: Martha Luz Hurtado. El miércoles el Fiscal sólo le aceptó la renuncia a Hurtado, quien manejaba importantes procesos como los del ex senador Álvaro Araújo Castro y el ex gobernador Pablo Ardila.

Como es usual en estos casos y en honor a la lamentable tradición humana de «al caído, caerle», han arreciado más las críticas a los participantes -El Tiempo, la Policía Nacional, la fiscal Hurtado-, que un examen pausado de las lecciones que dejan ambos incidentes. Lo que le pasó a El Tiempo le pudo haber sucedido a cualquier medio, incluida esta revista. La fuente que la entregó era de confianza, el hombre de la foto tenía un gran parecido a Larrea y de alguna manera no era una primicia: el mismo ministro ecuatoriano había reconocido públicamente haberse reunido con Reyes. Lo novedoso era que el lugar donde aparecían los protagonistas era un campamento de las Farc. Larrea nunca ha explicado dónde ocurrieron sus encuentros con Reyes.

Los periodistas sobreviven por las fuentes y las filtraciones, aquí y en Cafarnaún. Sin ellos, no sería posible una prensa libre. Sin ellos, nunca se habrian conocido los escándalos de la para-política, la infiltración en el DAS, los abusos a algunos soldados y las interceptaciones telefónicas, etcétera, etcétera. El reto periodístico, sin embargo, es entender que las fuentes siempre tienen intereses. Algunos lo hacen por el bien de una institución -para denunciar casos de corrupción, por ejemplo-; otros, por imagen – para que la opinión pública se entere de sus éxitos- o por lograr un fin táctico o estratégico -como generar zozobra entre x o y grupo de delincuentes-. También hay aquellos que lo pueden hacer por razones mezquinas -como venganzas personales contra un colega u otra institución-.

Incluso muchas veces las filtraciones no vienen de los de abajo sino de los mismos jefes, quienes buscan influir en la opinión pública, pero comprenden que es mayor la credibilidad de la información si proviene -aparentemente- de una fuente reservada. Es un juego que en Estados Unidos ya es un arte. Dicen que allí el pionero fue Michael Deaver, asesor de comunicaciones de Ronald Reagan a principios de los 80. Fue él quien persuadió a los medios de tener corresponsales permanentes en la Casa Blanca y así garantizar que la actividad del Presidente fuera reportada a diario y, de esta manera, controlar la agenda pública.

