Por Julio Valdeón. Nueva York
Norman Mailer fue el gran leopardo de la literatura norteamericana. Enseñó a respirar a varias generaciones de escritores, admiraba a Hemingway y a Henry Miller. Como sus héroes, cazó faldas y adjetivos ígneos. Los conservadores, los críticos y las feministas, la izquierda aseada y el grueso del fundamentalismo cristiano hizo vudú con su pelo blanco, sus ojos azul ceniza, su voz tostada de ogro guasón y kamikaze.
Lo odiaron hasta la tumba, y ahora, poco después de que una multitud lo homenajeara en el Carneggie Hall, el diario británico Sunday Times ha publicado extractos de los diarios de Carole Mallory, amante de Mailer entre 1983 y 1991.
«Hay una escena de más de 20 páginas basada en nuestra vida sexual», explica Mallory, «Norman me retó a escribirla y perdió la apuesta». Dicha escena pertenecería a un libro inédito, Haciendo el amor con Mailer, que Mallory habría escrito sobre su relación.
Según Tony Allen-Mills, que firma el artículo y ha hojeado los manuscritos, las revelaciones contienen un «devastador retrato del declive del Mailer». ¿Sí? Pronto, muchos periodistas, y en especial aquellos que más lo detestan, han prendido fogatas donde combustionar el honor del macho roto, al que la vieja amante tacha de decadente e, incluso, bisexual. Burócratas del sexo ajeno, limpiadores de catres, moralistas y fisgones bailan ya sobre el esqueleto de Mailer, mientras la historia enlaza con la que hace poco sacudió a Naipaul (Nobel de Literatura en 2001), al que hace unos días tacharon de psicópata, o así, al descubrir, él mismo, por cierto, su afición a las prostitutas y su esquinazo a su primera esposa, enferma de cáncer. Mallory sugiere crueldades de tipo sádico (la mayor, sin duda, abandonarla), y detalla la decadencia sexual del escritor, quien a partir de los 65 años -a finales de los años 80- comenzó a bajar la frecuencia de sus coitos (de los milagros de la Viagra sólo sabría el mundo a partir de 1998).
UN TRÍO
«Me ha pedido que le limpie el a (…). ¡Qué triste! Está tan avergonzado de lo que le gusta…», afirma en un momento dado Mallory (modelo y actriz de segunda y, según cuenta, coleccionista de novios prestigiosos, entre otros Richard Gere, Robert De Niro o Anthony Hopkins). Asegura que un día Mailer le preguntó con qué otro hombre le gustaría dormir, y al sugerir Mallory un nombre Norman le respondió «Es gay. ¿Por qué no follamos los tres juntos?».
Las confesiones cuestionan, una y otra vez, la heterosexualidad de Mailer. Recordemos que durante seis décadas fue el paradigma del macho anglo, Bogart en permanente que aderezaba las pesadillas de los moralistas con relatos ácidos, humor grueso y bayonetas mentales, siempre en compañía de espléndidas damas. «Creo» -especula- «que Rick Stratton es su amante. Uno de ellos». Stratton, antiguo traficante de drogas reconvertido en escritor, amigo de Mailer durante más de dos décadas, alucina. «Una idea interesante, pero falsa. No creo que hubiera ningún amante varón en la vida de Mailer. No creo ni siquiera que coqueteara con ello, y desde luego no conmigo», responde al periodista Allen-Mills, receloso del afán de quienes quieren desenmascarar al gran follador para descubrirle una homosexualidad latente, tal vez, ha explicado, como fórmula compensatoria de sus propios e inexpresables complejos.
Adquiridos por la Biblioteca de Harvard la pasada semana, los papeles de Mallory recogen la ya citada Haciendo el amor…, en la que Mailer habría participado como consejero (con anotaciones en los márgenes, etc.), entrevistas, apuntes de conferencias, fotografías y, claro, decenas de cuadernos radioactivos, humeantes de revelaciones de alcoba y despechados golpes contra el marginal educado en la Ivy League.
