Por: Mario Morales
Reducir el origen del fenòmeno de las pirámides y ahorros “ilegales”, como pretende el renunciado superintendente financiero, César Prado, a ingenuidad, negligencia, ignorancia o doble moral de los afectados, no sólo es miopía sino una forma cínica de evadir su responsabilidad, la del actual gobierno y la del Estado en su historia reciente.
Esa “ambición desmedida” y ese “oportunismo” (que los hubo) no están en el comienzo del problema, sino en sus efectos. Es la fiebre que delata la enfermedad social y moral que nos aqueja y que siempre creemos ajena.
Porque calificarlos, sin más, de apostadores es una forma de negarnos culturalmente. Apostadores somos todos; no sólo el 61% que invierte en juegos de azar. Lo son cada mañana 2’200.000 ciudadanos que sueñan con empleo, o los cinco millones que en la informalidad reclaman trabajo digno, o los dos millones con salario mínimo. Lo son en total ese 95% de colombianos que por ausencia de oportunidades no son en esta vida lo que quieren, sino lo que pueden o les toca ser.
Pedirles, desde la opulencia de un puesto estatal o de la banca, a esos desesperanzados que no se arriesguen, es desconocer las dinámicas del trabajo en nuestro país donde la legislación en estos seis años, con recortes en horas extras, nocturnos y dominicales y ampliación de rangos de jubilación, ha contribuido a descalificar el empleo como una forma digna de ascender o de hacer posible el sueño colombiano.
Sumemos la falta de atractivo en el ahorro formal, los excesivos intereses, que las ganancias son para unos pocos y las pérdidas son de todos, como pasó hace diez años y hace 25… en fin.
La ausencia de opciones de progresar se convierte entonces en caldo de cultivo para que aparezcan atajos, componendas y negociados, que hacen metástasis en pirámides, corrupción oficial, narcotráfico y paramilitarismo, con los que se han enriquecido tantos de la noche a la mañana.
Eso explica que haya tantos “apostadores” que ahora tendrán que pagar su osadía de su bolsillo. A diferencia del Estado, responsable directo en las causas y en los efectos.
