Por: Mario Morales
Sin despejar su encrucijada de perpetuarse él mismo en el poder o de sus políticas en cuerpo ajeno, el presidente Uribe cruzó el punto del no retorno en el camino reeleccionista. (Publica El Espectador)
De ese potro cerrero no se podrá desmontar sin un alto costo político, si es por las buenas, y sin la ayuda de un batallón de abogados si el engendro legislativo no pasa los retenes de legalidad, legitimidad y decencia, como cabría esperar con los 16 vicios que le cuelgan y con las innumerables denuncias por presuntos delitos que ya cursan por la aprobación de su escandalosa conciliación en el Congreso.

Ya sin alternativas, en esa apuesta del todo o nada, como la ha descrito César Gaviria, Uribe juega duro y es hábil. Sabe leer el ambiente, como lo hizo en 2001 cuando configuró su llamamiento al miedo, luego de fracasado el diálogo con la guerrilla, y puso en pie de batalla a todo el país. Ese llamamiento al miedo se recicla a la vez que se intercambian los “adversarios”, representados como amenazas, que cambian de rostros y apellidos (Chávez, Correa, Ortega, etc.) según las necesidades.

El recurso del miedo, como se sabe en propaganda política, busca desmoralizar a las masas, que se sienten indefensas y sin norte; pero especialmente a los opositores que se suelen confundir, para estigmatizarlos, con el adversario. Tal y como pasa con el Polo, la izquierda y los críticos a los que el “furibismo” relaciona perversamente con Chávez o Correa, al tiempo que asocia a éstos con la guerrilla para escalar la “amenaza” y provocar adhesiones por la vía del odio, el camino más corto para opacar los argumentos. Muestra de ello fueron las marchas del viernes, que aunque reducidas y sin impacto, son síntomas de que el mensaje propagandístico está llegando.

Esa es la apuesta de Uribe; resta ver si la guerrilla le hace campaña como en los últimos ocho años y si la oposición sigue dando papaya. A los ciudadanos sólo nos quedaría la opción de las urnas, donde la abstención es un acto de valor y, en dado caso, el voto por la paz y la reconciliación, un mandato por el retorno a la senda democrática.

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