Por Carlos Castillo Cardona
Hace unos días murió Mark Felt, quien sirvió de informante clave de Woodward y Bernstein en el escándalo de Watergate, que acabó con la renuncia del presidente Richard Nixon en 1974. Esa muerte ha revivido las hazañas de estos dos periodistas de The Washington Post, reforzando, una vez más, el mito de que la prensa puede tumbar a un jefe de Estado.
La historia de Woodward y Bernstein ha servido para publicar muchos libros y un número infinito de horas de clase sobre la comunicación y el poder.

Pero, ¿es la prensa capaz de tumbar a un presidente? ¿Podían estos dos muchachos de cerca de treinta años realizar semejante proeza? Muchos creen, con la misma ingenuidad con la que se dice en Colombia que los estudiantes tumbaron al dictador Rojas Pinilla. No se hubiera logrado sin el sector bancario, el empresarial y el político de aquellos
tiempos. Tampoco los diligentes periodistas de Washington hubieran logrado lo que lograron sin la existencia de ‘Garganta Profunda’, que a la sazón era el director adjunto del FBI. Felt no operaba necesariamente por razones simplemente personales, sino que lo apoyaban intereses políticos en un país que se desangraba por Vietnam y las
protestas públicas.

Sin demeritar el trabajo de Woodward y Bernstein, sus acciones condujeron a desarrollar el síndrome Watergate de los medios, es decir, la idea obsesiva que algunos periodistas tienen de tumbar presidentes. En algunos casos, la acción tipo Watergate ha dado sus frutos cuando se combinan con otros factores políticos. Pero algunos periodistas, ante la ingente y frustrante tarea de arrasar con los jefes de Estado, se
contentan con perseguir presas de menor calibre con la esperanza de obtener la pírrica e ilusa satisfacción de llenarse de gloria por haber logrado abatir a un político, a un director de instituto descentralizado, un contratista o, si tienen gran fortuna, a un ministro.

Nuestro país ha gozado de este síndrome de manera cumbre y constante. Un ejemplo es el proceso 8.000. Tumbar a Samper fue una tarea colectiva de varios periodistas que intercambiaban información, acordaban artículos, creaban símbolos y buscaban escalar el conflicto. Si la operación falló no fue por falta de esfuerzo. Sus apoyos no resultaron ser tan poderosos, pues se limitaban a un fiscal bastante débil y mediocre, a un jefe de la Iglesia Católica poco creíble y al manipulador embajador de un país que no gozaba del afecto de los colombianos. El Presidente tuvo
el apoyo del poder real representado por los ‘cacaos’, los dueños de los grandes capitales. El manejo de la clase política, tan dúctil y maleable, y el apoyo de los grupos populares, más amplio de lo que la gente recuerda, mantuvieron al Presidente en el poder. La frustración de los medios, por no lograr un Watergate, ha marcado los tiempos presentes. Sin que eso sea común a todos los periodistas, hay un grupo que no ve la hora de coronarse por haber tumbado al presidente Uribe. Creo que muchas de las críticas que hacemos al Presidente son justas. A veces serán exageradas o, llevados por el entusiasmo, ignoramos alguna de sus virtudes. El papel de los periodistas o de los pocos que gozamos de la posibilidad de expresar opiniones debería estar lejos del síndrome Watergate. El periodismo, en vez de ser arrastrado por la vanidad personal de los que lo ejercen, se debe guiar por la objetividad y la ética que dé las bases para un razonamiento equilibrado.

El público huele fácilmente la vanidad ajena. Si los ciudadanos no tienen las bases independientes para razonar políticamente, es probable que el simple odio no tumbe a Uribe. Mientras el Presidente goce del apoyo de los grandes grupos económicos, de los politiqueros, de los miembros del Estado que se benefician con prebendas será reelegido una y otra vez, por más síndrome Watergate que tengamos. Los medios siempre serán
manipulables.

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