Por: Mario Morales
Nos gustaba el fútbol porque era como la vida, salpicado de sorpresas, de emociones y de magia. Por su aire de fantasía en la tele, en la prensa, en la memoria. Por su posibilidad infinita al abrir una puerta, alcanzar una calle, ganar una cancha. Por su trasfondo artístico, su carácter genial y espontáneo, su ritual de goce estético repetido y diferenciado cada vez, para siempre. (Publica el Espectador)
Ese fútbol de gestas heroicas y de seres sobrenaturales capaces de revivir, representar y resolver todos los dramas humanos fue, parafraseando la poesía nadaísta, la vida que a nosotros nos dijeron.
De todo aquello hoy no queda casi nada, salvo los recuerdos, los recortes de periódicos, las cintas envejecidas, alguna cicatriz, los suspiros.
Casi nada, digo, salvo algunos destacados, unos cuantos avivatos que en la calle se hacen llamar empresarios, unos cuantos pedantes elefantinos que en los medios se hacen llamar comentaristas, unos cuantos engatusadores, sofistas del músculo, que en los camerinos se hacen llamar estrategas, y unos cuantos trepadores, que en la cancha se hacen llamar jugadores.
Conspiraron, se fusionaron y asediaron, y a punta de verbo y negocios construyeron un imperio inexpugnable pero rentable; y a nosotros nos legaron las migajas: ese pobre espectáculo mundializado y teledifundido sin nombre, sin alma, sin espíritu.
Nos robaron la gambeta, el desborde, la finta, el impromptu, la genialidad, el artista, el disparate. Nos ofrecen a cambio el choque, la “figura” mecánica, el derroche físico, la falta necesaria, el esquema aburrido del bostezo. Eso que el ex jugador argentino Valdano llamó con tino el eslabón perdido entre el rugby y el fútbol americano. ¿La emoción? Al gusto. Se la pone cada cual, según la conveniencia de un resultado, una apuesta, un orgullo mal concebido.
Termina el Mundial y volvemos a la vida, esa vida plana, aséptica y transistorizada, en la que la tecnología mediatizada ha cumplido con su rol más profundo: poner en evidencia este presente mediocre sin héroes ni heroísmos. No tiene la culpa el fútbol de ser tratado a las patadas. Porque, como antaño, el fútbol es como la vida, como esta vida. Gracias Sudáfrica 2010. Sin gusto. No te debemos nada.

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