Por Margarita Vidal
El filósofo español Fernando Savater admite que siempre ha sido muy vago y sostiene que lo ideal es que le hubieran pagado por leer y no por escribir.
Filósofo, ensayista, novelista, profesor universitario, Fernando Savater, nacido en San Sebastián, País vasco español, en una de las bahías más lindas del mundo, es autor de más de 50 obras de ensayo político, literario y filosófico, narraciones y obras de teatro, amén de cientos de artículos en la prensa española y extranjera.
Algunos de sus libros han sido traducidos a más de 20 lenguas. En 1993 quedó finalista del Premio Planeta con su novela ‘El jardín de las dudas’ centrada en la figura de Voltaire. Entre sus publicaciones más recientes destacan la novela juvenil ‘El gran laberinto’ y el ensayo ‘La vida eterna’ una reflexión sobre la religión en nuestros días. Acaba de ganar el Premio Planeta de Novela por su obra ‘La hermandad de la buena suerte’. Aprovechando su visita a Colombia lo entrevisté para hablar de uno de sus temas preferidos: las lecturas que nutrieron su infancia.
¿Hay sangre árabe en su ancestro?
No me extrañaría, pues mi padre era de Granada, de modo que puedo tener un lado nazarí. Por otra parte, el apellido Savater es uno de los llamados de empleo, de zapatero y esos suelen ser de judíos. De modo que yo debo tener una especie de conflicto de oriente medio.
Dice no tener temperamento filosófico y ecuánime, sino más bien uno apasionado. Sin embargo, su oficio es la filosofía. ¿Hay allí una contradicción?
Sí, la hay. Me gusta la filosofía, tal como le gustan a uno las cosas inalcanzables. Me hubiera gustado tener un temperamento filosófico y tomarme las cosas en una forma serena, fría, sin apasionamientos, pero hice todo lo contrario. Cuando estoy tranquilo pienso en ese ideal de vida y me lo propongo, pero luego ocurre algo y entonces me vuelvo a apasionar (risa). Claro que los años te van domando y los vicios te van considerando indigno de ellos.
Hace algunos años me dijo usted que una de las cosas que más trabajo le costaba era dominar la cólera y que le daba cierta vergüenza porque podía parecer una ‘fiera’ en ocasiones. ¿Qué le produce tamaño arrebato?
La mala fe, por ejemplo, ver que alguien hace trampa o se niega a aceptar unas premisas después de haber llegado a un pacto y también me molesta mucho el autoritarismo. Entiendo que cierto orden hace falta, porque el mundo se ha vuelto conflictivo y a veces hay que encauzarlo, pero el autoritarismo como imposición, me produce gran irritación.
¿Su rebeldía viene desde la adolescencia?
Yo tenía muy pocos motivos de rebelión, porque mi padre, por edad, era mas bien mi abuelo y por consiguiente no tuve nunca esa sensación de rivalidad o enfrentamiento que suele darse cuando hay una menor distancia generacional. Él quería que yo fuera abogado, pero no porque pensara que la carrera era maravillosa sino porque creía que era mejor para mí, porque la verdad es que siempre he sido muy vago. La idea de estudiar nunca me ha gustado, y es curioso porque tengo fama de ser muy trabajador ya que hago muchas cosas. Yo soy muy activo pero nada trabajador. No hago las cosas que no me gustan. La idea de estudiar códigos me parecía horrorosa y aunque hubiera querido estudiar literatura, en la época jurásica en que yo hice mi carrera no había esa posibilidad. Como me interesaba la filosofía entonces me encarrilé por ahí. Mi padre no lo aceptó muy bien y sentenció que me iba a costar mucho más trabajo ganarme la vida.
Su padre le llevaba 20 años a su mamá, ¿esa gran diferencia de edad entre los dos tuvo alguna incidencia en su educación?
Supongo que sí. Yo he repetido una frase que me impactó y que dice: “Nunca he logrado recuperarme de mi incomparable infancia”. Yo realmente soy ‘un convaleciente de mi infancia’. Fue una época tan positiva, tan sin sombras, que supongo que muchas de las cosas que hago a veces y que pudieran tener un aire caprichoso o infantil es por una especie de fidelidad a esos tiempos.
¿A pesar de todo qué importancia tiene entonces para usted el haber estudiado filosofía?
Tiene cierto mérito en el sentido de que he logrado vender mis libros e interesar a la gente por problemas filosóficos, con un lenguaje accesible, ya que es un tema poco popular, pero soy un filósofo con minúsculas, un poco como los franceses de la Ilustración.