HORRIBLE CUERPO
En su pieza Allen-Mills sugiere que Harvard compró los manuscritos de Mallory al no poder igualar la oferta de 2,5 millones de dólares que la Universidad de Texas hizo en la puja por los de Mailer, y aunque sus responsables claman que su interés se circunscribe a la búsqueda de fragmentos con la firma del judío sulfúrico, han sido los renglones de la amante, ahora con 66 años, los más cotizados. «Me siento tan bien de no tener sexo con él… me hace sexualmente lo que le gusta que le hagan a él», afirma Mallory, salivando el veneno de quien se sabe a punto de desaparecer de la vida del amante (Mailer terminaría dejándola).
«Me encanta el orgullo que siente por su horrible cuerpo», dice Mallory, y también, «Me gusta estar con él, darle placer y verle feliz». «¿Por qué no me consigues un apartamento?», le pregunta al escritor en una de sus cartas. «Me estás usando y estafando. Si te importara pagarías mi renta», dice en otra. Cuenta Allen-Mills que Mailer, en respuesta, envío a Mallory una de sus novelas, dedicada a «Carol, la cazafortunas más jodida que nunca haya conocido». Entre alusiones sobre sus preferencias sexuales y los supuestos novios de Mailer discurre un escándalo muñido en las cloacas: bebe en la correspondencia y diarios de una señora abandonada; desclasifica la alcoba de Mailer como si se tratara de los papeles del Pentágono.
Por lo demás, en el caso de Naipaul, aludido antes, queda el consuelo de que el «crimen» que se le imputa al autor encaja en el manual de «horrores del genio y el subsiguiente espanto que embarga al personal tras descubrir que el poeta también suda y defeca». Más extraño resulta lo Mailer. Bastaba leer cualquier de sus novelas para comprender que prefería el sexo sucio (pero es que ya decía Woody Allen que «el sexo sólo es sucio si se hace bien»). Descubrirle un perfil metrosexual, incluso andrógino, debería encantar al coro levantado en armas contra la masculinidad, sospechosa cuando menos de todos los pecados y hasta varias guerras mundiales (cuatro o cinco, al menos). Y no. A Mailer, en el fondo, la policía del sexo ajeno lo quiere requetemacho, confundiendo hombría y churras, como siempre.
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LA MUJERES DE MAILER
El escritor y «playboy» americano estuvo casado seis veces. Estas son las conquistas (oficiales).
Beatrice Silverman. Su primera mujer. Contrajeron matrimonio en 1944 y se divorciaron en 1952, cuatro años después de asombrar al mundo con «Los desnudos y los muertos», su primera, y celebérrima, novela.
Adele Morales. Llegó pronto a la vida de Mailer. Figura capital, fue socia, compañera y némesis; le dio dos hijos (Elizabeth y Danielle) y coprotagonizó la noche más aciaga de Mailer, cuando éste la apuñaló en una fiesta. Aunque Morales se recuperó pronto y no puso cargos, el matrimonio tocó fondo, y en 1997 la ex publicó sus propias memorias, The last party, en las que repasaba el suceso.
Lady Jeanne Campbell. Periodista británica, su matrimonio con el escritor apenas duró un año, de 1962 al 63. Le dio la tercera de sus hijas, Kate Mailer. Beverly Bentley. Modelo y aspirante a actriz, a la que conoció ese mismo año (1963). Con ella tuvo otros dos hijos, Stephen y Michael.
Carol Stevens. Su amante desde 1971 y madre de Maggie Alexander, su sexta hija. Lamentablemente, se separaron a los dos días.
Norris Church. Fue su última esposa. La escritora lo acompañó desde 1980 hasta su muerte en 2007. Tuvieron un hijo, John Buffalo, último vástago de la dinastía Mailer. Con él nuestro autor firmó a dos voces uno de sus últimos libros, una larga conversación a cuenta del sexo, Dios, América, el plástico, la literatura y la guerra. Respecto al tormentoso idilio con la amante Carole Mallory, tuvo lugar durante la primera década de su relación. Según los documentados publicitados por el Sunday Times, la despedida de Norman Mailer, telefónica, fue cortante… «Mi esposa, Norris, sabe lo nuestro. No podemos vernos más
