Por: Mario Morales
Hace falta más que rabia y sed de venganza. Y más, mucho más que endurecer las penas a los responsables borrachos de muertes en accidentes de tránsito. (Publica El Espectador)
Claro, se entiende la indignación general por los errores y vacíos procedimentales en lo policivo y en lo judicial en el caso del joven Fabio Salamanca, que con su vehículo arrolló a un taxi y segó la vida de dos jóvenes mujeres y dejó un hombre herido.
Y tendrán que pagar, él con privación de la libertad y su familia con indemnizaciones, la enorme irresponsabilidad que siembra el dolor en por lo menos cuatro hogares. Ni más ni menos.
El caso ya está contaminado por el excesivo afán de sus allegados por proteger al joven, la mediatización estigmatizada de su familia por la marca del vehículo (increíblemente aupada por el abogado defensor que la presentó como “distinguida”), y la dilación para citarlo a audiencia.
Factores que deben quedar al margen para permitir que haya, en sana ley, una condena ejemplar, por los hechos per se. En nada ayudan los procesos morbosos, espectacularizantes, ni el linchamiento social.
Lo primero porque, siguiendo a Foucault, los efectos del castigo no sólo deben recaer en el “culpable” sino también en los que pudieran llegar a serlo. Y lo segundo, al decir del mismo Foucault, porque dicho castigo debe asimilarse a una escuela y no a una fiesta.
Escuela a la que debieran inscribirse todas las familias , en las que el alcohol es centro de las celebraciones, y cuyos hijos vieron y viajaron con sus padres bebiendo y manejando al mismo tiempo, y además haciendo alarde de ello.
Esos jóvenes irresponsables son reflejo de toda una época que hoy no podemos ignorar para dejarle el peso a unos pocos chivos expiatorios. La educación intensiva de Estado, escuela y familia debe ayudar a disminuir estas tragedias, que a muchos de nosotros no han privado de un ser querido. No nos escondamos en la rabia. También somos parte del problema.
