Por: Mario Morales
Todo comenzó por un costoso doble error de cálculo. Primero haber invitado, sin necesidad, a Chávez como mediador para la liberación de secuestrados en poder de las Farc, con lo que le abrieron las puertas para que tuviera injerencia en nuestros asuntos. Y el segundo, haberlo sacado a sombrerazos hace exactamente dos años. (Publica El Espectador)
Desde entonces no para la cadena de errores en la relación con el hermano país bien por ligereza y calentura, o por la ausencia de un canciller de experiencia y de una política diplomática.
Se equivocó Uribe al abrir dos frentes simultáneos de batalla con Chávez y Rafael Correa, quienes terminaron cerrando filas en contra suya. También por abusar de las amenazas por los presuntos contenidos de los computadores de Reyes. Y se equivocó más al responder con igual altisonancia, durante un año largo, la diplomacia de micrófono en la que sus homólogos no tienen límites, especialmente Chávez con sus inaceptables ínfulas de patán y megalómano.
Se equivocó Uribe no sólo al permitir las bases estadounidenses en nuestro suelo, sino también al ocultar las conversaciones y, durante cerca de cinco meses, los mismos términos y alcances del “acuerdo”.
Se equivoca al minusvalorar la influencia de Unasur, a la cual le envía signos contradictorios faltando a citas cruciales o yendo en contravía de los intereses de la unión con reiteradas amenazas de retiro como hizo el Mindefensa hace dos meses. Resulta entonces paradójico que exija al foro que condene a Chávez, en medio de una crisis de responsabilidad compartida.
Pero a todo esto quieren añadir dos nuevos errores. Negarse a tocar el tema abiertamente en la reunión de cancilleres y ministros de Defensa en Quito y no permitir la mediación de Brasil en el encuentro de presidentes en Manaos esta semana.
Por eso escuchar al presidente Uribe en Cúcuta este fin de semana diciendo que no sacrificará a nuestro pueblo en guerras, menos con hermanos, sin que exponga una estrategia clara, resulta por lo menos inquietante.
Desaprovechar los espacios de diálogo no es cuestión de dignidad nacional como dice el Canciller, sino una torpeza más. O dos.
