Por: Mario Morales
Superó toda expectativa. El rating del lanzamiento de Escobar, el patrón del mal tuvo cerca de 11 millones de televidentes, si la tendencia que midió Ibope en 22 ciudades fue igual en el resto del país. Algo sin precedentes, abstracción hecha de coyunturas como reinados o partidos de selección. (Publica el Espectador. 29.05)
Ese resultado habla, a la vez que de un fenómeno mediático, de una herida que el alma nacional no ha podido cerrar porque las víctimas directas y ampliadas siguen ahí, sintiendo que no ha habido justicia; porque los tentáculos de Escobar que alcanzaron todas las esferas del poder se mantienen como paradigma, legado o coletazo; y porque las condiciones (a)morales, de tra(d)ición, modos de ser y de injusticia social que le dieron origen están intactas y amenazan crecimiento.
La serie llegó, y ese es su deber, para recordarnos que no hubo tal Robin Hood, sino una maquinaria eficaz del mal que creció desmesurada en este ambiente propicio, ayer como hoy, donde “todo tiene un precio”, sólo sobreviven “los avivatos” y el dinero fácil de todos los orígenes y el dominio territorial son los factores que guían nuestras normas.
Como en las dos últimas décadas, en las que han dado cuenta de nuestros modos de ser y decir, son las series y telenovelas las que se ocupan de los temas de fondo de nuestra idiosincrasia. A su manera, llenan un vacío en otros géneros televisivos e industrias culturales.
Que sea desde las víctimas alivia la preocupación por el encuadre, saturados como estamos de la reivindicación de victimarios desde sus voces o testaferros, y de libretos desde perspectivas propagandísticas de operativos policiales, al estilo gringo. Pero superemos esa discusión, la televisión no forma conductas, sólo legitima malformaciones que tienen asiento en instituciones primarias: familia, escuela y barrio.
De narrativas y estéticas ya nos ocuparemos; urge el debate que proponen los libretistas con el insumo de cada noche para saber, de una vez por todas, si descompuesto el cuerpo se quedaron habitando entre nosotros el alma, los pensamientos y los métodos de Escobar ora impunes, ora legitimados, esperando el momento de reencarnar.
