Por: Mario Morales
Con su indecisión, Juan Manuel Santos demostró que no merece ser presidente. El calculador ex mindefensa se contagió del virus de las indefiniciones que tanto daño le está haciendo a nuestro sistema político. (Publica El Espectador)
Cuando el país requiere propuestas, debates y personajes para salir del autismo reeleccionista, Santos le apostó al suicidio político, botó por la borda el capital de 12 años y dejó ver que ni él mismo está convencido de que tiene la talla de presidente.
Más allá de si se trata de una estrategia de postas en la que Santos toma el legado uribista cuando el Presidente por fin se haga a un lado con el pírrico triunfo del concepto favorable de la Corte al referendo, Juan Manuel puso en evidencia que no tiene libreto distinto al de su ex jefe.
Padece Santos del efecto ‘guayabo’ pasada ya la borrachera del fervor uribista. No de otra manera se explica su cautela, su anuncio de “perderse” del país, justo cuando uno de cada dos colombianos no quiere ver más a Uribe en el poder.
Repite la experiencia de Noemí, quien embebida del ego de la popularidad, prefirió el brindis de la diplomacia, a recorrer el país, debatir ideas, pero sobre todo a contarnos con qué país sueña para sus hijos.
Es la misma resaca paralizante que sufren liberales y opositores que en vez de demostrar que tienen carisma y liderazgo, esperan el “guiño” de Uribe para echarse al agua.
Por eso, más allá de sus ideas, acierta “el club cinco” de Mockus, Lucho, Ramírez, Peñalosa y Fajardo en meterle inteligencia a una campaña que los bandos de los jobs y los jogs han querido sumir en lo emotivo e instintivo, donde no faltan los kamikazes que como Santos en lo político o El Colombiano en lo periodístico, llegan hasta contradecir su propia esencia.
Es hora de que los que se dicen líderes le digan al país que la fiebre uribista ya pasó, que el futuro no es un test entre el sí y el no, y que es urgente el debate de ideas para recuperar el juicio antes de que nos sumerjan en un guayabo terciario.
