Por: Mario Morales
Algo debe haber en la estructura o en el ambiente de la Casa de Nariño, en la residencia, despacho o en la misma investidura presidencial que impide que los mandatarios, si hemos de creerles, se den cuenta de lo que ocurre en sus propias narices. (Publica el Espectador)
Desde la recordada manada de elefantes que hizo “nido” en la época de Samper y el proceso ocho mil, sin que el susodicho tuviera razones para percatarse; hasta la ausencia de noticias de Santos acerca de la enormidad del descontento nacional que le impidió saber que el tal paro si existía en las calles del país, hemos tenido que tragarnos los sapos de que otras más grandes preocupaciones les han robado la atención a nuestros mandatarios para no darse cuenta de esas “nimiedades”.
Bate todos los récords el gobierno Uribe que sigue manifestándose ajeno a la corrupción, presunta criminalidad y acusaciones de trato con la peor delincuencia del país de algunos de sus más cercanos colaboradores.
Que algunos de sus copartidarios, familiares lejanos o simpatizantes puedan haberle vendido supuestamente el alma al diablo, como lo han ventilado los medios, y se presentaran ante su despistado jefe como mansas palomas, puede ser producto de las calidades histriónicas de aquellos.
Pero que dos de sus jefes de seguridad, que son, que debieron haber sido como su sombra, que convivieron con él durante años, estén señalados de delitos vinculantes con organizaciones ilegales y que ni Uribe ni sus asesores se hubieran enterado, despierta un halo de incredulidad sobre la figura y obra de quien se presenta como adalid de la seguridad.
Peor aún, que toda la responsabilidad recaiga sobre quienes desde sus fuerzas, los seleccionaron como lo expresa Uribe en su Twitter, reniega del autopromocionado carácter “frenterito” del ex.
Que sicólogos, bacteriólogos, científicos y hasta espiritistas nos ayuden a entender cómo hacen para abstraerse de la realidad, para no untarse de un ambiente a todas luces contaminado y, de ñapa, salir indignados.
