La revista Cambio, periodistas y columnistas vuelven a preguntarse por el papel y responsabilidad del periodismo en estos tiempos de crisis. Aquì el artículo y los anàlisis.

Hay ocasioens en que los medios se vuelven noticia porque se convierten en protagonistas y dejan de ser simples comunicadores. Son varios los acontecimientos que en los últimos tiempos han puesto al periodismo en la lupa de la opinión pública y encendido un debate sobre el papel que están cumpliendo en un momento crucial para el país. (Publica Revista Cambio)

El último de ellos tiene que ver con una de las noticias más esperadas en muchos años, la muerte de ‘Manuel Marulanda’, el jefe de las Farc, y el modo en que se dio a conocer. El propio presidente Álvaro Uribe, en un consejo comunitario en Florida, Valle, cuestionó al ministro de Defensa Juan Manuel Santos, quien le pasó el histórico dato a María Isabel Rueda en una entrevista para Semana. «Esa noticia no se le puede dar a un solo medio», dijo visiblemente disgustado. En El Tiempo, la columnista María Jimena Duzán escribió: «Una noticia de semejante calado no puede deslizarse en una respuesta como si se tratara de un chisme social». Y sugirió que en el fondo estaba el destape de la candidatura presidencial del ministro Juan Manuel Santos. ¿El medio como instrumento del poder?

Días antes, la función de los periodistas también estuvo en la picota, cuando un sargento (r) del Ejército, Édgar Paz Morales, con una granada en la mano se tomó una sucursal de Porvenir, en Bogotá, para lograr la transmisión en directo de una proclama en la que hizo graves denuncias. La dramática toma fue transmitida por televisión en varios canales, y al final agentes encubiertos de la Policía -que ingresaron al recinto disfrazados de periodistas- desarmaron a Paz ante las cámaras. La intrépida acción fue posible gracias a que Edwin González, un reportero de Citytv, lo distrajo con una conversación.

El debate no se hizo esperar. En su columna de Semana, Daniel Coronell se puso del lado del periodista: «Edwin González salvó nueve vidas». Pero otros analistas plantearon interrogantes: ¿Debe transmitirse en vivo una acción terrorista? ¿Debe un periodista intervenir para ayudar a desbaratar un acto violento? Hay muchas preguntas y la inquietud sobre si los medios están haciendo bien la tarea ronda en la mente de la opinión.

En cuanto al cubrimiento de sucesos como la crisis en las relaciones de Ecuador y Venezuela, las marchas ciudadanas de febrero y marzo y las muertes de ‘Raúl Reyes’ e ‘Iván Ríos’, muchos sostienen que los medios «tragan entero», que exaltan el patriotismo y asumen posiciones que han contribuido a la polarización. Según el crítico Ómar Rincón, «hemos llegado a un periodismo subjetivo, más pasional, que está a favor de causas, especialmente de la causa patriótica, que sirve a un líder pero no a la democracia, aunque algunos medios han tomado distancia y han intentado cuestionar esa situación».

En lo que se refiere a la parapolítica, tampoco los medios han escapado a las críticas. Por definición, un escándalo, no importa su naturaleza, implica un papel muy activo del periodismo porque supone la revelación de irregularidades cometidas por agentes del poder. Desde el Proceso 8.000 se ha discutido sobre dónde se traza la línea que separa la tarea de fiscalizar y destapar, y la posición activista comprometida con alguna de las partes, y las preguntas sobre si los periodistas reemplazan a los jueces o se convierten en idiotas útiles de personas o de intereses, han rondado en últimos meses.

Independencia

La calificación del trabajo de los medios está indisolublemente unida a su independencia, a su capacidad de asumir la tarea con criterios profesionales por encima de presiones o intereses, a la distancia frente a los poderes. Es una condición necesaria para el cumplimiento responsable de la misión de informar, amenazada sobre todo por los actores armados, los grandes poderes económicos y el establecimiento político.

Desde hace tiempo, las amenazas más serias contra la autonomía no han estado relacionadas con leyes que restrinjan el ejercicio profesional o la censura abierta, sino con los grupos paramilitares y guerrilleros, especialmente en las regiones donde tienen influencia, que es lo que ha llevado a la autocensura como forma de protección.

