Por: Mario Morales
Nos dejamos ver.Somos fundamentalistas por herencia, no por tradición. No defendemos ideas históricas, nos aferramos a posiciones ora soberbias, ora caprichosas. No compartimos metas, tampoco métodos, si acaso intereses. (Publica El Espectador)
Terminó la campaña sin debate verdadero sobre el país que queremos. Nos quedamos con la confrontación de fundamentalismos de todas las pelambres. Intolerancia.

Los de la izquierda radical que siente, que se creyó el cuento de que es más inteligente que los demás.

Los de la izquierda moderada, excesivamente moderada. Los de centro, que han dejado de serlo por mirar a derecha e izquierda para fundamentarse.

Los de algunos verdes, que, en la cresta de la ola, cerraron el debate, con el candado altivo de la moral.

Los de derecha, que siguen en su cuarto de hora y que, no contentos con ello, agreden, pontifican o descalifican con el disfraz vendedor de defensores de la seguridad.

Los sin partido y los que se abstienen, tan soberbios como los otros, porque no encuentran candidatos a la altura de sus votos.

Y entre ellos, el fundamentalismo de quienes creen que Colombia soy yo, dueños del pensamiento primero yo que Colombia, forjadores del cartel del interés particular de un puesto oficial, un subsidio estrato cero o siete, un cupo para estudiante técnico, para bachiller subocupado o para simple desempleado que hace fila, convencido de que lo malo de ese cartel es no formar parte de él.

Por eso crecen los fundamentalistas de la indiferencia y de la apatía, que creen que nada de lo que hagan cambiará nada.

Mientras, el país, el Estado, la cosa pública siguen manejados por los más fundamentalistas de todos: los que están convencidos de que democracia es ternas de uno, como en el caso del fiscal; licitaciones con invitados de piedra para que gane el que todos saben, como en el caso del Tercer Canal, y elecciones con participación múltiple que termina por legitimar al preelegido para reciclar el régimen, que cambia de vez en cuando para que todo siga igual.

Nos dirán fundamentalistas del pesimismo; quizás sí, pero al estilo del Nobel Saramago: “Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”.

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