Una sentida preocupación recorre los periódicos del mundo entero: los abusos y excesos de la libertad de expresión de sus lectores por Internet. (Editorial de El Heraldo)
Las casas editoriales que publican periódicos impresos fueron las primeras empresas en valorar las enormes posibilidades de informar que brindaba desde un comienzo esa herramienta de la nueva era de las comunicaciones.
Fue así como los periódicos abrieron sus portales para mantener actualizados a sus lectores de todo aquello cuanto ocurría en el mundo en forma simultánea.
Hoy basta con abrir la página web de cualquier periódico para conocer detalles de última hora del evento de mayor relevancia que acaba de suceder en cualquier rincón del planeta. Incluso si ocurre algo de importancia en la estación espacial que orbita la Tierra, al instante lo podemos saber.
Los periódicos, sin embargo, no se quedaron en la simple tarea de informar los acontecimientos: abrieron sus páginas web a los lectores para que estos opinaran sobre el contenido de las noticias, sus notas editoriales y las opiniones de sus columnistas.
Se trataba de fomentar la interacción entre los lectores y el periódico mediante una ventana en la que dieran a conocer sus comentarios y opiniones sobre los hechos y los artículos de los columnistas.
Para asegurarles a los lectores la libertad de expresar sus pensamientos, se permitió que lo hicieran en el anonimato mediante el uso de seudónimos. Muy pronto, los portales de los periódicos se vieron inundados de miles de comentarios provenientes de todos los rincones del planeta, lo que vino a confirmar las bondades de la Internet.
No obstante, al tiempo se empezó a conocer un efecto no buscado de esa herramienta, contrario a los sagrados deberes de los periódicos de no calumniar, difamar, injuriar, insultar u ofender a nadie, como tampoco prestarse para que terceros lo hagan en sus páginas.
Muchos lectores le dieron mal uso a esa herramienta, y se aprovecharon del anonimato para destilar sus resentimientos y odios personales contra los protagonistas de las noticias o contra los autores de las columnas de opinión. Los agravios de todo tipo fueron acaparando las ventanas de comentarios de los portales de los periódicos.
A tal punto se llegó, que quienes utilizaban la herramienta en forma correcta fueron también objeto de descalificaciones, por lo que muchos optaron por abstenerse de seguir usándola.
Así, se empezó a perder la posibilidad de enriquecer las discusiones públicas por cuenta de los que abusaron de la libertad de expresión, pues ella no se estableció para agredir u ofender la honra de nadie, ni menos para inmiscuirse en la vida privada de los demás.
Tal fue nuestra advertencia en el editorial de octubre pasado “Los excesos de la palabra en la web”, en el que apelábamos a la cordura, la sindéresis y la decencia de los lectores, y los invitábamos a debatir con ideas y fortalecer la polémica argumentada, así como dejar de lado las descalificaciones personales cuando no se tienen argumentos sólidos para rebatir opiniones.
Si algo necesitamos en este país es aprender a disentir sin violentar al otro. A debatir ideas y planteamientos sin agresiones verbales, insultos u ofensas.
Lamentablemente, nuestra invitación sigue desatendida por muchos de nuestros lectores, quienes siguen abusando de la libertad de expresión y la ventana puesta a su disposición, razón por la cual nos hemos visto obligados a suspender temporalmente la publicación de comentarios en nuestra edición web.
Lo hacemos mientras adoptamos un mecanismo que permita la expresión libre de opiniones y comentarios, y evite aquellos que atenten contra la honra y el buen nombre al que tienen derecho todas las personas.