Sin embargo, en la actualidad los intereses que más interfieren el ejercicio independiente del periodismo provienen de la política. Al fin y al cabo la parapolítica golpea el corazón del Congreso y a las bancadas que respaldan al Gobierno. La información, en un caso así, se vuelve decisiva para el poder.

Una encuesta de 2002 hecha entre directores de medios por el Observatorio de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana, concluye que son mayores las presiones de los sectores económicos (55 por ciento), políticos (61 por ciento) y Gobierno (62 por ciento), que de los grupos paramilitares (42 por ciento) y guerrilla (48 por ciento).

El Gobierno y el poder económico restringen la libertad de información mediante presiones sutiles. Por ejemplo, la licitación de un tercer canal de TV es señalada hoy como un instrumento que utiliza el Gobierno para influir en los medios que van a participar en ella, de la misma forma en que fueron usadas las licitaciones de TV y de emisoras de radio por el gobierno de Ernesto Samper durante el Proceso 8.000.

Hoy, los periódicos más importantes le apuntan al tercer canal: El Tiempo con el grupo Planeta (propietarios de CAMBIO) y el Grupo Nacional de Medios de Colombia, que reúne a los principales diarios regionales -El Colombiano de Medellín, El País de Cali, El Universal de Cartagena, Vanguardia Liberal de Bucaramanga y La República de Bogotá- con el Grupo Prisa que, a su vez, es propietario de Caracol Radio. Los dos canales privados, Caracol (del grupo Santo Domingo, dueño también de El Espectador) y RCN del grupo Ardila, tienen licencias que vencen en 2010 y tanto su renovación como las condiciones para llevarla a cabo las decidirá el Gobierno en los próximos meses.

El Gobierno

La columna vertebral de la independencia tiene que ver con la relación entre los medios y el Gobierno. Según la encuesta de CAMBIO-Datexco, la mayoría (el 68,4 por ciento) cree que los medios favorecen al Ejecutivo, contra solo el 15,6 por ciento que piensa que no. Un curioso resultado si se tiene en cuenta que de la Casa de Nariño se oyen con frecuencia quejas por el sesgo oposicionista de la prensa.

La respuesta a esta contradicción podría estar en las diferencias entre los medios escritos que llegan a menos personas que los medios electrónicos (radio y TV) que son masivos. La mayoría de los columnistas son críticos del Presidente. Es difícil mencionar un solo defensor de Uribe con el impacto e influencia de María Jimena Duzán, Daniel Coronell

o Ramiro Bejarano. En programas de opinión como Hora 20, de Caracol, su director Néstor Morales suele tener dificultades para encontrar analistas que equilibren la discusión y con frecuencia tiene que acudir a funcionarios oficiales para que hagan de comentaristas.

La televisión, que según la encuesta CAMBIO-Datexco es la principal fuente de información de los colombianos y la que tiene mayor credibilidad, es en general más gobiernista. Por la naturaleza del medio, los noticieros no tienen tanta opinión y, además, la sutil y sofisticada estrategia oficial de comunicaciones se concentra en los medios electrónicos.

No puede menospreciarse la importancia que el Presidente le da al manejo de los medios. Es un mandatario que piensa en función de su imagen y que sabe utilizar en su favor a los medios electrónicos. No concede entrevistas a periódicos y revistas pero aparece en radio y televisión cada vez que lo necesita. Todo esto, en un clima de opinión que es altamente favorable al Presidente (79 por ciento). «La polarización de la sociedad también se refleja en el periodismo», dice Nora Sanín, directora de Andiarios.

De cal y arena

Los medios tienen, en general, buena imagen. Según una encuesta de Datexco contratada por CAMBIO, el 69,9 por ciento de los entrevistados tiene una imagen positiva de los medios, mientras que el 21,3 por ciento tiene una percepción negativa. El 72,3 por ciento considera que la información es cercana a la realidad, y el 19,7 por cierto dice que es lejana.

En cuanto al debate sobre cómo los medios han cumplido su tarea, unas son de cal y otras de arena. En cuanto a la parapolítica, algunos les reconocen el mérito de haber hecho públicas las denuncias. De una u otra forma han aplicado lecciones recogidas en los años del proceso con las Farc que fueron de apertura y fácil acceso a las fuentes, y luego del proceso con las Auc que fue de cierre informativo y mucho secreto.

