Por Omar Rincòn
Los protegidos se le mide a ese virus que ha marcado nuestro destino: el narco y sus cómplices; el narco y sus sapos. ¡Puro colombianismo! ¿Cómo le puede ir?

A Juana Uribe, la creadora de esta obra, le ha gustado meterse a pensar la realidad. Bien sea en Tiempos difíciles, cuando todavía era posible soñar que guerrilleros y ‘paras’ podían conversar, o en Punto de giro, cuando descompone la mafia digital.

Ahora, quiere contar el gran relato nacional: por vivir aquí, somos hijos del narcotráfico, de su modo de pensar (billete mata cabeza), de su forma de hacer (justicia es lo que yo pueda comprar), de su gusto y estética (el exceso y el grotesco), de su machismo (beber, ‘tirar’ y matar), de sus mujeres producidas (‘diablas’ y ‘grillas’), de sus políticos (ignorantes que obedecen).

No quiere ser complaciente: lo cuenta desde la pérdida de identidad del informante, quien salva su vida pero pierde su ser en el mundo.

En los modos de producir y realizar, el sello de Juana Uribe es construir obras visualmente sugestivas y a tono con la historia, escenarios de verdad e imaginación, vestuario y arte con sentido narrativo y un grupo actoral que sorprende por estilo y seduce por contundencia.

Los protegidos está muy bien realizada y con buen tono actoral: la fuerza de Verónica Orozco y el ingenuo galán de Tacher, el excelente mafioso de Luis Eduardo Arango y la sexy diabla de su amor.

Pero tal vez ese deseo de Juana Uribe de meterse con realidades nacionales y de hacer buenas producciones aleje la emoción melodramática, evite el suspiro, atragante la lágrima y termine por fastidiar al televidente.

Narrar en serio el tema de lo narco y los informantes es hablar de dos pecados no reconocidos en nuestra alma colectiva del 84 por ciento.

La sociedad que ve televisión no ve tan mal al narco, es más, lo admira; los narcos se han refinado y no son tan obvios y ‘malgusteros’ como los quieren pintar.

Así mismo, nuestra sociedad, en su extraña ética, no ve tan mal en los tiempos uribistas ser ‘sapo’; antes era lo peor, ahora es el camino más cercano a la fama y la injusticia. Así, esta representación tan crítica y excesiva de lo narco y los informantes crean distancia frente a la obra.

Los protegidos cuestiona la ética de los ‘paras’, los parapolíticos, el primo narco, el vecino ‘sapo’ y nuestro Presidente. Este cuestionamiento crea una distancia que impide disfrutar de la historia, porque a los televidentes les encanta huir en el melodrama del amor posible, o en la comedia de la risa fácil, o en pensar en una realidad que ya no afecta. «Para tragedia ya tenemos el noticiero», dice Natalia.

OPINIÓN
ÓMAR RINCÓN
CRÍTICO DE TELEVISIÓN

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