Es lo mismo que busca el gobierno de Uribe -como todos sus antecesores-, que los temas de que se hablan sean los que favorecen sus intereses y su versión de la verdad. Igual aspira la Fiscalía. El único dique a ese propósito en una sociedad democrática como la colombiana es el acceso periodístico a las fuentes y sus filtraciones. Estas pueden ser buenas o malas, legítimas o falsas – como la foto-, pero son necesarias. Lo importante es evitar, como lo dijo dijo el codirector de El Tiempo Enrique Santos Calderón, a Caracol, «que le metan a uno los dedos en la boca».
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PECADOS CAPITALES DEL EPRIODISMO COLOMBIANO
Por mariomorales
Amerita que siguiendo el ejemplo de notarios, fiscales y jueces, que deben asistir periódicamente a pruebas de supervivencia laboral, los periodistas debamos presentar, cuando menos, un examen de conciencia.
Y no sólo porque sepamos que ante tanta tentación rondando, la carne sea flaca (además de escasa y estar por las nubes, como dicen las mamás) o porque estemos en tiempos de vigilia (que no es, aunque parezca un fundamento de la seguridad democrática) sino porque en medio de esta crisis político-militar es menester que hagamos, por lo menos un acto de penitencia por los tantos pecados de palabra, imagen, obra y omisión.
Mirado con detalle, hemos sobrepasado de lejos los presupuestos más optimistas, como los del colega colombo español Miguel Angel Basternier, que creyó que nuestros errores, fallas y carencias se podían resumir en cinco pecados capitales; o en siete, como lo propuso generosamente el Papa Gregorio el Grande hace quince siglos (claro, ya presentía la aparición de los telenoticieros) o en nueve, como lo sugirió la prensa norteamericana en el reconocimiento de sus errores luego del 11 de septiembre de 2001, o en 14 como lo acaba de proponer en versión ampliada, el Papa Benedicto XVI.
Por eso en medio de la profusión de marchas y de manifiestos, de constitución de comisiones y grupos de debate, adherimos humildemente a los actos de contrición por el cubrimiento que ya pasó y por la semana que llega.
Sí, por eso acúsanos, padre, porque hemos sido sensacionalistas a más no poder. Hemos abusado hasta el delirio de las imágenes trágicas, del dolor y de los cadáveres, o de sus fragmentos, de todas las calañas para tratar de remediar, infructuosamente, la falta de credibilidad en nuestro trabajo por parte de las audiencias. La imagen de Raúl Reyes, por ejemplo, ya casi iguala en número de repeticiones innecesarias (impactos, les dicen en las agencias de publicidad) a la de Pablo Escobar, a las de las Torres Gemelas, a las del gol de Freddy Rincón, a la de la llegada del hombre a la luna, a las del empate 4 a 4 contra la ExUniòn Soviética y mucho antes, a las de la llegada a la pubertad de Amparito Grisales. Se nos fue la mano, para no hablar del caso de Iván Ríos
Acúsanos padre, de que hemos sido más perezosos que algunos embajadores. Por estos días, en los que todos miran sus fronteras, nosotros nos hemos limitado a reproducir comunicados de prensa, a acondicionar micrófonos y a reproducir declaraciones, (ya el general Naranjo y el jefe de Prensa de Palacio despiertan más pasiones televisivas que Laura Acuña o Jotamario), sin que medie un valor agregado de calidad en los contenidos por nuestra condición de periodistas pensantes (y no es un pleonasmo). Quizás sea por eso que algunos gerentes de medios están pensando en “ascender” a sus camarógrafos, digitadores y mensajeros, incrementando de paso los índices de trabajo informal.
Acúsanos, padre, de que nos hemos dejado llevar por un inexplicable afán patrioterista, como si no supiéramos, como dicen las mamás en misa, que nuestro reino no es de este mundo, y de que nos hemos apropiado indebidamente de consignas que atentan contra la civilización occidental cristiana, como esa de patria o muerte (sobre todo si esta última es la de los demás).
Acúsanos, padre, porque en cumplimiento (es un decir) de nuestro trabajo hemos sido beligerantes, incendiarios, irónicos y fúricos (como diría el exconcejal lustrabotas, Luis Eduardo Díaz), exaltados y efervescentes, volátiles y ofuscados, enardecidos y belicosos, conflictivos y apasionados, impetuosos, impulsivos, fanáticos, febriles y alarmistas.
Acúsanos padre, de que hemos hecho del adjetivo y de la opinión fácil el pan nuestro de cada día (para la muestra, el párrafo anterior), de que hemos caído en la tentación de los lugares de siempre, de los lugares comunes, de los clichés, de las perogrulladas donde las adhesiones y los consensos se construyen con encuestas y con emociones.
Acúsanos también, por ser altivos y sobradores con las audiencias y dóciles y conformistas con las fuentes, pero sobre todo con quienes se esconden detrás de las fuentes.
Acúsanos padre, por estar confundidos y creer que estamos en un estadio y que somos hooligans o barras bravas y que con Ecuador, Venezuela, Argentina, Bolivia y hasta Nicaragua estamos en plena “eliminatoria” mundialista.
Acúsanos padre, de ser olvidadizos y desmemoriados, ¿Alguien recuerda cuando fue que se nos olvidó preguntar?… (No es una pregunta, aclaro, sino un comentario suelto).
Acúsanos padre, de ser ingenuos porque no sabemos y de no saber porque somos ingenuos.
Acúsanos por haber traicionado a nuestro patrono Santo Tomás, y por creer en todo los que nos dicen y por decir todo lo que nos señalan que debemos creer, olvidando como dicen las mamás, que el diablo es puerco y anda suelto.
Acúsanos padre que hemos sido minimalistas, elementales, primitivos e irracionales. Sí padre, acúsanos por dejarnos ver como somos.
Y finalmente, acúsanos padre, porque, soberbios como somos, diremos que no necesitamos penitencia porque creemos que no clasificamos en ninguna de las anteriores.
Hasta el próximo cubrimiento y, como dicen las mamás, que Dios no coja confesados. Amén

