Por: Mario Morales
El mejor síntoma de los interesantes augurios que deja el primer acuerdo en los diálogos de La Habana fue la pálida reacción de la oposición. (Publica El Espectador)
Contra lo esperado, los críticos del proceso (ver para creer), como José Félix Lafaurie, presidente de Fedegán, han dicho que lo que se ha dado a conocer acerca del tema secular de la guerra y la paz en Colombia, se quedó corto en “temas sustanciales”. Para mayor sorpresa, Lafaurie cita a Pablo Catatumbo al hacer la lista de temas invisibles o apenas mencionados: concentración de tierras, zonas alimentarias y de reserva y tierras improductivas. Esas son las señas de identidad de nuestro Estado medieval.
Y concluye diciendo que hubo mucho ruido y pocas definiciones. No aclaró, sin embargo, que todo el ruido estuvo a cargo de ellos mismos, que se quedaron con los discursos hechos ante la eventualidad de anuncios acerca de la propiedad privada.
Lo que sí quedó claro es que ese primer punto sigue conectado con todos los demás y que necesita apuntalarse y materializarse en lo que queda del proceso. El asunto neurálgico tiene que ver con los ajustes fiscales, como lo han hecho saber el ex y el nuevo minagricultura.
Por eso no hay espacio para la pirotecnia. La crítica no será menos estentórea ahora que se avance sobre la participación política, que pisa callos a tantos presuntos puristas. Ni con los restantes temas, a cual más polémicos. Sobre todo el atinente a la forma de legitimar todo el proceso. Porque en esa instancia se juegan ases bajo la manga (aunque conocidos de sobra). Por un lado el referendo, materia prima de la reelección de Santos; y por otro la constituyente, con la que la guerrilla querrá tener más participación e inclusión de sus propuestas.
Pero vayamos despacio. Hagámosles caso a quienes dicen que luego del acuerdo harán falta dos lustros para implementar los cambios necesarios, sobre todo si son sustanciales como esperan hasta los de la oposición.
