Por Ramiro Bejarano
Se reunió en Madrid esta semana la 64 Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, inaugurada por el Rey Juan Carlos de España, donde participan medio millar de propietarios y medios de comunicación.

Según las informaciones conocidas, la SIP anda preocupada por la libertad de prensa en América Latina, con ocasión de los crímenes de periodistas los cuales no cesan, pues ocho han sido asesinados en la segunda mitad de 2008 en Ecuador, Guatemala, República Dominicana, Venezuela y México. El presidente de la Comisión de Impunidad de la SIP informó que además se investigan 85 casos de asesinatos de periodistas en el continente y se ha logrado que 87 responsables de esos crímenes purguen condenas en Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, Colombia, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay, Perú y la República Dominicana.

Con tan preocupantes antecedentes, tiene razón la SIP en elevar sus protestas por los crímenes que siguen silenciando a muchos periodistas, pero es de esperarse que se ocupe de estudiar las otras formas de presión, a veces más poderosas, que se ciernen sobre quienes tienen el deber de comunicar u opinar.

Me refiero a las maniobras que desde el poder se ejercen para que la información no se produzca en forma objetiva y veraz, o para que la opinión crítica sea aplastada. Al respecto, es bueno advertir que a la SIP no sólo le preocupan los atropellos de Chávez en Venezuela, Correa en el Ecuador, Evo en Bolivia, Ortega en Nicaragua y los Castro en Cuba, sino también los excesos de Uribe.

El ex vicepresidente Gustavo Bell, quien también participa en esa Asamblea de la SIP, si bien informó que la libertad de prensa y opinión en Colombia, en el último semestre ha sufrido por cuenta de la polarización política y las fricciones entre las ramas del poder público, se quedó corto cuando con timidez inexplicable en su caso, expresó que el Gobierno colombiano ha descalificado a medios y columnistas que se ocupan de la parapolítica.

La gran amenaza sobre el periodismo criollo, no sólo se concreta en los asesinatos de quienes informan y opinan, o en la estigmatización de llamar guerrillero a quien disienta, para no hablar de la guerra sucia orquestada desde las entrañas del poder, al parecer conducida por un chafarote conocido como el ‘Rey del Glamour’. En efecto, hay otra intimidación más efectiva y menos ruidosa, que padecen los medios de comunicación que están entregados al príncipe, a la espera de que les prorroguen concesiones de canales de televisión o les concedan licencias de emisoras, o porque hacen parte de conglomerados con intereses en otras áreas de la economía.

Lástima que sobre esa relación de poder económico y medios no haya abierto su boca Bell, porque es allí donde el gobierno de Uribe manipula, controla, ordena, silencia, veta y excluye a los propietarios de medios que se atreven. La libertad de prensa no consiste en permitir que unos pocos columnistas critiquen, sino en sostener condiciones de independencia y autonomía para todos.

¿Alguien cree que Enrique Santos, como nuevo presidente de la SIP pondrá el dedo en la herida? Amanecerá y veremos.

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