Por: Mario Morales
Quizás lo único que haya que agradecer a este invierno pertinaz es que haya impedido que la euforia alcance niveles inmanejables, rayanos en amnesia y desinterés por lo público, tan recurrentes por esta época.
Que los colombianos no hayan asociado festividades con optimismo, clásico caldo de cultivo para que encuestadores y propagandistas los conviertan en favorabilidad de los gobernantes, dificulta que la temporada sea expedita para los avivatos de siempre, expertos en marcar goles de último minuto.
El riesgo de viajar por carretera, la disminución en oferta de distracción y los diezmados bolsillos han impedido que decaigan alertas y espíritus críticos frente a jugadas de laboratorio como la absurda idea de demarcar espacios para grafitis, el regreso con lágrimas de cocodrilo del Bolillo Gómez, o los consabidos micos tejidos con villancicos del honorable poder legislativo.
Claro, no faltan árbitros que permiten anotaciones en fuera de juego, como la irrisoria pena a los Nule, el tránsito de la reforma a la justicia allanada por la aceitada maquinaria santista, la avanzada solapada contra la Ley de Víctimas, o dudosas visitas carcelarias. Pero ahí quedó la rechifla.
O divisas conocidas, pero sin hinchada, como la de la TV, que se quedó sin defensores ante el pressing a la ley del sector con la táctica de cambiar para que todo siga igual o peor.
O dirigentes ineptos que estos días hacen “firmatones” para asignar recursos a dedo y aparecer como ejecutores de lo que no hicieron durante el año.
O nóminas elefantinas rumbo al descenso, como Colombia Solidaria que, no obstante el millón de afectados y el drama nacional, se dedicó a perder tiempo y sólo ha ejecutado la tercera parte de lo presupuestado. Los demás damnificados están a merced de donaciones, señal de solidaridad, pero también de nuestra vocación mendicante.
O las sorpresas en extratiempo, con alzas en gasolina, transporte y alimentos, que opacarán el escaso aumento salarial.
Si algo ha hecho el invierno es desnudar la precariedad de nuestros gobernantes que, como los técnicos bogotanos, sólo le apuestan a la motivación y al toque-toque, o a esperar que nos vayamos de fiestas.
