Por: Mario Morales
No estamos, hasta donde se sabe, en feria. Hay que recordarlo, no vaya y sea que ahora cada uno quiera ponerle su apellido a la paz. Hasta donde está entendido, el proceso de paz es uno, liderado por el Gobierno que ganó las elecciones y que hasta ahora ha tenido el coraje de jugársela por el fin del conflicto. (Publica El Espectador)

Los demás son pataleos de ahogado, megalomanía o estrés que, según las últimas investigaciones médicas, es causa esencial de la desmemoria.

En alguno de esos estadios debe estar la llamada declaración con “decálogo” incluido para “una paz con eficacia, justicia y dignidad” hecha por el uribismo, si es que está representado en el Centro Democrático, que perdió el “puro” luego, quizás, de un autoexamen de conciencia.

Olvidan esos proponentes que no sólo perdieron las elecciones sino también la guerra, si esa guerra continúa y sus enemigos siguen ahí. Por eso la declaración no es más que un acto de soberbia en medio de las contradicciones.

Esa “reculada”, como la denominó el presidente Santos, de estar “abiertos a la realización de diálogos como camino para lograr la paz”, no es más que una toma de impulso para oponerse a la posibilidad de llegar a un acuerdo. Se salvan los puntos, tal vez puestos ahí para que la suma diera completa, acerca de la necesidad de una política social y de reparación expedita a las víctimas.

El resto es demagogia que aviva la utopía, combustible a su vez de la guerra durante todos estos años, que ha hecho creer que sólo hay espacio para la rendición aun sin victoria militar del Estado.

Por esa vía no faltarán propuestas de toda pelambre de otros sectores que serían bienvenidas para nutrir el proceso, si no tuvieran el tufo de palo en la rueda para evitar que sea este gobierno el que lleve al país a las puertas de la paz. Lo que hacen los apellidos.

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