CRISIS CON PIASES VECINOS FUE UN EVENTO DE TELEVISIÓN
Por Rafael Pardo Rueda.
El presidente Uribe dijo en Santo Domingo que la política es una farsa y la diplomacia, también. Parecía una paradoja que un político como él, en medio de una reunión diplomática y llena de políticos de éxito, dijera esto sin sonrojarse. La realidad es que Uribe tenía razón. Lo que estaba en juego no era ni la política ni la diplomacia, que son actividades fingidas y con papeles libreteados.
Lo que había allí era algo nuevo: la telepolítica. La televisión ha cambiado la forma de hacer política, no solo en los asuntos internos, sino también en temas internacionales, y esto lo ha mostrado la cumbre de Santo Domingo.

La crisis con tres países vecinos fue un evento de televisión. El presidente Correa recibió la llamada del presidente Uribe en la que le anunciaba la operación sobre ‘Reyes’ en medio de su sabatino consejo comunitario. Se vio en las cámaras que le decían que tenía una llamada del Presidente de Colombia, se levantó y se fue a la parte de atrás, donde escuchó un celular, mientras la audiencia y la cámara quedaban en silencio. El presidente Chávez, al día siguiente, en su dominical Aló, Presidente, dio su insólita orden: colocar diez batallones en la frontera. Se vio a un desconcertado militar que decía: «Sí, señor; sí, señor». Chávez adicionó batallones, pero de tanques. Sí, señor. ¿Alguien se imagina a Roosevelt o a Churchill dando semejante orden en un foro? Uribe, mientras tanto, evitó la televisión, salvo, cuando en medio de una calle, dijo que denunciaría a Chávez ante la Corte Penal Internacional y fue ese su único gran error.

Si la televisión amplificó las explosiones verbales, fue el medio para resolverlas. La Cumbre del Grupo de Río tenía TV en directo y estaban todos los protagonistas y a la vista de todos. Allí, Chávez y Uribe se lucieron, manejaron sus intervenciones con la cancha que les da haber estado en este medio por diez horas diarias, una vez por semana, durante cinco y nueve años, respectivamente.
Allí se arregló el asunto. No podía quedar en punta. No había otro evento con todos sentados.

El abrazo que pidió el presidente dominicano, que Uribe cogió al vuelo, selló la solución y fue un evento solo para televisión. El programa tenía todo. Protagonistas, caracteres buenos y malos, hombres y mujeres con poder, peligro, pues había amenaza de guerra, suspenso, pues nadie sabía en qué iría a parar todo y rating alto, asegurado por los antecedentes.

«¡Parecía un mundial de fútbol!», dijo con emoción el canciller venezolano. Ahí perdió Correa, novato en televisión; no sonrió en el momento oportuno, creyó que era una usual reunión diplomática y siendo él el ofendido, que había lanzado una maratónica gira para mostrar su posición, con buenos resultados para su causa, perdió todo en el minuto final de la transmisión.

No hay mejor medio que la televisión para transmitir emociones, para meterse en vidas ajenas, para soñar cosas inalcanzables. Por eso tienen tanto éxito los realities, que muestran a personas comunes, no actores, que afrontan retos extraordinarios y que deciden, piensan, lloran y ríen frente a la cámara.

En nuestro medio, Fidel Castro puso la radio al servicio de la política. Ahora es la TV al servicio de la diplomacia. América Latina puede hacer un aporte fundamental a la diplomacia mundial, poner la televisión al servicio de la causa de la paz. Por eso ahora, todas las cumbres deberían tener transmisión en directo. Quien muestre cara de perro, el que no genere solidaridad, el que defraude a la audiencia, el que no muestre humor pierde y genera desconfianza.
Una frase como «¿Por qué no te callas?» dicha en TV tiene mayor poder que un discurso, que una resolución, que un tratado.

Lo que pasa es que una cosa es la satisfacción de la audiencia y otra la solución de los problemas, pero eso es un asunto distinto.
La emoción supera lo racional y lo racional no genera rating.

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