¿Es verdad que le gusta más leer que escribir, un poco a la manera de Álvaro Mutis, el escritor colombiano?
Como le decía, yo soy muy vago y en el fondo me he puesto a escribir para no tener que trabajar. Es decir, he logrado que me paguen por hacer algo que me gusta, pero lo perfecto hubiera sido que me pagaran por leer. Ese hubiera sido mi sueño y hasta me hubiera hecho rico.
¿Por qué rechaza usted el término de ‘intelectual’?
Tiene un significado mesiánico que molesta. La idea de que los intelectuales tienen una misión, de que hay algo en ellos que sustituye a los clérigos antiguos, me repele.
¿Por qué tiene usted, como cuenta en su libro ‘La Infancia Recuperada’, tan marcada predilección por los libros de Stevenson, como La Isla del Tesoro?
Porque es una historia muy bien contada y contiene algunos de los elementos que me apasionan como el mar, la aventura y un poco el mundo de lo macabro, de lo terrorífico. Tiene también preciosos aspectos como la muerte del pirata en las primeras escenas. Todo eso junto a la habilidad con que está contado y la figura de London Silver me causan gran fascinación.
¿No es también una reflexión sobre la audacia?
Cuando uno lo lee en la infancia es porque le gusta, pero con el tiempo reflexiona sobre la ambigüedad de la audacia. Las figuras de Jim Hopkins y de John Silver dan cuenta de que toda acción, todo riesgo, toda decisión de libertad, en el fondo comporta una especie de culpabilidad, un lado demoníaco. Silver es un personaje atractivo por su capacidad de acción y a la vez demoníaco por esa seducción del mal que tiene. No se puede ignorar que hay algo trasgresor en la audacia de la libertad. Eso está hermosamente explicado en la novela. No es que el niño ingenuamente siga la fascinación del mal, sino que ignora que al decidirse a la madurez y por tanto a actuar con autonomía, tiene que asumir esa dimensión de culpabilidad demónica.
¿El precio de dejar de ser niño?
Sí, es dejar de ser niño y entrar en ese mundo en que la responsabilidad nos acerca al pecado y al mal.
Jekyll y Mr Hyde, otro libro de Stevenson, plantea dilemas éticos
Ese me ha encantado siempre. Tal vez por haberme dedicado a la ética, porque en el fondo ahí está el problema de la dualidad del bien y del mal y de cómo, de alguna forma, el bien y el mal no son sólo actitudes morales sino que también encarnan una transformación física en cada uno de nosotros.
Otro de sus favoritos es ‘Viaje al centro de la tierra’ de Verne, al que usted denomina ‘viaje hacia abajo’, en que la lección para Axel es la necesidad de la obstinación. ¿Eso significa la importancia de perseverar?
En ‘La Infancia Recuperada’ analicé los aspectos mitológicos que hay en la narración infantil y cómo desarrollan pulsiones o exigencias que tienen que ejercerse en la vida. Me parece que esa vocación de descender hasta donde, en principio, no hay nada, esa insistencia en algo que nos aleja de la seguridad de la tierra firme y de seguir en busca del centro de la tierra, representa un símil de la dimensión de la perseverancia, sin la cual no maduramos.
Su predicción por el capitán Nemo ¿es porque comparte con él su concepto de libertad?
Nemo es una figura libertaria; yo he tenido también mucha tentación libertaria y mis grupos políticos predilectos siempre han estado próximos a los libertarios; entonces Nemo, desde su propio nombre que rechaza todos los apelativos, es una especie de anarquista, moderno, tecnológico. Por desgracia, ya en nuestro mundo actual hemos conocido muchos terroristas así y eso le ha quitado un poco de romanticismo. Pero todavía creo que Nemo era un anarquista libertario bastante aceptable.
Muchos grandes apasionados por la lectura compran libros pero, también, en alguna etapa de su vida los han robado. ¿Usted ha robado libros?
He robado libros cuando era estudiante y no porque los necesitara sino porque hubo una moda en la que todos creíamos que robar libros era una especie de afirmación. Pero yo soy un gran cobarde y robaba siempre el más cercano a la puerta y no el que me gustaba porque experimentaba pánico. Tenía un amigo que era un verdadero científico en el tema.
Pasando a otro autor y a otro personaje, ¿por qué considera a Sandokan un símbolo subversivo?