Los medios escritos han sido claves para descubrir la telaraña de la relación entre políticos y paramilitares, y han mantenido el tema en la agenda con investigaciones propias e informes especiales. Han hecho contrapeso a las voces oficiales e incidido en la agenda pública. «Sería una necedad no reconocer que de no haber sido por las denuncias de los medios de comunicación, el escándalo que hoy conocemos como la parapolítica a lo mejor nunca se hubiera iniciado en los estrados judiciales», ha dicho el senador Gustavo Petro.

Sin embargo, desde el punto de vista cualitativo, el trabajo de los periodistas recibe críticas frecuentes porque han aceptado con naturalidad la filtración de la información que hacen las fuentes y a veces ni siquiera la someten a verificación. En ese sentido, tanto el periodista y académico Javier Darío Restrepo, como el director del Observatorio de Medios de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana Juan Carlos Gómez Giraldo, señalan en artículos exclusivos para CAMBIO los dos principales errores de los medios: la falta sistemática de análisis e interpretación, y el exceso de tolerancia con fuentes que filtran datos que, aunque ciertos, imponen la agenda.

La controversia, en síntesis, es compleja y apenas comienza. «Estamos en mora de un debate y de una autocrítica», escribió Néstor Morales en su columna de El Nuevo Siglo. Si hace más de seis años, durante las conversaciones en el Caguán, los medios fueron objeto de críticas por la falta de análisis y el síndrome de la ‘chiva’, poco antes, a raíz del Proceso 8.000, habían sido vapuleados por lo mismo: por haber tomado partido y por su disposición a publicar materiales filtrados sin mayor verificación. ¿Mejorarán su calificación en la parapolítica? Es pronto para saber porque no ha llegado la hora del examen final. El debate está abierto y hay tiempo para enmendar la plana.
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LOS ANALISIS
Periodismo en vivo

(Fuente Semana.com) El episodio del hombre que tomó a 30 rehenes y amenazó con hacer estallar una granada en Bogotá es una caricatura de la realidad nacional. Una sátira despiadada sobre el mal gusto que exhibe en ocasiones nuestro periodismo y la falta de sentido común de nuestros funcionarios públicos. Y viceversa: la falta de sentido común de algunos periodistas y el mal gusto de algunos funcionarios. Algo que lamentablemente no se aprende en facultades de Derecho o de Periodismo. Columna de opinión de Carlos Cortés Castillo, director de la Fundación para la Libertad de Prensa.

Fecha de publicación: 2008-05-27
Autor/Fuente: Carlos Cortés, director de la Fundación para la Libertad de Prensa.

Me enteré de la noticia por La FM de RCN. Estaba atrapado por casualidad en el trancón que se formó a pocas cuadras de los hechos. Después de informar brevemente sobre lo que pasaba, la periodista llamó al defensor del Pueblo Vólmar Pérez. Éste le dijo que ya iban en camino dos delegados de la Defensoría del Pueblo. No porque a él se le hubiera ocurrido, sino porque fue una exigencia del secuestrador. “En diez o quince minutos llegan allá”, le dijo el Defensor a la periodista.

Tratando de llenar el incómodo ruido del silencio radial, la periodista se dedicó a darle consejos a Pérez: “Defensor, usted tiene que tener mucho cuidado, es una situación que hay que manejar con prudencia”. Tratando de llenar sus propios vacíos, Pérez decía cualquier cosa. Minutos después, la periodista lo regañó en tono maternal. “Pero ya pasaron quince minutos Defensor, ¿¡por qué no llega su gente?!”.
Librado del trancón, llegué a la oficina y prendí el televisor. CityTV transmitía en directo. El periodista sostenía el micrófono a centímetros de la granada y el camarógrafo hacía un primerísimo plano del artefacto. De fondo se oía la cortinilla musical de una película de acción. Rígido como una estatua, el periodista le preguntaba a Edgar Paz Morales – el secuestrador – sobre su familia, sus exigencias y su motivación. También le sostuvo el celular y le ayudó con unas llamadas. Al fondo caminaba una señora de un lado a otro como si no se percatara de lo que sucedía, y detrás estaban los rehenes, sentados esperando el turno de atención, como sirviendo de audiencia de un ‘talk-show’.

