Por: Mario Morales
Nada nuevo. El país se sigue radicalizando inevitablemente. Lo demuestran la encuesta Gallup, el debate público, el matoneo en las redes sociales y que Uribe al cabo de dos años aún tenga juego en la opinión. (Publica El Espectador)

Si las elecciones presidenciales fueran el domingo, según Gallup, el 76% de los votos sería por candidatos que se mueven entre el mal llamado derecho centrismo y la extrema. Sólo el 10% por la izquierda y el 15% no votaría.

Aun sin Santos la derecha se lleva el 57% de la intención de voto, la izquierda el 17% y aumenta la abstención al 26%.

Es lo contradictorio. La izquierda se divide y tiende a desaparecer. En cambio si la derecha se fracciona, el país se radicaliza. Ni siquiera necesita del uribismo para hacerlo.

Sumados, los candidatos uribistas sólo captarían el 9% si Santos se relanza; y si no, apenas llegan al 21% de la intención de voto. ¿Por eso el desespero, con sello de notificación, de condicionar al presidente con la constituyente para que haya “diálogo y entendimiento con Uribe”, según palabras de Angelino? ¿Es esa su única tabla de salvación?

El resultado es esa “ideología fanática”, al decir de Santos, notoria en la conversa pública cuando salen a debate ideas para solucionar el tráfico y el consumo de drogas (caso Petro), o propuestas para ponerle fin al conflicto, o cuando se habla de derechos de las minorías.

Y ahí están las redes sociales que ayudan a embozar esas creencias radicalizadas, a veces inconfesables, con matoneos diarios a autores de frases desafortunadas. Pecan y luego rezan. Pura forma, como la propuesta del vicepresidente acerca del diálogo fraterno entre Uribe y Santos.

Como en los Olímpicos y sin oposición parecen tener aseguradas las medallas. Sólo falta definir quién y cómo se sube a lo más alto del podio.

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