Por: Mario Morales
No es que hubiéramos vuelto a las mismas, es que no hemos salido de ese orificio profundo. Como en un acto reflejo, luego del vil atentado terrorista de ayer en Bogotá, vino a la memoria esa ráfaga de acciones criminales con las que algunos quieren decidir por todos, oponerse a acuerdos o atravesarse en el camino. (Publica El Espectador)

Y eso es lo peor, que confrontando con bombazos el futuro nos hemos quedado congelados, igual que antes.

Por eso no cabe aquí ninguna comparación con tiempos recientes; dramáticamente nos repetimos en la estupidez . Tampoco cabe justificación alguna por posiciones ideológicas o políticas. Un acto de tal barbarie no tiene ningún fundamento.

Se especulará que el ambiente estaba caldeado, que las posiciones de las extremas, insufladas de odio, fueron sopa de cultivo; que las fuerzas oscuras de siempre extendieron su mano negra para advertir sobre leyes, para deslegitimar acuerdos, para subvertir tendencias; que son cortinas de humo para distraer atenciones, para desviar miradas; o la suma de todas las anteriores…

Lo cierto del caso es que ya había señales preocupantes de desmesura: el atentado contra Mónica Roa; las amenazas renovadas contra Piedad Córdoba; entre otros.

Por eso lo de ayer merece todo el rechazo nacional. No puede ser el impulso para una espiral desaforada de bandos violentos por controlar la situación o influir en las corrientes de opinión. Si apostamos por democracia, tienen que caber las opiniones de Fernando Londoño, Piedad Córdoba, las minorías y de todos aquellos que dentro de la ley participan en la construcción de un país diverso, plural e incluyente.

La solidaridad no hace distingo con las víctimas, y hoy Londoño, los heridos y fallecidos en el acto de ayer, lo son. Respaldarlas, sobre toda ideología, es respaldar la civilidad y el derecho, y es un ¡No más! rotundo a toda violencia o terrorismo que nos quieran mantener sumergidos en el oscuro pasado.

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