Por Mario Morales
Siempre habrá que celebrar que haya nuevos medios como éste. Eso habla de la cabal salud del periodismo a pesar de sus detractores. Aquí siguen floreciendo los medios, tradicionales y digitales, no obstante pesimismos y malos augurios de apocalípticos y desintegrados.
Creo que internet y redes sociales han acercado, con dificultades, a periodistas y audiencias. Desprovisto de la magia del control del medio y mensaje, el periodista se ve más humano. A veces demasiado humano.
Y es que abundan las tentaciones. La cercanía, relación o inmersión en el poder han hecho extraviar a muchos con sus cantos de sirenas. El populismo hace de las suyas en Twitter y Facebook detrás de la liebre ilusoria de la cantidad de seguidores. La vedetización ha difuminado el sentido de la credibilidad y la confianza. Y peor aún, la retórica seudo-social ha hecho perder el horizonte de los verdaderos debates y discusiones inherentes al periodismo.
Por coincidencia, presiones o tendencias ajenas hoy las preguntas más frecuentes tienen que ver con la pretendida responsabilidad social del oficio, con gestiones de periodistas por la sostenibilidad de sus medios y con sus acciones por la paz.
Pedirle al periodismo una responsabilidad distinta a la que le es inherente (esa de Kovack y Rosenstiel, que es profesión de fe, de entregarle a las audiencias la información que necesitan para ser libres y gestionar sus vidas) es pretender contaminarlo, ideologizarlo o “marketinizarlo”.
Convocar a periodistas a debatir sobre sostenibilidad o emprendimiento, no solo los distrae de su preocupación vertebral por la calidad, sino que pone cascaritas comerciales o conexas como búsqueda de recursos, a su labor de informar de manera contextual, profunda e iluminadora.
Lo mismo sucede con la inquietud general acerca del papel de periodismo para lograr la paz. Como si cubrir ese tema tuviera principios fundacionales distintos. Es hora de echar por tierra el mito de que el periodista es o deber ser generador del estado de ánimo nacional, responsable de formar y educar audiencias y ahora, reciclando historias recientes, con los diálogos entre gobierno y guerrilla, determinante del porvenir de la nación.
Claro, el país anda exultado, el presidente recupera favorabilidad, todos hacen votos… Eso sí debería preocupar a medios, periodistas y academia, porque comenzamos a parecernos a como estábamos hace 14 años, en vísperas de la que fue otra desinflada y otro despecho.
Ha habido debates, es cierto, y reuniones y hasta operativos para ver cómo se cubren los diálogos en Oslo, Noruega, pero no para ver cómo se narra de nuevo, después de esta tregua informativa de diez años, la guerra continuada en nuestro territorio; tiempo en el que ha habido mucho de oficina, de comunicados, de declaraciones sin pruebas, sin fuentes de calidad, donde las batallas son cifras; las víctimas, objetos o pretextos judiciales o discursivos, y la impunidad (plagada de vencimientos de términos, casas por cárcel o penas irrisorias) es apenas una anécdota.
No, no se trata de ver quiénes viajan a Noruega o a Cuba y con qué equipos, cómo logramos filtraciones, o si se le da juego al periodismo gonzo, al de simulación, a la cámara escondida.
Más favor le haríamos a la paz, si insisten en la pregunta, contándoles, recordándoles a los de que están allá, la crueldad e ignominia de esta guerra miserable de aquí, que no debe continuar. Y buscando menos versiones o reacciones o especulaciones. Y rindiéndonos de entrada en la ya cazada batalla del periodismo de pisotón en busca de la exclusiva.
El sueño está allá, pero la población, el territorio y la cruda realidad siguen aquí.
