Reproducimos aquí las palabras escritas, y ahoa actulalizadas, en homenaje a Arturo Alape,cuando hace unas semanas el Concejo de Bogotá lo condecoró por su aporte al periodismo, al arte, a la hiitoria, a la pintura y a la vida colombiana. Hoy tristemente Arturo ya no está con nosotros para contarnos sus historias no oficiales que tanta falta le harán a este país cuando decida mirarse a los ojos y hablarse con verdad. Paz en la tumba Arturo.

Hacerle un homenaje era cuestión de dignidad. Con el hombre, el historiador, el periodista, el pintor. Pero también para todo lo que él y su trabajo representan.
Porque Carlos Ruiz, más conocido como Arturo Alape, fue, es, seguirá siendo un hito señero en la forma de narrar y de contar que se siente hoy más que nunca en la aridez del relato periodístico colombiano supeditado a las veleidades de las sábanas, de la suplantación, del pago por ver, de la ausencia pirry-ca de preguntas, porque no hay quién las haga.
Su vida fue una página vibrante de la historia nuestra de la que él fue testigo de a pie. Estuvo quizá en el nacimiento mismo del rebusque. Comenzó vendiendo vino de carne, un reconstituyente y potenciador que tanta falta le hace hoy al oficio. Surtió de prendas íntimas a las afamadas damiselas de las zonas de tolerancia y a las damas reconocidas de la más alta e intolerante soledad caleña.
Militante desde siempre de la izquierda, si la izquierda es, como lo documentó, estar al lado de los más necesitados.
Escuchándolos enfrentó el dilema de unirse a sus luchas políticas o tomar los caminos del arte. Entonces el país perdió un activista de masas y ganó al narrador de historias no oficiales de las voces más anónimas.
Con su pluma de investigador nato nos sumergimos como la savia hasta las raíces del conflicto. Ese conflicto que llegó un día su casa montado en bicicleta y que quedó en su memoria como la imagen de una inmensa espalda manchada de sangre, que es una metáfora, que es una impronta que describe mejor que nada esta guerra miserable.
Cautivado desde niño por la voz de Gaitán, documentó mejor que nadie el Bogotazo, su obra más reseñada. Escribió diecisiete libros que nos permitirán comprendernos cuando decidamos hacer el viaje a la semilla. La traducción de su obra a numerosos idiomas le da la dimensión que sus coterráneos le niegan.
Pintaba, leía, escribía y documentaba a pie, como sabía saberlo, sin dejar la reconfortante dictadura de clases universitarias ante jóvenes ávidos se seguir su ejemplo.
Era un purasangre, así el calificativo sea hoy una paradoja, luego de su partida. Por eso sabemos que habrá Alape para rato. Menos mal, así el periodismo y la historia reciente tendrán las vida del gato.
Mario Morales

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