Publica El Tiempo
Querido Enrique:

En materia periodística, usted y yo estamos en desacuerdo con una frecuencia casi diaria. Pero me ha vuelto el alma al cuerpo al leer sus declaraciones en la entrevista dominical de Yamid.

A mí también me produjo más desconcierto que indignación lo que dijeron dos colegas tan distinguidos y admirados como Mauricio Gómez y Germán Castro Caycedo, el primero en las páginas de EL TIEMPO y el segundo en la revista Credencial.

Por venir de quienes vienen, es un imperdonable acto de injusticia desconocer la angustia en que viven los periodistas amenazados, por razones de su oficio, en las calles de Cartagena, en los pueblos del Caquetá, en una cabina de radio en Barrancabermeja o en la televisora comunal de cualquier caserío del país. Ni para qué hablamos de la situación en que se encuentran tantas viudas y tantos huérfanos de nuestros compañeros.

A más de injusto, es muy fácil sentarse a pontificar sobre el trabajo ajeno desde un atelier de París o en los cocteles literarios de Bogotá. Otra cosa piensan los heroicos periodistas que se juegan su vida en Urabá y en el Amazonas.

Lamento, de veras, que hombres como Mauricio y Germán, por el simple prurito de haberse retirado del oficio cotidiano, piensen que el buen periodismo murió con ellos y caigan en el complejo de los reyes franceses: «Después de mí, el diluvio».

Por fortuna, usted puso las cosas en su sitio. Me alegra que estemos de acuerdo, aunque sea por esta vez, que bien lo merece.

Su colega,

Juan Gossaín

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