Por: Mario Morales
La táctica es sencilla: La combinación de todas las formas de lucha. Algo había de quedarles a algunos marxistas remisos que hoy fungen en Palacio. El objetivo es claro: tener Uribe para rato, que es como los retóricos de la Casa de “Nari” traducen el verbo perpetuarse, sin usarlo.
El resultado: la avalancha de propuestas e iniciativas de todos los pelambres que aspiran a dejar la misma carnita y los mismos huesitos en el solio presidencial hasta 2018, por lo menos. (Publica El Espectador)

El espectro de estrategias en ese sentido es amplio, diverso y sigue en expansión. La primera a la que han apelado es a la populista que, ensillada en el referendo, cabalga sobre la pretendida e irrefutable voluntad popular. A la saga está la segunda, que es de carácter legislativo y que contempla el cambio de otro “articulito” para 2010 y que tiene como variante la iniciativa de Roy Barreras que le apunta a la reforma para 2014. Quizá no tarde la que trae Moreno de Caro de cara a 2018.

Luego está la estrategia retórica: no hay que reelegir a una persona sino a una política (que tiene la impronta de ser y estar personalizada). Le sigue, en consonancia, la estrategia silogística: si no hay un candidato de unidad que recoja las banderas de la seguridad democrática, amenazaría hecatombe. Y como lo único seguro entre esos precandidatos es su diferencia, alguien tendría que asumir el papel de redentor.

Después está la estrategia emocional que recurre al escenario tremendista de preguntarnos qué sería de nosotros, pobres mortales, sin la inteligencia superior del padrecito presidente. Le sucede la dinástica que apela al pasado monárquico y a la herencia de apellidos como principios de autoridad, familia y tradición. Las complementa la apocalíptica resumida en esa sentencia histórica de que si no es Uribe, ¿quién?

Cierra, por supuesto, la religiosa, sintetizada en la idea orquestada de que Dios sólo premia la constancia, la perseverancia, la continuidad, lo perdurable, lo ininterrumpido, lo incesante, lo que no tiene fin.

No hay pierde. Más aún si el diseño táctico de todas las formas de lucha concibe a la figura presidencial como ajena, cuando no molesta, ante todas esas iniciativas. Aceptar de nuevo, a regañadientes, ese destino sería un acto de sacrificio heroico, ingrediente necesario para que comience el mito que como tal nace para perpetuarse.

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