Por: Mario Morales
Dice que no hay diálogo. es obvio, no lo hay, todavía. Pero no niega con la misma vehemencia que haya acercamientos. “Son puros rumores”, le dijo ayer a este diario el presidente Santos, y también es cierto. (publica El Espectador)
Los rumores no son la antípoda de la verdad. Dejan, dejarán de serlo cuando él, cuando sus asesores los confirmen, es decir, cuando el clima de opinión cambie, “cuando las circunstancias se den”.

Pareciera no precipitarse, pero lo hace. Ya se impuso un plazo personal: mediados de 2013. Entonces sabrá si necesita más tiempo y si hay opciones de que los colombianos se lo den.

Así, ahora, palabras como diálogo y el mismo proceso son un imposible político, como lo demostró la temperatura de la opinión pública cuando se habló de retomar la agenda del Caguán. Pero Santos sabe que todo, su carrera política, su paso por el Mindefensa, su mandato y su favorabilidad, no cobrarán verdadero sentido si no deja estudios técnicos, trazado y primera línea del camino hacia la paz. Ahí tiene el espejo de Uribe, cuya gestión inconclusa de seguridad se desvanece entre escándalos y trastornos de la razón.

Santos tiene la ventaja de que el balón está en terreno contrario. Y así lo ratifica en sus mensajes en todos los tonos, para congraciarse con la galería. Es a la guerrilla a la que le toca propiciar ese nuevo ambiente con acciones reales, antes que epistolares, comenzando por la renuncia al secuestro, el terrorismo y el narcotráfico. Su dilema ha de ser cómo ceder sin parecer derrotados.

Que sea Cuba u otra latitud tiene que ver con la discreción, seguridad, apoyo y garantías de las partes que buscan blindarse contra los “rumores” y contra la exaltada “mano negra”.

Santos sabe que es irresponsable con la gobernabilidad y hasta con las encuestas hablar abiertamente del tema pero, en su rutina de “ejercicio, buena comida y meditación”, es consciente de que es mucho más irresponsable, cualesquiera que sean sus ambiciones, dejar pasar este momento que, como sabemos, no será único para el país, aunque sí para él; a menos que contemple ser uno más en intentarlo y en fracasar en medio de los “rumores”, hasta, como dice Lucho Garzón, otro millón de muertos.

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