Según un artículo del diario La Nación, el estilo de dirigencia de la flamante presidenta chilena, Michelle Bachelet se apoya en tres elementos: manejo de la información, restricciones a los partidos y calculada relación con sus colaboradores. «En política, el control de la información equivale a prácticamente todo», señala uno de sus asesores al analizar el impecable secretismo con que acostumbra trabajar la presidenta. Por ejemplo, el gabinete de Bachelet recibió instrucciones de no conceder entrevistas a la prensa hasta el día de la asunción, con el fin de evitar filtraciones. Un alto dirigente de su partido señala que, además, a Bachelet le molesta que los medios de comunicación marquen la agenda política. Otras de las características del estilo de trabajo de la presidenta tiene que ver con la compartimentación de la información: nadie, ni su círculo más cercano, tiene acceso a todos los temas que incumben a la mandataria.

Concluido el proceso de las principales nominaciones, quedó en evidencia una táctica ideada antes de la segunda vuelta para asegurar el poderío absoluto de Michelle Bachelet. A través del manejo de información, de las restricciones a los partidos y de la calculada relación con sus colaboradores, la médica socialista pretende imponer su estilo, pese a los riesgos que esto conlleva, según las tiendas de la Concertación.

Los cercanos a la flamante presidenta cuentan que son merecedores de su confianza, pero otra cosa es que se consideren amigos de Bachelet.

Es que, según comenta un hombre de su círculo de confianza, con el fin de mantener en sus manos el poder y ejercerlo con libertad, ella ha evitado contar con amigos dentro su equipo de trabajo y en su futuro gobierno. Una regla que ella sólo se permitió quebrar al nombrar como subsecretario de Aviación a Raúl Vergara, un ex militar que estuvo encarcelado junto a su padre tras el golpe militar de 1973 y que todavía es muy cercano a su madre, Angela Jeria.

Bachelet actúa de forma muy distinta de la de Ricardo Lagos, quien instaló a sus mejores amigos en proyectos clave de su gobierno. Más todavía: hay quienes señalan que con el fin de no ceder cuotas de poder a nadie, Bachelet acostumbra desplazar a los que adquieren demasiada preponderancia política.

Asimismo, la presidenta tiene especial precaución en que no se diga que ella es influenciada por tal o cual personero de la Concertación. En ese sentido, aunque tiene excelentes relaciones con el ministro del Interior, Andrés Zaldívar, y en especial con el ex presidente del Partido Socialista (PS) Camilo Escalona, tampoco les ha otorgado todo lo que han querido en la conformación de su gobierno.

En tanto, con el objetivo de centralizar el poder, ella sólo privilegiará las líneas institucionales en su gobierno.

A diferencia de su antecesor, conformará equipo sólo con su gabinete y borrará la figura del llamado «segundo piso» de Lagos, el grupo de asesores que prácticamente cogobernaba con los ministros. Como reconocen miembros del nuevo Ejecutivo, además, para ella los subsecretarios sólo tendrán un perfil técnico.

La comandante en jefe

«Ella actúa como comandante en jefe: para Bachelet, sólo importa ella y su cuerpo de generales, que para ella son sus ministros», dice un hombre cercano a la mandataria.

«En política, el control de la información equivale a prácticamente todo», señala uno de sus asesores al analizar el impecable secretismo con que acostumbra trabajar la presidenta.

Para la designación de su gabinete el 30 de enero, solicitó a los elegidos mantener la más estricta de las reservas acerca del nombramiento, a tal punto que los ministros electos incluso ocultaron la noticia a los presidentes de sus respectivos partidos oficialistas.

El gabinete de Bachelet llegó a un acuerdo por instrucción de la propia mandataria: no entregar información a la prensa ni del gobierno ni de las otras carteras, con el fin de evitar filtraciones del Poder Ejecutivo. Asimismo, los ministros electos recibieron la orden de no conceder entrevistas hasta ayer, a no ser que fuera con el consentimiento de la misma Bachelet.

El jueves, por ejemplo, cuando Ricardo Lagos Weber dio a conocer la nómina de los 13 intendentes, para sorpresa de los periodistas presentes, el vocero presidencial no aceptó preguntas. Dio la información y rápidamente se enclaustró en su oficina.

Tanta es su preocupación por el sigilo, que la mandataria ha privilegiado los encuentros bilaterales con cada uno de sus secretarios de Estado, con el fin de que las conversaciones se mantengan en la más ortodoxa confidencialidad. Por ello es que, obedientes, los ministros han optado durante estos días por un cauteloso bajo perfil.

«Si a ella no le parece algo que hiciste o que dijiste, rápidamente te lo hace saber a través de otras personas», señala un dirigente que trabajó con ella durante los 12 meses de campaña.

Un alto dirigente de su partido señala que, además, a Bachelet le molesta que los medios de comunicación marquen la agenda política, al igual que a Lagos. Por ello, recuerda que una de las cosas que pesaron para que Mario Marcel, el hasta ayer director de Presupuestos, no fuera designado ministro de Hacienda fue el titular de un matutino que daba por hecho que él sería el sucesor de Nicolás Eyzaguirre.

Otras de las características del estilo de trabajo de Bachelet tiene que ver con la compartimentación de la información: nadie, ni su círculo más cercano, tiene acceso a todos los temas que incumben a la mandataria.

Según relata uno de sus allegados, si ella consulta por determinada materia, jamás dirá por qué y para qué necesita obtener esa información. «Con ella jamás habrá feedback», dice. Eso sí, se reconoce que la única persona con la que ella habla de política y con la que se retroalimenta es su amigo Camilo Escalona, aunque su influencia también es limitada.

Por Mariela Herrera y Rocío Montes
De El Mercurio

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