Después entró al lugar un grupo de periodistas. “Son todos colegas reconocidos”, le dijo el periodista de CityTV a Paz. Los periodistas prendieron las grabadoras y las cámaras y se arremolinaron alrededor. El secuestrador se tomaba la cabeza y daba órdenes cada vez con menos autoridad. Y mientras una de las rehenes leía el comunicado, agentes del Gaula se abalanzaron sobre Paz, lo desarmaron y lo esposaron. Los agentes habían entrado encubiertos en el grupo de «colegas reconocidos».

En medio de todo esto, un funcionario de la Comisión Nacional de Televisión que veía el noticiero decidió que constituía apología del delito, se disfrazó de juez y llamó al canal para ordenar que interrumpiera la transmisión. Poco después la Comisión explicó que su junta directiva no había dado esa orden. Había sido alguien de su oficina de Contenidos, seguramente – dirán ellos – actuando a título personal. Una explicación de moda y tan cómoda.

Como era de esperase, en la noche CityTV hizo un especial sobre el hecho. Retransmitieron los apartes más llamativos, hablaron con un siquiatra y le pidieron explicación a la Comisión. Esta vez no vi la clásica nota periodística donde el periodista le pregunta a la víctima qué sintió cuando la tomaron rehén y amenazaron con matarla. Esta vez vi algo peor: hicieron una nota especial sobre lo que sintieron los papás del periodista cuando vieron a su hijo haciendo su trabajo con una granada prácticamente entre las piernas. Y ahí sí le preguntaron a cada uno: “¿qué sintió?”.

Más allá del debate sobre la censura previa, que en efecto existió, vale la pena hacerse algunas preguntas sobre este episodio:

– ¿Debe un periodista aconsejar o regañar en vivo y en directo a un funcionario público sobre un hecho que está en pleno desarrollo y del que existe poca información?

– ¿Debe un periodista convertirse en mediador de una negociación en caliente, en vivo y en directo o, todavía peor, en el mismo sitio de los rehenes, la granada y el secuestrador?

– ¿Debe un medio de comunicación poner en ese tipo de riesgo a un periodista?

– ¿Debe prestarse el periodismo para que las autoridades mimeticen a agentes policiales como periodistas para combatir actos criminales?

Preguntas como éstas deben responderlas los medios de comunicación y los periodistas. Y son esas respuestas las que dan elementos sobre lo que debe ser una política de autorregulación. Al contrario de la autocensura, la autorregulación busca mejorar el derecho a la información. Y al contrario de la autocensura, es un acto voluntario y de convicción.

Estamos volviendo al sensacionalismo»
(Entrevista con Javier Darío Restrepo en Semana)

Semana: Si usted todavía fuera reportero, ¿cómo habría cubierto este episodio?
Javier Darío Restrepo: Es algo que tengo claro, porque en mí pesan 15 años de reflexiones sobre estos temas. Habría seguido los lineamientos que la gran prensa europea tomó a raíz de una serie de atentados violentos, entre los que se destaca que no se deben cubrir acciones de esa naturaleza

Semana: ¿Por qué?
J.D.R.: Frente a un sujeto que está imponiendo el terror, el reportero está expuesto a sus emociones y dice lo que ellas le marcan y no lo que le indica su razón, más aun cuando siente que tiene que hablar, hablar y hablar…

Semana: ¿Cómo le parece que varios medios hayan transmitido en directo la toma?
J.D.R.: Debieron informar muy sobriamente, sin que el terrorista asumiera el control del momento. Pero la lógica comercial se está imponiendo sobre la lógica periodística. Hay más interés en estimular las sensaciones que el pensamiento de la gente. Estamos volviendo al periodismo sensacionalista.

Semana: ¿Qué habría pasado si la granada hubiera explotado?
J.D.R.: Eso debió ser previsto por los directores. Habría que preguntar si los periodistas tenían seguro de vida y quién se habría hecho cargo de la responsabilidad frente a su familia.

Semana: ¿Y frente a la audiencia?
J.D.R.: Ver en directo a una persona amenazando las vidas de otras tiene un efecto multiplicador muy dañino, pues el mensaje es que se puede manipular a los medios por la vía del terror. En nuestro país hay muchos desesperados y loquitos, que al ver eso, pueden tomar ese camino equivocado.

Semana: Eso hace parte de la guerra por el ‘rating’.
J.D.R.: El problema es que son medios que compiten comercialmente, no periodísticamente. El afán de la chiva es comercial.

