Por Javier Dario Restrepo

Muchas veces en el exterior les escuché a los colegas la misma pregunta: ¿Cómo va la libertad de prensa en su país? Ante ellos debió quedar patente la confusión de quien no tiene una buena respuesta. Podría haber dicho que el gobierno no atenta contra ella, que no se aplican leyes restrictivas, que no hay periodistas en la cárcel ni se han cerrado periódicos o emisoras; pero nada de eso responde a una pregunta general e imprecisa, que parece exigir una respuesta de generalizaciones que, por lo mismo, sería injusta e inexacta.

Ante esa pregunta siempre eché de menos algo más concreto, como esto: ¿con qué libertad trabajan los periodistas de su país?

La libertad del periodista es la que construye ese concepto teórico de la libertad de prensa. Cuando se pregunta por esa libertad del periodista concreto, es imposible responder con retórica, porque se imponen hechos reales como estos.

1. El que encontró el observatorio de medios de la Universidad de la Sabana cuando les preguntó a 200 periodistas de 24 ciudades del país sobre las presiones definitivas para abstenerse de publicar una información importante para el público. Los periodistas señalaron que las presiones más importantes eran, en su orden: los dueños del medio (58 por ciento) el director, (49 por ciento) la guerrilla (40 por ciento) los anunciantes (39 por ciento) Las Fuerzas Armadas (39 por ciento) y las autodefensas (34 por ciento). «Hay más presiones en el interior de los medios que de agentes externos», comentó un experto. ¿Alguien aludirá a esta amenaza contra la libertad de información, en los discursos de hoy?

2. Observaba Ignacio Ramonet que cuando los medios de comunicación llegan a hacer parte de complejos empresariales o industriales desaparece la lógica de servicio público y se impone la del empresario, por tanto se califica al periodista como trabajador improductivo porque solo entrega un material improductivo: la noticia. Entonces se impone el rigor de la lógica comercial: pago por nota, no prestaciones, sistema de cadena industrial para convertir la noticia en mercancía y para volver trizas la libertad de información. ¿Alguien rescatará este hecho entre la balumba retórica del 3 de mayo?

3. La obscenidad del censor oficial armado de tijeras, plumón y prepotencia parece haber desaparecido. Hoy el control de la prensa es menos burdo y lo ejercen, por ejemplo, las agencias que distribuyen el presupuesto oficial para la propaganda. Quien ha contemplado en ministerios, gobernaciones, alcaldías e instituciones oficiales las intrigas y codazos de los aspirantes a la pauta oficial saben que allí, como en los mataderos, terminan sacrificadas y descuartizadas la dignidad y la libertad periodísticas. ¿Tiene cabida esta sórdida realidad en la brillante retórica de la libertad de prensa?

4. Finalmente, no hay discurso sobre libertad de prensa que resista la confrontación con el hecho de los salarios de los periodistas. ¿De qué libertad de información se puede hablar frente al periodista envilecido por la lucha desigual para subsistir, o moralmente insensibilizado por el afán de atesorar? Los dos extremos, el del hambre y el de la avaricia, hacen imposible un ejercicio digno y libre del periodismo.

Por eso cuando me preguntan sobre este tema sé que mis largas respuestas sobre estos hechos concretos, y lejos de la retórica brillante, no les van a gustar a los editores ni a sus jefes. Más de una vez los colegas que pretendían hacer un informe sobre el tema han regresado para aclararme, con cierto embarazo, que a última hora no hubo espacio para la entrevista. Y los entiendo.

jrestrep1@cable.net.co

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