Por Mario Morales
El grupo de extraños entre sí se apretujaba frente a la vitrina para ver el ritual de cada minero de regreso a la superficie, para abrazarse, para estallar en aplausos y gritos jubilosos. (Publica El Espectador)
Sin saber cómo, unos harapos con terminaciones humanas se instalaron entre las miradas ya acuosas y la pantalla líquida de alta definición.
El grupo se deshizo espantado como ante el anuncio de una peste. Con las manos sobre sus bocas, y rictus que delataban fetidez, increparon al indigente no sólo por su nauseabunda condición, sino por haberse atrevido a interrumpir el más solemne momento de comunión entre seres humanos de la historia reciente.
De nada valieron los ojos suplicantes, la mano extendida o la cerviz inclinada; entre improperios indescifrables y amagos de amenazas que nadie se atrevía a cumplir por asco al contacto, la masa enceguecida dictó su sentencia. La fusión de harapos, pelos y fluidos entendió el veredicto y arrastrando sus pies invisibles inició su huida de paria.
Cuando el grupo retomaba posiciones, reunía las manos y respiraba ese aliento solidario, atmosférico y universal, el sonido profundo que anunciaba un escupitajo hizo que todos recularan hasta el borde del andén.
La masa reaccionó con mayor virulencia, pero la vocinglería tuvo que menguar ante la indiferencia de aquellos harapos rodantes que ponían lenta distancia, en busca de una bocatoma que los llevara de regreso a los submundos urbanos, a los socavones de la noche presentida.
Nadie se atrevió a ocupar sus antiguos lugares cerca de los residuos de saliva. El grupo, un momento antes estrechado, se disolvió ipso facto. Unos corrieron a las vitrinas aledañas, algunos recurrieron a la radio y otros prefirieron la narración, vía telefónica, de algún conocido.
Los demás se volvieron sobre sus dispositivos móviles en busca de la palabra que diera aliento a esos 33 seres “paridos de de la tierra”, para unirse a redes sociales exultadas por cada regreso, adherir a cadenas de oración virtual, reenviar mensajes, para sentirse parte activa de ese momento mediático, generoso, solidario, único y feliz que hizo posible su reconciliación con la raza y expresar los más caros principios de su humanidad.

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