Semana: Pero lo que hoy impera es la chiva.
J.D.R.: La chiva ha distorsionado la actividad periodística. Se elevó a dogma que el mejor periodista es el que hace chivas, pero eso nunca produce buen periodismo, produce sólo chivas, chispazos. Y el buen periodismo no es de chispazos, es una luz permanente.

Semana: ¿Qué opina de que una funcionaria de la Comisión de Televisión haya llamado para pedir que se suspendiera la transmisión?
J.D.R.: ¿De cuándo acá la Cntv puede decir qué es lo que los colombianos podemos ver o no? Esa es la más clara censura. Ningún funcionario puede sentirse con la autoridad para restringir la información. La otra cara de esa moneda es que cuando el periodismo incurre en abusos, legitima que la autoridad incurra en censura.

Juego de palabras
(Fuente: Arcadia)

El otro día, leyendo la biografía de Vasily Grossman, me encontré con una frase: “Tenemos que respetar la verdad despiadada de la guerra”. Se la dijo Grossman a su editor cuando este le pidió que en lugar de un final trágico, hiciera un epilogo heroico y feliz de su novela El pueblo inmortal. Resulta curioso que Grossman quisiera que su novela se leyera como algo “veraz” donde el protagonista muere, como murieron tantos rusos en la batalla de Stalingrado. Cambiar el final, y resucitar al personaje de entre los muertos, habría animado más a sus lectores, que eran casi todos soldados, y aunque no fuera “veraz” habría sido “verosímil”, que es lo que se le pide que sean a las novelas. Columna escrita por Marta Ruiz, periodista y editora de Seguridad de la revista Semana.

Fecha de publicación: 2008-05-27

Ese jueguito de palabras me obsesiona desde que se lo escuché en una conferencia a Carlos Monsiváis. Lo “Veraz”, según dice el diccionario de la lengua española, es aquello que “dice, usa o profesa siempre la verdad”. El asunto hasta aquí parece fácil. Todo el mundo sabe qué es la verdad, ¿o no? La cosa se pone difícil con lo “verosímil”, pues según la Biblia aquella tiene dos significados. El primero, “que tiene apariencia de verdadero”. Es decir, algo bien maquillado. El segundo, “creíble por no ofrecer carácter alguno de falsedad”. Palabras más, palabras menos, que algo es verdad hasta que no se demuestre lo contrario. Y ahí es donde comienza la confusión para los periodistas.

Tengo la impresión de que a medida que se profundiza la crisis, en varios escenarios, tenemos historias muy verosímiles pero quién sabe qué tan veraces. Y viceversa.

Hace dos meses estaba terminado un artículo sobre los cabos sueltos que dejaba el bombardeo en el que murió Raúl Reyes. La foto del jefe guerrillero destrozado había sido exhibida como prueba de “veracidad”. Parecía veraz que era él, que estaba en Ecuador y que estaba muerto. El resto de detalles –incluido el supercomputador– parecían apenas verosímiles y había más preguntas que respuestas. Cuando le puse el punto final a mi artículo oí una gran algarabía en la sala de redacción porque los presidentes Uribe, Chávez y Correa estaban trenzados en una cantidad de abrazos que todos vimos por televisión y que a pesar de que eran “verosímiles” todavía dudo de su veracidad. Los abrazos mataron mi artículo. ¿Después de semejante euforia a quién le interesa la verdad?

A los pocos minutos estallaba una noticia “veraz”, pero “’inverosímil”. Rojas, un guerrillero con fama tenebrosa, entregaba una mano como prueba de que había matado a otro hombre fuerte de las Farc: Iván Ríos. Después pasamos dos semanas tras una noticia tan “inverosímil” como poco “veraz”. Se decía que Ingrid Betancourt había estado en un centro de salud en pleno corazón del Guaviare. En tiempos racionales, un análisis lógico habría bastado para decir que era un absurdo, un imposible que eso hubiese ocurrido. Pero como aquí todo puede pasar, y de hecho, todo pasa, pues allí estuvo la prensa dando vueltas durante no sé cuánto tiempo. Lo verosímil otra vez en primera plana. Como ocurrió con la famosa foto del ministro ecuatoriano Larrea que claramente “tenía apariencia de verdadera”, pero, sencillamente, no lo era.

