Por: Mario Morales
No es suficiente con recordar su voz, su despedida. Esa voz que hacía temblar las paredes de las cabinas y de las casas adonde llegaba mientras ayudaba a construir el Abc de la televisión informativa en Colombia. (publica el Espectador).
No fue por casualidad que Aris Vogel, el ingeniero químico, que cultivaba el buen decir, el mejor escribir y la bonhomía, llegara justo cuando nacía la televisión informativa, de la cual es padre legítimo; tampoco fue casual que se jubilara cuando la televisión pública comenzó su declive finisecular.
Sin azar de por medio fue primero gerente y luego periodista. Por esos “albures”, estaba con la agencia UPI, cuando comenzó a producir para Punch el reporter Esso y el Noticiero Suramericana, la simiente de nuestro sistema informativo audiovisual.
Luego vino su recordado transito por Tv-Hoy, noticiero en el que hizo de todo: Editor, productor, subdirector y director: espejo de su talante; pero antes que nada lo convirtió en una alta escuela del periodismo que no ha dejado de rendir frutos.
Buen ser humano como pocos, fue vertical en el oficio como casi ninguno. No cedió a las tentaciones de la trivialización a pesar de la puja del rating. No cejó en su empeño de comprender la parroquia con su mirada global desde la infalible sección internacional o de “Informe Especial” que nos abría los ojos al mundo.
No sucumbió a la “seducción” facilista de la cámara escondida, como se discute en España o de la ‘versionitis’ como colchón para llenar continuidades. “Hechos, amiguito, hechos” nos pedía con voz estentórea e incontrovertible.
No se plegó a la sensación del “última hora” impregnado de la mercadotecnia que hoy sigue comprando libretos imposibles como ese del creciente robo de cabello en desmedro de las historias de jóvenes quemados por dormir en la calle o “minados” como el muchachito hijo de paéces.
No se rindió con su tesis de que el medio no es una vitrina y que el periodista no debe aparecer, salvo exigencia narrativa; por eso dejó correr sólo su voz…
El suyo era un periodismo serio de la mano de su vasta cultura general que lo empujaba a la literatura con proyectos que iban desde cuentos eróticos hasta ciencia ficción que compartimos en noches de bohemia y ajedrez.
El suyo, hay que recordarlo en estas fechas de celebrac iones, fue un periodismo valiente en pleno proceso ocho mil, descrito por la madre de la protagonista en Historias Cruzadas (The Help): “A veces el coraje se salta una generación, pero gracias por traerlo de nuevo a nuestra familia.”
Al partir, con esa vieja y única mala costumbre que tiene la gente buena, nos dejó endeudados con su legado, con su ejemplo, con su memoria.
No fue premio Vida y obra a un periodista; ojalá, gracias al CPB, lo sea In Memrorian para que las nuevas generaciones aprendan (parafraseando a Borges) que a veces una vida no es la de un hombre, sino la de un periodismo.
