Por: Ricardo Abdahllah / París
Plantú’, el caricaturista principal de ‘Le Monde’ visita Colombia para hablar de su oficio y debatir con los lectores. En entrevista con El Espectador dijo que conoce muy bien el trabajo de Vladdo. Jean Plantúreux, Plantú para sus amigos y para el resto del mundo, trabaja rodeado de caricaturas. (Vía Pnud)
En su oficina del diario Le Monde, para el cual ha dibujado desde hace 37 años hay, además de dulces de jengibre, réplicas a tamaño real de varios de los dibujos que le han hecho merecedor de la reputación de temerario. Un día dibujó al entonces ministro Nicolás Sarkozy con una mosca volando alrededor de su cabeza, un animal que en sus dibujos solía caracterizar a Jean-Marie Le Pen, jefe del partido de extrema derecha Frente Nacional. A la mañana siguiente un mensajero le trajo una carta personal de Sarkozy donde, luego de elogiar su trabajo, le pedía que no lo relacionara con las ideas racistas de aquel personaje.

La siguiente vez que Plantú dibujó a Sarkozy le puso tres moscas alrededor. “Sarkozy es menos malo que Le Pen, pero ya que buscaba seducir a los electores del FN, hice mi trabajo dibujándolo como Le Pen”.

Este caricaturista, uno de los más famosos de Francia será uno de los participantes del Foro Internacional de Caricaturistas para la Paz, que comienza mañana en Bogotá. Para Plantú “el dibujo de prensa es un verdadero barómetro de la libertad de expresión”.

¿Es Francia un paraíso para la libertad de expresión?

Decir que prefiero trabajar aquí que en Teherán o Corea del Norte no quiere decir que aquí damos ejemplo. Somos un país donde se pueden decir muchas cosas, pero no todas. La vejez, por ejemplo, es un tabú.

Eso a nivel social, ¿hay tabúes a nivel político?

En Le Monde y en L’Express jamás me han dicho: “No toque a este personaje” o “no se meta con este grupo económico”. Sé que en otros diarios han existido presiones que no vienen del personaje caricaturizado, sino de los mandos medios que piensan “si publicamos eso, vamos a tener problemas”. El resultado es que hay cosas que no se dicen, no por censura sino por cobardía.

Uno de sus colegas, Siné, fue despedido del periódico ‘Charlie Expo’ por una caricatura donde comentaba el matrimonio del hijo del presidente con una heredera judía diciendo: “Va a llegar lejos este muchacho”.

Es uno de los tres fatuas (pronunciamientos islámicos) contra la caricatura en los últimos tiempos. Yo le hubiera aconsejado no hacerlo, pero de ahí a tratarlo de antisemita, despedirlo y abrirle un proceso hay una distancia enorme.

Imagino que otro de los fatuas de los que habla fue uno literal, el que se decretó contra los caricaturistas daneses que dibujaron a Mahoma.

Cuando estalló el escándalo me hice muchas preguntas. Como artista tengo la libertad de hacer lo que se me dé la gana, pero como periodista habría estado obligado a considerar si era importante caricaturizar a Mahoma en ese momento. Para nosotros el problema no es Mahoma, sino los barbudos fanáticos que tiranizan a sus pueblos o esclavizan a la mujer en su nombre. En todo caso yo no las hubiera publicado si hubiera sabido que las consecuencias incluirían decenas de muertos.

¿Y el tercer fatua tuvo que ver con un barquito?

Un día decidí reinterpretar la parábola de la multiplicación de los peces y dibujé a Jesús en un bote repartiendo preservativos a los africanos. Entonces, recibimos tres mil correos de rechazo a Le Monde. Fue una reacción organizada que incluía amenazas de muerte. Sé que el riesgo que corro es nada comparado con lo que puede pasarle a un caricaturista chino o argelino, aunque llegaron a “matarme” en mi biografía de Wikipedia. Con esa reacción exagerada me di cuenta de que ahora los caricaturistas estamos limitados por tres religiones. Es por eso que se creó Cartooning for Peace “Dibujos por la paz”, una asociación que reúne a más de 70 dibujantes del mundo para promover el dibujo de prensa y la caricatura como medio de expresión y de comunicación al servicio de la tolerancia y la paz.

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