Por: Mario Morales
Quizás fuera suficiente con insistir en uno de los principios rectores que propone el presidente Santos al anunciar conversaciones exploratorias para negociar la paz con la guerrilla: el de no repetir los errores del pasado, porque los otros principios, de que cualquier proceso debe llevar al fin del conflicto y mantener operaciones y presencia militar en todo el país, son obviedades que repiten el primero. (Publica El Espectador)

Que haya justicia en vez de despejes es una urgencia manifiesta. Y que la fuerza pública no baje la guardia para evitar golpes de la subversión forma parte de la dinámica de negociación, toda vez que ambos querrán llegar fortalecidos a la mesa. Tal vez haya recrudecimiento. Ojalá que no.

Pero evitar tropiezos con la misma piedra de antaño es una tarea nacional. Primero del Gobierno, que ha de mantener sigilo sin perder la transparencia y que no debe ensillar antes de tiempo con intenciones reelectorales. Todavía vivimos la resaca del amarillo que rodó hace 13 años por la celebración adelantada a ritmo de Marbelle e Iván y sus Bam Band.

Segundo, de la guerrilla que no encontrará en la próxima década un ambiente tan propicio si está pensando en cañar para rearmarse y fortalecerse. No pueden ser tan miopes.

Tercero, de los medios, obligados a informar desde la perspectiva de los hechos, no de las declaraciones o versiones que pueden o quieren enrarecer el ambiente. No es momento para la emoción, el patrioterismo, ni para oficiar de caja de resonancia de las extremas y su eventual guerra sucia.

Cuarto, del país entero que debe ser consciente de que una negociación de paz implica tragar sapos, digerir papas calientes, ceder en últimas. La paz de gratis no existe sino en la utopía.

No es momento de euforias ni de triunfalismos. Hay que ir paso a paso; primero está Oslo, luego la reactivación del marco jurídico para la paz, la tregua, la reinserción… A la tercera es la vencida.

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