Por: Mario Morales
Cuando el cabo Pablo Emilio Moncayo le describió a su familia esa “selva inconmensurable de la desidia y el terror” no se refería sólo al escenario de su absurdo e interminable secuestro, hablaba de este país sin alma que no hace nada para evitar que se pudra en el olvido. (Publica El Espectador)

Por eso, en medio de esta tragedia sin nombre, él y su padre, el profesor Moncayo, son el símbolo del horror que produce la esclavitud del secuestro y la inhumanidad de una generación que los convirtió, incluido el presidente Uribe, la guerrilla, los políticos y los indiferentes, en botín de guerra.

Es lo que ha logrado poner en evidencia, con su pacífica denuncia, el Caminante por la paz, a lo largo de estos 11 años, 4 meses y 15 días. Amarrado a un árbol en Pasto hace más de una década; viajando sin desmayo a Bogotá o al Caguán; haciendo travesías hasta Venezuela o a lo profundo de la selva; hablando con tres presidentes: Samper, Pastrana y Uribe; entrevistándose con el Papa o con públicos de América y Europa, el profesor Moncayo ha hecho saber que nuestra crueldad no tiene límites, que entre las opciones vitales hemos escogido siempre la de la confrontación y que la paz no pasa de ser una falacia.

Pero además ha demostrado que el Gobierno y la guerrilla se parecen en sus métodos, en sus inamovibles y en sus recriminaciones mutuas de aprovechar política, militar y mediáticamente la eventual liberación.

Y de colofón, ha puesto de manifiesto que la ambición obnubila. En su afán desmedido por copar todos los espacios, Uribe no sólo ha elevado “el valor” del secuestrado, sino que luego de considerar a Piedad como la mala de la trama, va en camino de convertirla en heroína.

Para refrendarse como símbolo, el profesor Moncayo lleva un pañuelo blanco en la boca en esta época de epidemias de odios y guerras estúpidas, para recordarnos con su silencio el sino trágico, como está escrito, de esta generación macondiana que él encarna: el primero de su estirpe amarrado a un árbol, como hace 11 años, y al último se lo están devorando las hormigas de la ambición en la selva del olvido.

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