Quizá en épocas difíciles como esta, donde verdad y mentira están juntas como el oro y la escoria, los periodistas dedicamos demasiado tiempo a historias “verosímiles” que cautivan fácilmente al público. De aquellas que quería publicar el editor de Grossman. La verdad quizá sea una ilusión, pero el periodismo consiste en buscarla. Por más despiadada que sea.

OPINION
Homenaje al reportero
Daniel Coronel

El reportero le recordó al secuestrador lo que lo unía a la vida. Le habló de su familia y le dijo que ellos esperaban que actuara como un buen ser humano
Por Daniel Coronell
Fecha: 05/24/2008 -1360
Esta semana Edwin González salvó nueve vidas. Edwin no es médico, bombero, ni socorrista. Es un periodista joven y apasionado por su oficio. También es el menor de tres hermanos y el feliz esposo de una colega suya, que ese día alcanzó a pensar en la terrible posibilidad de quedar viuda.

El miércoles pasado, Edwin venía de cubrir una historia en la zona de Bosa cuando lo llamó una fuente de información. Una sencilla pero valiosa fuente, que le avisó que algo anormal sucedía en el centro de Bogotá. En la calle 17 con carrera séptima, en la sucursal de un fondo de pensiones, un hombre amenazaba con detonar una granada y matar a 20 personas que a esa hora estaban en las oficinas de la entidad.

Edwin llegó tan rápido como pudo y se enteró, por boca del comandante de la Policía de Bogotá, que el secuestrador pedía -entre otras cosas- la presencia de una cámara de televisión. A esa hora, la única cámara en el sitio era la suya. Tres minutos después estaba adentro, en medio de un grupo de rehenes asustados y frente a un secuestrador peligrosamente nervioso.

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El hombre tenía agarrada la granada en la mano derecha, con el índice de la izquierda metido en el seguro de la espoleta. Edwin, por su entrenamiento de reportero, tenía claro que si el secuestrador tiraba de la argolla y soltaba la granada, el estopín se activaría y la explosión vendría cinco o seis segundos después. La diferencia entre la vida y la muerte. «El que ha cubierto orden público sabe lo que puede hacer una granada», asegura Edwin, al recordar su encuentro con el sargento retirado Edgar Paz Morales, autor del acto terrorista.

Paz Morales se balanceaba nerviosamente mientras el periodista se le acercaba. El ex militar estaba alterado porque dos mujeres expresaban a gritos el pánico que sentían. Edwin, peinado con fijador y con el nudo de la corbata en su sitio, rezaba en silencio mientras pensaba qué preguntar. «Dios mío, dame las palabras exactas», repetía para sus adentros, según me lo contó dos días después del susto.

Un susto que jamás se le notó al aire. Con una inteligencia que debe servir de ejemplo para los que trabajamos en esto, Edwin manejó la situación y logró que Paz Morales liberara inicialmente a los dos mujeres más nerviosas, y luego a siete personas más.

El reportero le recordó al secuestrador todo aquello que lo unía a la vida. Le habló de su familia y le dijo que ellos podían estar viéndolo y que esperaban que él actuara como un buen ser humano.

Era una entrevista -desde luego-, pero también un certero rescate de los sentimientos dormidos en el alma de un hombre dispuesto a matar y a morir.

Minutos después, el secuestrador permitió el ingreso de otros medios de comunicación para difundir un comunicado, cuyo alcance debe ser investigado por las autoridades y por los propios periodistas.

Al concluir la lectura, un grupo de policías se abalanzó sobre el secuestrador, que fue controlado de manera rápida y precisa, en una operación de la que nadie salió herido.

Había pasado una hora larga. Tal vez la más larga en la vida de Edwin González, a quien casi nadie le ha reconocido sus méritos.

Cuando terminó de transmitir llamó a tranquilizar a Gloria, su esposa, y a Esther, su mamá, que estaba sumida en un mar de angustia y lágrimas.

Al otro día, el debate sobre la transmisión de Citytv ocupaba páginas enteras de los periódicos, era el tema de los programas de radio y de los noticieros de televisión. Mucha gente opinaba no de lo que realmente pasó, sino de lo que otros decían que había pasado. En Colombia siempre han sobrado expertos en hacer alineaciones después del partido.

Edwin González no pudo seguir con todo el cuidado la inteligente controversia. Estaba ocupado buscando la noticia del jueves.

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