Yo le había inventado un parentesco con el capitán Nemo porque los dos, en el fondo, me parecen dos figuras rebeldes. Claro, tanto Verne como Salgari escribían en el Siglo XIX, cuando la gran potencia era Inglaterra y entonces los rebeldes, que eran siempre del tercer mundo como el propio Nemo que era indio, luchaban contra el poder imperialista. Para mí la imagen de lo subversivo está al final cuando el rey del mar sale a enfrentarse con toda la flota británica en ese enorme barco que él creía invencible y ve que los ingleses tienen muchos barcos iguales y que no puede luchar contra ese imperio. Ese final me encanta.
El Tigre de la Malasia, de Salgari es otro libro que usted quiere. ¿Por qué tiene predilección por la figura del tigre sobre la del león? ¿Le habrá llegado a través de Borges?
Y de William Blake también. El famoso poema de Blake:“No tigre, tigre que llame hacia los bosques de la noche…” No sé, a mí me gusta más la figura del tigre porque es más colorido que el león, aunque para decirle la verdad mi animal emblemático es la ballena.
Usted habla también de la gran admiración que le despierta un héroe de la niñez llamado Guillermo Brown a quien ha definido como el ‘único anarquista triunfante’. No es un libro muy conocido, ¿qué lo acercó tanto a él?
En una época tuvieron un enorme éxito las historias de Guillermo Brown contadas por Chesterton, en la España franquista, cuando yo tenía 10 años. Nuestra niñez era tan reprimida, que nos encantaba ese aire de disponibilidad infinita de Guillermo para emprender aventuras y adoptar personalidades.
¿Cómo ve la figura del héroe?
El heroísmo es simplemente una decisión de llevar algo a cabo, porque, en el fondo, lo fácil es fracasar. Nunca he entendido por qué hoy existe tanto entusiasmo por la ética del perdedor. Que un perdedor pierda lo veo como una cosa ética pero no lógica. En cambio, me parece más importante la figura del que logra llevar algo a cabo. Hay un cuento muy bonito de Cortázar sobre un señor que baja a la calle a comprar el periódico y de allí se derivan los riesgos infinitos que hay que correr para lograrlo. Yo creo en el heroísmo del gesto cotidiano, de tomar una decisión y cumplirla en contra de todo lo que nos rodea, y creo que si esa decisión implica la defensa de algún valor no violento sino de humanidad, se puede llamar heroísmo.
Usted es un escritor polémico a quien le gusta provocar, es decir, tiene una especie de actitud del ‘guerrero impecable’ que, en cierta forma, también es Guillermo Brown, ¿no?
Mi afición a Chesterton quizá provenga de que tengo capacidad para descubrir lo paradójico de las situaciones, de la vida que llevamos o de los valores que practicamos y entonces subrayo esos términos, lo cual le parece provocador a la gente. Yo he provocado a veces porque me parece que hay que estimular, despertar las reacciones, lo mortecino es lo que más me desagrada en cualquier campo. Me gusta la vivacidad en la literatura, en la expresión y en todos los aspectos de la vida.
De niño estuvo enfermo largo tiempo y aprovechó para leer. Ha definido esa época como la más feliz de su vida. Allí descubrió a Jack London, ¿por qué lo impactó?
Es un poco una metáfora de la lectura. Decir: estoy condenado a muerte -en el fondo todos lo estamos-, pero puedo vivir otras vidas, hacer una transmigración anímicamente, porque eso es en realidad la lectura. Cuando uno lee transmigra a otros mundos, con otros personajes, escapando así a esa condena de muerte.
El pensador Agustín García Calvo fue muy importante en su época de universitario. ¿Se puede enseñar a pensar?
Una cosa es darse cuenta de que los libros están escritos por gente muy sesuda y otra muy distinta es ver a alguien en el ejercicio de pensar delante de uno, alguien que saca el pensamiento de sí mismo y que lo pone encima de la mesa, que tiene ráfagas luminosas, especies de chispas de pensamiento.
Acaba de ganar nada menos que el Premio Planeta con ‘La Hermandad de la Buena Suerte’, ¿siente de que ya superó la duda sobre su talento para la novela?
Estoy satisfecho pero con incertidumbre. Cuando escribo un ensayo sé que va a salir bien, regular o malo y no tengo duda, pero con la novela siempre estás con la incertidumbre de si lo lograste o no. Yo no tengo confianza hasta que la gente diga si está bien o mal.
Finalmente, ¿qué significa para usted Borges?
Borges es un gran autor que une un poco el sueño que algunos hemos tenido y que desgraciadamente está cada vez más lejos, que es hacer ensayo que sea a la vez una reflexión filosófica y también poesía. Yo siempre he querido, cuando sea mayor, ser Borges (risa).
